Diletantismos

Lévi-Strauss y Cortázar en perspectiva

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sábado, 05 de enero de 2019 · 00:12

¡Y yo pensando que se refería a alguna tribu brasilera! Hablo de una de esas citas, esos juguetes cómicos, que eran muchos de los “capítulos prescindibles” de la Rayuela de Cortázar; ésa en la que cita los Tristes trópicos de Lévi-Strauss. La cita era esta: “Entonces, para pasar el tiempo, se pescan peces no comestibles; para impedir que se pudran, a lo largo de las playas se han distribuido carteles en los cuales se ordena a los pescadores que los entierren en la arena apenas sacados del agua”. 

Son las trampas que la ignorancia, coludida con el prejuicio, suele tender al lector. Como yo sabía indirectamente que ese famoso libro de viajes etnológico se dedicaba a estudiar las etnias del Mato Grosso brasileño, supuse eso, cuando en realidad, muy lejos de cualquier anécdota con sabor salvaje, el etnólogo francés estaba refiriéndose a Fire Island, una “absurda” lengua de arena en Long Island (80 kilómetros por 300 metros) que conoce cuando cuenta su estadía previa en Estados Unidos. 

Sólo he podido corregir esta interpretación ahora, muchos años después, al leer ese extraordinario libro de viajes que es Tristes trópicos. Ya lo sé, no es propiamente un libro de viajes: su autor va en busca de conocimiento antropológico. Pero si una obra de este tipo comienza señalando que el viajero odia los viajes, y lo hace con la prosa de Lévi-Strauss, ya es abrebocas bastante para el lector lego, yo creo. Lean: “Ciertamente, se pueden consagrar seis meses de viaje, de privaciones, de insoportable hastío, para recoger un mito inédito, una nueva regla de matrimonio, una lista completa de nombres clánicos, tarea que insumirá solamente algunos días. Pero este desecho de la memoria: ‘a las 5:30 entramos en la rada de Recife mientras gritaban las gaviotas y una flotilla de vendedores de frutas exóticas se apretujaba en el casco’. Un recuerdo tan insignificante ¿merece ser fijado en el papel?”. Esto en la primera página de otras centenas de derroche de inteligencia científica y sabiduría narrativa.

A Octavio Paz le gustaba especialmente el último capítulo (en su ensayo El antropólogo ante el Buda), en el cual, de vuelta hacia Europa, Lévi-Strauss pasa por Asia y reflexiona, a los pies de los monumentos budistas de Pakistán, sobre las grandes tradiciones espirituales que sobrevuelan los siglos: el cristianismo, el islam, Buda… Y el budismo era justamente uno de los temas o lugares comunes que atareaban a la juventud lectora de esos años y una de las cosas que enamoró de Rayuela. 

Al lado de Dasetz Teitaro Suzuki, a Cortázar le gustaba citar a Musil, Artaud, Bataille, Gombrowicz, Lezama Lima, la carta de Lord Chandos de Hofmannsthal, y así una larga secuela de cierta “literatura de culto” ultrarrefinada y muy de los años sesenta del siglo pasado. Y encima todo tan parisino… También estaba muy viva la idea de la antinovela o la muerte de la novela, que hasta ahora, creo, es pertinente. Para usar la jerga de entonces, era un Zeitgeist, cierto estado de ánimo cultural, que nosotros los latinoamericanos recibimos con retraso; pero eso sí, de la misma manera emocionante.

Como se sabe, Cortázar renunció a esa cultura libresca después, pero lo hizo para peor; porque se dedicó a cacarear su compromiso político con algo tan penoso como la dictadura castrista en Cuba y en general el izquierdismo antidemocrático que sufrió Latinoamérica esos años. Así que, en cualquier caso, a mí me parece que en esos capítulos prescindibles estaba la parte creo más atendible de ese curioso objeto cultural que fue Rayuela, la parte donde aparece el filósofo italiano Morelli y el cogollo de personajes superintelectualizados divaga intensamente sobre la necesidad filosófica y/o religiosa de superar la condición humana.

Todo ese mundillo literario quedó como una música viejita que de tiempo en tiempo vuelve a sonar por algún motivo, como recuerdo de cierto momento, un momento de inmadurez intelectual, pero en el fondo querido. Porque, como se cuestiona Greene en su autobiografía, tratar con ironía el pasado de uno puede ser un legítimo mecanismo de defensa, pero no va a hacer nada para ayudar a autocomprendernos.

 

Walter I. Vargas es  ensayista y crítico literario.

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