Walter I. Vargas

Relato de un náufrago del 17-J-80

sábado, 20 de julio de 2019 · 00:11

Es una curiosidad documental que conservo hace casi 40 años. Después del brutal golpe de Estado del 17 de julio de 1980, apareció en el número 49 de la revista mexicana Vuelta, de Octavio Paz, un “Testimonio desde Bolivia”, en el cual se contaba lo que había pasado esa fecha que acaba de recordarse otra vez. La revista es de diciembre de ese año, es decir que el espurio y criminal gobierno de García Meza ya se había enseñoreado del país. Lleva como aclaración lo siguiente: “Este texto fue escrito en julio de 1980 por un estudiante en Bolivia. Por razones obvias omitimos su nombre”. 

No era muy posible que los muchachos de Arce Gómez compraran esa revista en la antigua librería Icthus en El Prado (donde se la vendía), en busca de comunistas, para dar con el autor y reventarlo, pero bueno, los hermanos mexicanos están lejos, hay que comprenderlos. Tampoco resulta interesante, a estas alturas del partido, preguntarse por la identidad del misterioso cronista. No es un texto que brille por su magnetismo verbal o alguna otra virtud literaria. Sin embargo, vale la pena traerlo a cuento, porque después de aludir a la, entretanto, archirepetida escena del asesinato de Quiroga Santa Cruz, su autor se concentra más bien en relatar cómo los mineros, o un sector de ellos, en su locus, es decir, lejos de La Paz, intentaron resistir el triunfo de la bota militar en los días que siguieron al golpe. 

Y para hacerlo también toma los correspondientes recaudos: “En (un lugar que llamaré) Valencia”, mineros y campesinos, nos cuenta, se reunieron y organizaron para ver qué hacer. Y luego la radio minera de Valencia habría convocado a una concentración el día siguiente en Curawara, en la que se habría determinado suspender “tanto los programas deportivos como la observancia de las fiestas religiosas”. Aquí el autor recurre a un nombre real, pero no es seguro si la Curahuara de la que habla es la de Carangas o solo otro nombre ficticio para asegurar la integridad de los héroes de la resistencia. 

Quizá un estudioso más experimentado en lo que eran las minas nacionales ese tiempo podría detectar deductivamente de cuál mina se habla. Por ejemplo: se dice que era pequeña comparada con Huanuni, razón por la cual habría sido atacada después de ésta, e incluso después de Quechisla y Colquiri, cuyas radios (se había establecido una red de ocho radios mineras) también anunciaron la derrota paulatinamente.

Además, “Valencia” habría resistido cuatro días por la “localización estratégica de la comunidad” y porque “la ubicación del pueblo, en medio de un anillo de colinas, hace sumamente difíciles los ataques aéreos y los bombardeos”. Antes de que uno se sienta en medio de la guerra civil española, recibe la sorpresa de que el escritor había sido protagonista de esos afanes, encima muy poco dispuesto a plantar cara: “Salí de Valencia la mañana del veinte de julio después de saber que los militares se acercaban”.

Hay que suponer que a continuación la mina fue ocupada por los milicos, porque a continuación el escritor pasa a considerar más bien la larga historia de luchas mineras anteriores, terminando en la buena nueva de que Estados Unidos suspendía la ayuda económica al país, a manera de no reconocer a la nueva dictadura. Éste, como se sabe, fue un factor muy importante para que no durara como la de Banzer, aunque naturalmente esto no entraba en los esquemas mentales de nuestros izquierdistas. Ah, y también se habla del papel del Conade, que ahora está tratando de hacer algo para que la democracia no se vaya a pique otra vez.

En suma, me parece que la tal mina Valencia es nomás una construcción solo simbólica de lo que ocurrió realmente en lugares como Huanuni. Y el testimonio como tal, un trozo de la típica narrativa destinada a ensalzar la historia minera. En cuanto al malhadado gobierno militar de entonces, más acá de las superelaboraciones conceptuales zavaletianas o las vulgaridades de manual trostskista de Guillermo Lora sobre el fascismo latinoamericano, lo de García Meza-Arce Gómez correspondió más bien a un vulgar pretorianismo delictivo que apuntaba a encubrir las fechorías personales apropiándose del Estado el tiempo que fuera posible.

 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico.
 

 

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