Los bordadores del folklore que reescriben su historia en barbijos

La pandemia que paralizó todo dejó a los bordadores en una crisis que enfrentan con ingenio y esfuerzo.
jueves, 6 de agosto de 2020 · 05:01

Leny Chuquimia Periodista

  Según los registros de la Asociación Mixta de Artistas Bordadores Autodidactas (Amaba), la más antigua del rubro, los primeros bordadores de La Paz abrieron sus talleres en la zona Putu Putu, ahora  Miraflores. Cuentan que allí, encadenados a las mesas de trabajo, cosían los trajes de morenos y diablos. 

Luego se trasladaron a la calle Chirinos,  a la zona de Gran Poder y, finalmente, a la avenida Kollasuyo y la calle Los Andes. Es allí donde desde hace décadas acuden colegiales, universitarios, fraternidades, folkloristas de trayectoria y aficionados en busca de los artesanos más reconocidos. Pero este año  la Covid-19 ha detenido todo.

“Los bordadores estamos en terapia intensiva…. desesperados… atados de manos…”, señala Rómulo Velásquez, máximo dirigente de Amaba. 

En su boca, la del jefe de una familia de artesanos, que por 35 años vivió de enhebrar agujas y escribir su historia con hilos, la declaración se torna irónica. Pero no está en sus planes rendirse y junto a su esposa Vicky han optado por darle un giro a su taller, se han adaptado. Han pasado de confeccionar trajes folklóricos  a bordar barbijos. 

“Hay que seguir adelante y buscar la forma de continuar con lo que sabemos hacer”, dice Vicky algo tímida pero con una sonrisa amable.

Entre mayo y julio de cada año, La Paz se viste de color con los dos eventos folklóricos más importantes: el Gran Poder y la Entrada Universitaria. Todo el centro paceño se convierte en una pasarela en la que los artesanos presentan sus mejores creaciones, el trabajo de meses bordando una a una cada pieza, cada adorno, cada lentejuela.

El taller de los Velásquez es conocido como el especialista en trajes de caporal. Así lo lleva en alto cada uno de los miembros de la familia. Desde Rómulo hasta sus hijos tienen en sus redes sociales fotos de elegantes e imponentes trajes.

Hasta hace unos meses, en su local  hacían planes de trabajo para  esos dos grandes eventos, vitales para su economía. Vicky y Rómulo pensaban en infinitas combinaciones de colores, texturas y materiales que dieran realce a sus trajes. 

Al igual que todos los artesanos del lugar, la familia entera trabaja en conjunto  porque así  es como los bordadores heredan el oficio. Esa es también la razón por la que  la emergencia golpea a toda la familia.

Por eso gran parte de los bordadores optaron por adaptarse, algunos hacen trajes de bioseguridad. “Nosotros  cubrebocas”, dice Vicky.

Pero no son barbijos comunes. Estos llevan en sus diseños la esencia cultural de todo chukuta pico verde. Y es que la fiesta mayor de los Andes pudo haberse suspendido pero el folklorista nunca deja de serlo.

Por eso y porque al principio se pensaba que la cuarentena terminaría antes de las fiestas, los primeros tapabocas eran para  fraternidades. Estaban hechos a juego con los trajes de los diferentes bloques de bailarines.

Caretas de caporales, morenos y diablos a escala se estamparon en bordados computarizados en los pequeños moldes. Cada imagen fue ornamentada con lentejuelas y pedrería, cada una puesta a mano con agujas de diferentes medidas e hilos plateados y dorados. Hasta se bordó el Illimani con el lema “Ciudad maravilla”. 

Pero no solo se trataba de que sean vistosos, sino de que sean funcionales, por eso buscaron material impermeable  y poroso. Implementaron ajustadores metálicos de nariz para cerrar cualquier abertura por donde pueda colarse el virus. Los confeccionaron con doble capa y una especie de entretela a modo de una tercera. Debían resistir las lavadas y  los productos  desinfectantes.    

Viendo “a futuro” empezaron a bordar barbijos con el logo de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y sus diferentes conjuntos de bailarines.  Pero al ampliarse el confinamiento y las restricciones a los eventos masivos debieron optar por abrir la venta a la población en general. Entonces no solo querían mostrar imagen, sino también dar un mensaje.

En sus nuevos diseños incorporaron la tricolor y frases como “Quédate en casa”. Todos con elementos alusivos a la cultura, la tradición y al país.

   Durante los preparativos para las entradas folklóricas, la calle Los Andes se llenaba de música y bailarines en un bullicio que hoy se ha apagado. Las matracas han desaparecido y en la puerta de Bordados Colonial, los cascabeles de los caporales han quedado relegados a las botas de los maniquíes de sus vitrinas, claro  está, a juego con los novedosos barbijos. 

Y es que desde el principio sabían que esos barbijos debían llevar   identidad. “Sin cultura seríamos un pueblo sin historia, seríamos como un taller sin herramientas”, dice Rómulo.
 

 

 

 


   

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