Diletantismos

Para la historia de la novela

sábado, 30 de marzo de 2019 · 00:11

En una nota similar a ésta, hace ya un tiempito, hablé del concurso de novela latinoamericana convocado por la Unión Panamericana (antecedente de la OEA), en los años 40 del siglo pasado, con el fin de dar a conocer al público gringo la entonces ignorada narrativa del subcontinente (la ganadora se publicaría, premio pecuniario incluido, en una importante editorial neoyorquina). 

Fue un mojón muy interesante para la historia de la novela latinoamericana, como se ha citado tantas veces, pues mostró la relatividad y hasta inutilidad de estos certámenes literarios. Es que mientras la obra presentada por Juan Carlos Onetti, el novelista latinoamericano más importante del siglo XX, ni siquiera ganó la preselección que se hacía en cada país, el premio final lo obtuvo un escritor a estas alturas bastante olvidado: Ciro Alegría, con El mundo es ancho y ajeno. (No recuerdo bien, pero conociéndome, es casi seguro que cuando escribí esa columna recurrí al previsible lugar común crítico de hablar de Tiempo de abrazar, que esa era la novela del uruguayo, como “el retrato del artista adolescente onetiano”, como si todo novelista valioso tuviera que hacer su “retrato adolescente”).

¿Y Bolivia? ¿Cuál fue la novela boliviana que al final, después de la preselección, fue a Washington, donde se dirimía el asunto? Decía en esa columna que Carlos Medinaceli usó como pretexto el mentado concurso para discurrir sobre la novela en Bolivia, en una conferencia dada en la universidad chuquisaqueña y fechada en 1942 (su título era La novela en América. El cuento en Bolivia, y así aparece en El huayralevismo, Ediciones Puerta del Sol, 1979). Pero claro, no dice cuál fue la elegida. 

De manera que no sabía este dato importante para la historia literaria nacional (de patio trasero nomás, tampoco nos engañemos). No lo sabía hasta ahora que leí el estudio introductorio de la nueva edición de Siringa publicada por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, en el cual se informa que fue precisamente esta “novela” beniana escrita por un cruceño (de paso aprovecho para usar este dato como descargo de la acusación de andinocentrismo que los paceños sufrimos a menudo desde los llanos “donde ruge el jaguar”).

He puesto novela entre comillas no con malevolencia (espero), sino porque considero que Siringano lo es como tal, aunque no cabe duda que suma una serie de virtudes narrativas altamente valiosas (talento verbal para la descripción, personajes, un mundo que hechiza, etcétera). Pero, puestos a comparar lo que se propuso hacer Onettien ese relato primerizo (sin ser además una muestra del Onetti más maduro) con la mera voluntad descriptiva e informativa de Coímbra (no por nada está incluida, acertadamente, en la serie de Historias y geografías de la BBB), no queda más que concluir en la diferencia de alcance entre lo que se hacía en esos tiempos en la zona rioplatense y en la andina, mal que nos pese. 

“¿Del actual concurso latinoamericano aparecerá esa novela genial, digna del continente?”, se pregunta Medinaceli en esa conferencia. Pues como se ve, no lo hizo, y en cambio, dos décadas después, sin mediar ese tipo de torneos, García Márquez pasó a ser comparado con Cervantes, por la trascendencia artística de su obra más famosa (aunque también en este caso, como buen “contreras” me reservo mis diferencias). 

Dato desalentador: he buscado el periódico Presencia del cual la introductora, Claudia Bowles, dice haber extraído el dato del concurso mencionado, y en el número indicado no hay nada parecido. La BBB es una buena cosa que está haciendo este gobierno, por lo demás tan infame en cualquier otro orden de cosas, pero si apenas ingresado uno en la minucia investigativa, encuentra este tipo de “errorcillos”, da para pensar en el nivel general que tendrá el resto de publicaciones. 

Por lo demás, así como los premios y concursos literarios son nomás cosa veleidosa, las bibliotecas conmemorativas de hitos cívicos suelen devenir en símbolos de los azares penosos de la vida de un país. A otra dictadura, la de Banzer, le tocó asumir, por ejemplo, el sesquicentenario del país, en 1975. Y los libros de la colección que ese hizo entonces no fueron 150, sino unos humildes 20 volúmenes plomos que andan por ahí en las librerías de viejo y en las bibliotecas particulares como testimonio de una época.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.

 

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