Diletantismos

Medinaceli, lector de Nietzsche

sábado, 19 de enero de 2019 · 00:12

En 1944 se cumplían 100 años del nacimiento de Friedrich Nietzsche, por lo que es presumible que entonces se haya desatado una oleada de tinta al respecto urbi et orbi, tratándose de semejante espécimen intelectual. Esto además se puede comprobar en una nota periodística escrita por Carlos Medinaceli, en la que con afán nacionalista llama a que Bolivia se sume al homenaje al filósofo moderno por excelencia. Y como qué, en el periódico La Razón de esa época (hay que distinguirlo siempre del actual, que cumple un papel periodístico tan lastimoso), en ese La Razón antiguo, digo, el propio Medinaceli lo hace publicando un ensayo por entregas que todavía se puede leer en el libro La reivindicación de la cultura americana, uno de esos volúmenes póstumos que Los amigos del libro publicó en los años 60 bajo el nombre de Obras completas.

Comienza Medinaceli recordando cómo lo sacudieron espiritualmente sus lecturas juveniles de Nietzsche en los años 20. (Es lícito pues verlo también como una de esas víctimas de comienzos del siglo XX, aunque en el extremo Occidente, que prohijó la curiosa ocurrencia de una moda intelectual alrededor de un filósofo). Pero luego asume una posición más madura, comentando la decadencia mental del filósofo a la luz de su epistolario inédito, publicado esos años.

Menudo afán el ocuparse de dilucidar lo que quiso proclamar Nietzsche a la humanidad. Leamos por ejemplo lo que en 1961 decía Heidegger en su ensayo La voluntad de poder como arte: “La discusión con Nietzsche no sólo no ha comenzado, sino que no han sido creados todavía los presupuestos necesarios para ello”. Es cierto; de hecho, en cuanto a mí toca, y muy a mi pesar, debo decir que no sólo que eso evidentemente no ha ocurrido, sino que aún no he conseguido sentar las bases para proceder a la lectura de los varios libros del filósofo, habida cuenta de que no los tengo.

Pero no hay que ponerse nervioso por eso. Podemos agarrarnos de Blanchot, para quien Nietzsche es esencialmente fragmentario; todo lo que dijo es aforístico. Es así como, lectores legos y muy posteriores, muchos de nosotros nos encontrábamos con este o aquel pedazo, cayendo prendados de su tino para dramatizar la historia universal, pero sobre todo a sí mismo. Por ejemplo, el epígrafe que el mismo Heidegger pone en su trabajo, extraído de El anticristo: “Casi dos milenios y ni un solo nuevo dios”. O aquel otro, proveniente, creo, de La voluntad de poder: “Lo que voy a relatar es la historia de los dos siglos que se aproximan. Y describo lo que viene, lo que no tiene más remedio que venir: la irrupción del nihilismo. (…) Yo conozco mi destino. Un día mi nombre irá unido a algo formidable: el recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la tierra, (…) yo no soy un hombre, yo soy dinamita”.

Según Borges, Nietzsche se enamoró de su destino y se asumió como un profeta bíblico, pero ateo. Y hay que darle la razón. Hasta para morir supo ser emblemático: lo hizo en 1900. Ahora bien: ¿qué pensar del hecho de que hayan pasado 118 años de esas dos centurias de las que habla en ese fragmento ominoso? Pues que tanto da para sentirse tranquilo como para preocuparse. Puro perspectivismo. 

El lector dirá: “¿Y a qué viene toda esta parrafada de aficionado en una columna periodística sabatina?”. Pues a que en 1969 la revista Eco de Colombia hizo un número recordando los 125 años del nacimiento del filósofo alemán, en el cual leí los ensayos de Heidegger y Blanchot. Y si se puede recordar los 125 años del nacimiento de Nietzsche, ¿porque no hacerlo con los 175? 

En cualquier caso, si esto fuera muy conmemorativo, apelaría para terminar a algún aforismo o frase nietzscheana sobre el devenir puro, la temporalidad del ser, que se ríe de las marcaciones temporales ficticias, pero prefiero hacerlo imaginando títulos igualmente alusivos al gran pensador, al estilo del Así comió Zaratustra de Woody Allen. Por ejemplo: La falta de voluntad de poder como arte; por ejemplo, a manera de recordar el nombre de esta columna: El diletantismo es también un nihilismo.

 

Walter I. Vargas es  ensayista y crítico literario.

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