Diletantismos

Arguedas y Vallejo en París

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sábado, 01 de septiembre de 2018 · 00:11

“Generación va y generación viene; mas la tierra siempre permanece”. Aplicado a las literarias, el verso del Eclesiastés no deja de guardar su interés (puede incluso iluminar la evolución de las formas y corrientes literarias, pero no es este mi propósito). Por un libro que me prestó una perspicaz cuanto inteligente investigadora de las letras (César Vallejo, Crónicas de Europa, Losada, 2015), me entero que Alcides Arguedas y César Vallejo cultivaron cierto tipo de amistad en París, en los años 20. Mientras Vallejo, más joven, batallaba como escritor para sobrevivir, Arguedas, que ya había ido y vuelto varias veces a Francia, ejercía entonces de Cónsul General de Bolivia.

Como es harto sabido, Alcides fue uno de los escritores fundamentales del realismo finisecular latinoamericano que introdujo el tema del indígena americano; en cambio, César fue el heraldo vanguardista junto a Neruda y otros grandes renovadores de la poesía del siglo XX en español. No parecían mucho ser espíritus afines, pero naturalmente su condición de intelectuales americanos en París los juntó, quizá de manera inevitable.

El libro reúne todo un amplio y variado material periodístico que el poeta peruano escribió para diferentes periódicos y revistas de su país, y latinoamericanas. Y en uno de ellos (de 1924) relata su visita al cónsul boliviano con un estilo llamativo, por decirlo suavemente: “Señalo al más alto escritor de Bolivia al autor de la hercúlea Raza de bronce, andinista de basto y hacha, en cuya pluma engrámpanse cólera y amores, latidos estelíferos de oráculo aimara, señalo al hombre pleno, colodrillo de foscos remolinos, pies de Zaratustra, boca donde el glóbulo rojo logra una credencial de doble pliego abierto: el comando y el ensueño” (p. 65). Curiosa cuanto logorreica forma de expresarse, diría yo.

Tres años después, en 1927, escribe otra notícula: “Una gran reunión latinoamericana” (p. 335); cuenta que Arguedas lo convence de asistir a una reunión del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual. Antecedente de la Unesco, ésta era una entidad creada en 1924 y que reunía de tiempo en tiempo, y en distintos países a muchos intelectuales que fungían de facto como embajadores culturales de sus respectivas patrias, por lo menos en la parte latinoamericana.

Precisamente, como buena chilena, Gabriela Mistral dirigía los asuntos subcontinentales de ese instituto (en el epistolario de Arguedas hay algunas cartas en las que la nobel mapuchina le pide nombres de autores y libros bolivianos para algún emprendimiento editorial de difusión cultural en Europa, que no sé si se llevó a cabo).

Digo que lo convence porque Vallejo rehuía ese aspecto social de la vida intelectual. Distinguía entre los emigrados oficiales (que la pasaban mejor, porque en general tenían algún tipo de empleo, en general diplomático) y los no oficiales, como él. Y a base de esa distinción solía perorar sobre el a ratos enojoso asunto identitario, que seguramente experimenta cualquier latinoamericano que vive prolongadamente en Europa.

Así en otro de esos artículos (Sociedades coloniales, p. 485), se manda esta otra perla: “Los hábitos ciudadanos de un habitante de Oruro, en Bolivia, andan más cerca de los de un parisién que los hábitos ciudadanos de un provinciano de la misma Francia. Los sudamericanos del Sud nos parecemos más al parisién, en este aspecto, que los propios franceses de provincia. A tal punto la América Latina está colonizada cultural y socialmente por París”. Lo dijo también Bioy Casares con mejor humor: en La invención de Morel habla de un grupo de argentinos que hablaban tan bien el francés que parecían sudamericanos.

El primer artículo citado no es todo él tan farragoso y más bien termina reproduciendo el diálogo sostenido en esa ocasión por ambos escritores:

Arguedas: Me quedaré del todo en París. Quizá para siempre. ¿Y usted?

Vallejo: ¿Yo?

César no sabe qué responder, pero hoy sabemos que las cosas fueron diferentes. Mientras Arguedas retornó a Bolivia y se afincó definitivamente para vivir hasta 1946 (en 1934 muere su mujer y decide vender la casa que tenía en las afueras de París), Vallejo, que había salido de Perú en 1923, no vuelve más y muere en la ciudad luz, como anunció en un célebre poema (aunque no sé si llovió a torrentes). Tenía escasos 46 años.

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario

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