Diletantismos

Hijos de Putin

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sábado, 16 de febrero de 2019 · 00:11

Me contó un pobre funcionario público hace un tiempo sobre algunos de los métodos con los cuales la “dictablanda” se desquita de la notoria impopularidad que actualmente tiene entre la ciudadanía. Por ejemplo, en una de esas manifestaciones de apoyo al caudillo, la consigna al personal fue organizarse por parejas y elegir: o marchan o aplauden. Y si se escogía la segunda opción el par de empleados debía apostarse en alguna esquina y romperse las manos ante los marchistas. Creer o reventar.

Por su parte, el régimen autócrata de Vladimir Putin, en Rusia, también ha desarrollado bastante creatividad para acallar a la oposición. Hay una norma que sanciona las expresiones populares de protesta que no tienen permiso del Gobierno. De modo que muchos opositores, para burlar la norma, optaron por gritar solitos en las plazas. Pues bien, apenas ocurría un caso así, uno o dos agentes del gobierno se acercaban al individuo y le hacían coro en sus quejas. Resultado: detenidos por protestar en grupo sin autorización.

Compárense estas “buenas maneras” con las directrices de Lenin hace un siglo y se tendrá una idea del cambio de los tiempos: “La justicia no debe abolir el terror; prometer tal cosa sería engañarse a sí mismo y a los demás. Hay que fundamentarlo y legitimarlo, de manera clara, sin falacias ni adornos”. Y, más preciosista y literario, su amiguete Trotsky lo secundó de la siguiente manera: “No entraremos en el reinado del socialismo con guantes blancos y caminando sobre un piso encerado”. 

Como consecuencia, la larga pesadilla bolchevique del siglo pasado llegó al extremo de castigar con la pena de muerte a la vagancia, aunque obviamente su propósito principal siempre fue desterrar ab ovo toda posibilidad de disidencia política. 

No sé decir si este cambio es un avance o un retroceso. Porque si lo es en relación a la brutalidad leninista antes citada, no lo es en orden a la institucionalidad democrática que se estaba construyendo dificultosamente, por ejemplo y por nuestras playas, en Bolivia, en los años anteriores a la irrupción del masismo. Después del fracaso generalizado del socialismo internacional en el siglo XX, la izquierda, en efecto, ha tenido que educarse democráticamente, aunque la pulsión dictatorial, como se puede ver por la nueva ola autocrática actual, ha sobrevivido de manera catastrófica.

En la era bolchevique todos los supremos murieron de viejos en el poder: no necesitaban hacer ningún aspaviento “electoral” para prorrogarse hasta morir, todo se decidía en las varias jerarquías concéntricas del partido que había sabido construir Vladimir primero. En cambio, Vladimir segundo tuvo que  aggiornarse  haciendo algo que debió haber hecho aquí Morales, si su cohorte de paniaguados pensara un poquito y no fueran tan cínicamente torpes: poner a una marioneta manejable durante cinco años y luego proceder nuevamente a entronizar en el poder a su jefe, como hizo el exagente de la KGB con Medvedev.

Hasta en la simbología mortificante que practicó el socialismo antiguo las cosas han asumido ahora un perfil un tanto grotesco. La señorita Salvatierra ha contado a los periodistas que tiene tatuados una hoz y un martillo en la espalda. Uno se pregunta por qué incurrió en el anacronismo de ignorar la mecanización del campo y no se tatuó más bien un par de flamantes tractores.

También, nos dice Adriana, le gusta la poesía de Benedetti y admira a los Tupamaros. Es otra cosa que suele diferenciar a la izquierda de la derecha: con frecuencia vemos a admiradores de Pinochet que engendran neocomunistas convencidos, mientras que los revoltosos setenteros de origen marxista saben asegurarse de que sus retoños se aficionen a la cultura y palabrería sensibleras y vetustas a la que estaban acostumbrados, sólo que ahora con más claridad al servicio de la preservación de una buena vida oligárquica.

Coda (que no sólo que no me aguanto de incluir, sino que debo hacerlo, so pena de no llenar el espacio de mi columna): no sé si al final Evo Morales obsequió a su vez a los militares el caballo que le regalaron los ganaderos, pero si no lo hizo, yo sugiero que, dada la desastrosa política marítima, lo promueva para cónsul en Chile, como trató de hacer Calígula con su caballo Incitato.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
 

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