Diletantismos

La dificultad

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sábado, 16 de marzo de 2019 · 00:11

Hubo cierta zona de la novela sigloventina, en cierta época, leída y celebrada por cierta crítica, que, habiendo envejecido, como todo, merece ser comentada/recordada en estos tiempos nuevos. Hablo del mito de la novela difícil, de la novela de culto por compleja, por oscura o hermética, a menos que el lector le dedique una atención poco menos que malsana.

Hijos del gran irlandés todos, “ser casi tan difícil de traducir como Joyce” era suficiente carta de presentación, por lo menos inicial, de muchos novelistas vanguardistas. Las palabras citadas son de Juan Ramón Masoliver, cuando cuenta la dura empresa que le significó traducir al español El zafarrancho aquel de la calle Merulana, del italiano Carlo Emilio Gadda, otra novela “de culto” que siempre comencé a leer y nunca pude terminar. 

En un número viejo y ajado de la revista Mundo Nuevo que todavía tengo, Severo Sarduy comparaba precisamente a Paradiso con lo que quiso hacer o hizo realmente Gadda en aquella novela. Por su lado, cercano a su muerte, Rodríguez Monegal, otro “taita” de la crítica de marras, se puso más rotundo que nunca para romper lanzas por “la densidad” narrativa. 

En una entrevista dice: “mis dos candidatos para libros de peso pesado son Lezama y Guimaraes”. Este último sería además “el mayor novelista latinoamericano, a su lado García Márquez parece un niño de pecho, Vargas Llosa un analfabeto y Carpentier no sabe escribir dos palotes”. No comments.

Aunque sí. Urge diferenciar: a Guimaraes Rosa lo leímos traducido (aunque sea del desapacible “mal español” que nos suena a los hispanohablantes el portugués); a Lezama, no. Y es un punto no menor en el tema. Porque, bien vistas las cosas, lo de Joyce sólo fue la última ambición de la novela, arrastrada desde el siglo previo: dar la mayor sensación de realidad posible por medio de las palabras.

No otra cosa es el afán de escribir como se habla, en una suerte de costumbrismo idiomático; no otra cosa es el fatigoso afán de transcribir el pensamiento vulgar e inmediato de un personaje. A lo que se suma, para complicar las cosas, la alocada impronta del verdadero idiolecto culterano que Joyce se mandó en sus dos obras principales, para delicia de los ultra especialistas y desesperación del lector común.

Porque qué se puede hacer con fragmentos como el siguiente: “La gran desparedición que dio desde lo alto llevaba ya consigo con tan poco plazo, la pftschute de Finnegan, el irlandenso, tanto que el mismo huevinfonflete manda plumptamente otro de los suyos a investiriguar, lejos, hacia el oeste’n busca de sus dedos del piededumpty, y sus puntapicantes las halla bien sentadas en el golpe tope del parque donde naranjas han sido puestas paroxidarse  desde que’l primer diablinen se amó a livy donosamente”.

Eso es de Finnegans Wake, galimatías insuperable que sólo quienes han permanecido en el mencionado tipo de culto puede seguir considerando buena literatura; a lo que hay que agregar que en Ulises, al lado de partes maravillosamente conseguidas, hay otras en las que ya se ve venir ese extravío estético.

Por eso, más simpáticos, más piadosos del lector, me parecen libros como Felipe Delgado (nuestra contribución a esa tradición de novelones gordos y desafiantes): tiene, entre otras cosas, buenas y malas, la gran virtud de acudir a un habla bien boli o paceño que el lector local asimila con total naturalidad y sin revolcar al idioma. 

Verbigracia: “Pero francamente no sabría decirte por qué se habrá casado con semejante cojudo una señora tan bien plantada” (p. 222). Ni qué decir que uno lee esto y se siente en casa. Y así leemos en la novela un montón de frases del tipo “no sé qué bicho le habrá picado”, “ha puesto el grito al cielo”, “está verde que venga”, etcétra, que, sacados del contexto de la lectura, quizá pierdan algo de su sabor, pero que son buena muestra de la afortunada idea de revivir la forma de hablar propia, pero con un idioma estable y sin demasiados aspavientos referenciales.

Todo esto ocurría en un mundo todavía ligera o agónicamente  guttembergiano. Ahora, en pleno siglo nuevo, y dadas las condiciones de comunicación posliterarias que nos toca vivir, referirlo no deja de ser un tanto emocionante.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

 

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