Diletantismos

Céspedes y anticéspedes

sábado, 29 de septiembre de 2018 · 00:11

Como cualquier literato nacional, a mi tiempo he sabido tener mis ideas/proyectos de investigación. Con el título que ahora pongo a esta columna pensaba, por ejemplo, llevar adelante un capítulo de un estudio sobre las novelas bolivianas a lo largo de la historia republicana, pero, como otras veces, en un movimiento de tenaza, ora la melancolía, ora la flojera, fueron superiores a mis fuerzas.

El anticéspedes era Adolfo Costa du Rels, y lo era de Augusto, el Céspedes por antonomasia, al punto que el otro, Man o Manuel, tuvo que volverse solo Césped). A pesar de la diferencia de edad (13 años menor éste) Céspedes y Costa, razonaba en ese borrador, vivieron una suerte de vidas paralelas durante buenas décadas del siglo XX. Ante todo, escribieron, al principio de sus carreras literarias, los dos mejores “cuentarios” de la primera mitad del s. XX.

El uno es ultraconocido Sangre de mestizos, publicado un poco después de la Guerra del Sudeste (“nuestra modesta contribución, nuestra dosis de siglo XX, al largo proceso mundial que ‘con pausas para respirar que denominamos la paz, dura hasta nuestros días’, como dice Grass”, señalaba en ese escrito, con un estilo innecesariamente dramático que fue uno de los motivos para desecharlo).

El otro, El embrujo del oro, tuvo la particularidad de haber sido publicado primero en francés, en 1930, y recién conocido en español en 1948, en una editorial argentina, además. Pero es tan bueno, tan extraordinario como el primero (extra ordinario, es decir, más allá de la medianía narrativa de los cuentos de esa época en el país).

En el caso de Céspedes, más allá de la obligación de incluir El pozo en cualquier antología de cuentos nacionales, ha merecido mejores intentos de estudio. En cambio, en el de Costa, la comodidad crítica ha hecho de La Miskki simmi un lugar común exclusivo (con cosas peores, como la cuantificación de Claudinas habidas por aquí y por allá) ignorando olímpicamente los otros cuentos (Yellow mine, Dos jinetes, La condesa de Orb, etc.), que merecen, y harto, que alguien los estudie o comente.

El embrujo del oro tiene además una ventaja adicional frente al libro de Céspedes: carece de ese epílogo, en el que el pontífice ideológico, el politiquero nacionalista que además siempre fue Céspedes, mete la nariz hasta límites molestosos, excrecencia necesaria a los afanes de la historia y los partidos, pero odiosa para la literatura.

Y aquí viene el segundo aspecto paralelo: ambos creo fueron “sunchu luminarias”. El conjunto de sus obras posteriores da la impresión general bastante penosa del artista que tiene un arranque brillante y después no puede satisfacer las demasiadas expectativas que se han puesto en él. Costa tuvo y perdió nervio narrativo (en ese texto yo afirmaba que funcionaba para el cuento, pero no para la novela, como se puede ver en los varios intentos novelísticos que emprendió) mientras Céspedes se dedicó a hacer de la literatura una sirvienta de la ideología, y todo su talento se apagó como un fósforo.

Y tercer paralelismo: fueron símbolos de lo que con justicia, y usando la jerga política de los vecinos gauchos, hay que llamar la grieta nacional. Céspedes fue la pluma nacionalista por excelencia; Costa, pobre, uno de los blancos despreciables, representantes de la “antinación”, la “oligarquía malvada” (creo que se salvó de la calificación de chilenófilo), y toda la basura verbal a la que suele recurrir el populismo en sus afanes politiqueros.

Símbolos pero también agentes ideológicos activos, porque encarnaron efectivamente esos papeles, aunque Costa, al hacer una biografía del minero Aramayo, por ejemplo, por lo menos no fue tan desagradablemente panfletario y maniqueo como Céspedes con cosas como “Metal del diablo”.

Y para terminar, un paralelismo de yapa, este irónico. Como se sabe, la revolución del 52, después de destruir lo poco que se había hecho en las décadas anteriores, terminó en lo mismo en que está terminando la actual (decirle “democrática a ésta, como se hizo hace años, ya resulta una burla sangrienta): terminó, digo, en una simple operación de movilidad social, en un vulgar recambio de élites.

En consecuencia, el hualaycho Céspedes, el hijo del pueblo, como se sabe, terminó como Costa: un acomodado diplomático que, después de una grata jornada de trabajo en la embajada, se dispone a pensar en un tema para intentar una nueva novela.

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

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