Diletantismos

Sobre quién debe gobernar

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sábado, 07 de julio de 2018 · 00:11

Cómo podemos organizar las instituciones políticas de tal manera que se impida a los gobernantes malos o incompetentes hacer demasiado daño?, se pregunta Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1936). La disyunción es equívoca: ¿se refiere la palabra “malo” a maldad, o más bien a incapacidad? Yo la verdad prefiero entenderla en el primer sentido moral, aunque ciertamente ensombrece el asunto de quién se merece, puede o debe manejar una sociedad, el famoso tema del poder político.

Así, por ejemplo, en el caso de nuestra malhadada pareja presidencial, da para pensar cuál de los dos es el incompetente y cuál el perverso. El incompetente cree que gastando plata a diestra y siniestra, y a trancas y barrancas, se mejora; el perverso utiliza cualquier artimaña para apoyar a su ídolo, como acusar de racista a todo aquel que aboga por la democracia. Pero no sería difícil encontrar ejemplos de ambas actitudes para intercambiar los papeles tanto en Morales como en García.

Popper hace esa pregunta en su famoso libro para reformular la pregunta fundante de la filosofía política. La ciencia política, dice, se jodió (no usa este verbo, claro, no era una cabecita negra boli) cuando Platón la planteó a partir de la pregunta ¿quién debe gobernar? En cuanto se la hace, surgen entelequias ideológicas como “el mejor”, “el más sabio”, “el pueblo”, “el más viejito”, “los trabajadores”, “los blancos”, etcétera, etcétera, dice el profe Popper.  

En su tiempo se trataba de enfrentar el ataque comunista a la democracia, cuando se afirmó (y llevó a la práctica) que el bueno de la película era el obrero, con el desastre ecuménico que ya es historia, una de cuyas principales víctimas precisamente fueron los obreros, campesinos y subordinados en general. Ahora bien, ¿en qué estamos, hic et nunc?

Uno de los pocos amigos que me quedan, el escritor Alfonso Murillo, suele citar unas palabras de Samuel Clemens (por mal nombre Mark Twain).  Dice así: “Yo no pregunto si una persona es de raza blanca, negra, amarilla o roja, me basta con que sea un ser humano: no puede haber nada peor”.

 Se puede conectar este sano pesimismo, este antihumanismo bastante humano, con las aleccionadoras ideas de Popper; nos hubiera ayudado, por ejemplo, para evitar el embrollo de dimensiones históricas en el que estamos metidos. Porque entre 2003 y 2005 el buenismo nacional (yo no me incluyo, porque, como ya señalé varias veces, me enorgullezco de no haber votado jamás por el MAS) llegó a la conclusión de que el mejor, el más sabio, el bueno (por lo tanto, merecedor de gobernar), era el marginado de ayer. 

 La fórmula, de una majadería histórica insuperable, fue que el indígena era la reserva moral de la humanidad. Hete aquí, casi 20 años después, enfrentados a la necesidad de pensar cómo evitar una dictadura encubierta. ¿Cómo hacer para salvar al país después de que todas las instituciones de las que habla Popper han sido dañadas, destruidas y/o cooptadas por el Gobierno?.

A estas alturas del partido, y tal como están planteadas las cosas, parece que la débil institucionalidad que alguna vez hubo en Bolivia no está en condiciones de hacer frente a un proyecto de despotismo vitalicio. Pero, a Dios gracias, está la sociedad, desbordando cansancio y descontento por todos los poros.

 Algo así pasó en Argentina hace dos años. Un lacayo kirchnerista confesó antes de la elección de Macri su convencimiento de que, dijeran lo que dijeran, hicieran lo que hicieran, la gente ya no los quería. ¿Hay alguna esperanza de que este tipo de sensatez obligada, por así decirlo, se dé en el país? ¿O empezará el régimen en cierto momento a disparar a matar, como en Nicaragua y Venezuela, cuando la gente comience a reclamar su voto del 21F en las calles, como es naturalmente previsible?

 Veo en las paredes ilusas frases escritas por los empleados masistas, como que “la mentira se desvanece, soy evista”. Cualquiera que vive en este hoyo se da cuenta que es lo contrario, que es la mentira evista la que se ha puesto en evidencia tras el atropello del 

Tribunal Constitucional.

 


Wálter I. Vargas es ensayista y  crítico literario.

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