Diletantismos

Ante la dictadura

sábado, 18 de agosto de 2018 · 00:11

En el libro Del cine, sus aventuras. Hazañas, picardías y nostalgias del cine boliviano (Editorial 3600, 2017), el pionero del cine nacional Jorge Ruiz cuenta que el presidente Paz Estenssoro, en el primer año de la Revolución, lo nombró productor del recientemente creado Instituto Cinematográfico Boliviano. Ruiz cuenta que al hacerlo Paz le dijo: “A mí no me saquen ni una foto ni a mi gente, no es un medio de propaganda del partido, aborden cualquier tema, pero no a mí, no es política”.

Si esto es cierto, y no tengo por qué dudar de la palabra del célebre cineasta, ¡cuánta distancia con los grados de servilismo y obsecuencia a que han llegado en la actualidad los medios de comunicación oficialistas (y también semioficialistas, aunque éstos con cuidado disimulo) manejados por periodistas venales en esta larga noche negra masista. Hoy, al mejor estilo fascista o coreano del norte, el caudillo se ha convertido en un Big brother omnipresente que habla, inaugura y amonesta día a día a diestra y siniestra, en abierto y miserable culto a la personalidad, y los medios de comunicación estatales lo amplifican ad nauseam.

Ruiz murió en 2012, pero, que yo sepa, había dejado de hacer cine hacía tiempo. Destino muy distinto de la triste actitud de un Jorge Sanjinés, que se mandó una apología visual vergonzosa en Insurgentes, precisamente ese año. Lo cual puede funcionar como ejemplo de una cuestión clásica de este tipo de momentos históricos: ¿qué hacen, qué deben hacer los periodistas, escritores e intelectuales en general ante situaciones públicas como ésta, ante la cocina de una dictadura a fuego lento?

No es fácil, porque si uno está en la encrucijada de opinar libremente a riesgo de perder el trabajo, como ocurre con los funcionarios estatales, seguramente la piensa más de dos veces antes de manifestar su parecer. Y después, con una simpleza que sólo puede ser producto de la mala fe, siguen diciendo algunos divulgadores del régimen que esto no es una dictadura porque no hay tanques en las calles. Que más sometimiento de la voluntad y el libre pensamiento que agarrarte por el estómago.

Alguien que en su calidad de escritor supo expresar algunas verdades al respecto, en su caso frente a la “dictablanda” de Juan Domingo Perón, abierto admirador de Mussolini y muy querido caudillo populista, dijo en su momento: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor”.

Borges dijo esto en un discurso de agradecimiento a los escritores argentinos que lo desagraviaron por el ataque infamante del primer gobierno peronista que lo nombró inspector de aves, en 1946. Pero incluso cuando, a la vuelta de los años, ya en los años setenta, los peronistas volvieron a las andadas (incluso le pusieron una bomba en su casa que no llegó a explotar) siempre trató de usar su autoridad intelectual para mostrar las miserias de esta clase de gobiernos.

Un Borges resuelto y expresivo contra las dictaduras no es precisamente la imagen de escritor que hemos tendido a cultivar sus lectores. Primero estaba siempre el Borges exquisito y aparentemente aséptico en temas políticos. Razón por la cual puede ser aleccionadora la cita que acabo de hacer, ahora que muchos intelectuales optan por guardar un prudente silencio ante el inminente peligro de que en el país se desate próximamente algo tan desastroso como lo que ocurre en Venezuela o Nicaragua.

Ojalá no sea así y las cosas trascurran por un camino un poco más democrático, pero hay razones para ser pesimista (entre las cuales hay que incluir la hipótesis de que el siniestro exministro Quintana se haya ido a Cuba para pasar una maestría en dictadura). ¿O hay que tomar a la chacota el claro apoyo al dictador Maduro y al genocida Ortega, y no como un anuncio de que, llegado el momento, se apelará a la misma violencia estatal para contrarrestar el evidente rechazo popular?

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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