Estuvo 27 años en prisión. Sobre sus celadores dijo que “sólo hacían su trabajo”

La cárcel lo convirtió en símbolo de la libertad

El esmirriado integrante de la facción radical del Congreso Nacional Africano fue condenado por actos de terrorismo contra el Estado. Recibía una visita al año que duraba apenas 30 minutos. El encierro forjó su carácter de líder.
viernes, 6 de diciembre de 2013 · 00:44
Agencias  

Londres

Mandela no sabía en un principio que la cárcel sería un punto de inflexión en su vida. Luego, con el paso del tiempo, comprendió perfectamente que quien resiste gana cualquier lucha.

En el invierno de 1964, Nelson Mandela llegó a Robben Island. Durante 18 años durmió sobre una esterilla en una celda de cuatro metros cuadrados, usó un cubo de hierro como inodoro, y sólo se le permitió recibir una visita de 30 minutos al año. Todo ello forjó su carácter y lo convirtió en líder.

"Nelson fue condenado por actos de terrorismo contra el Estado. Formaba parte de una facción radical del Congreso Nacional Africano (CNA) que había colocado bombas e incluso matado a dos policías. En ningún momento me imaginé que bien podría convertirse en el hombre que fue años después”, afirma Leopold Mussabe, uno de los presos que conocieron a Madiba.
Mussabe era simpatizante del CNA, pero fue denunciado por "terrorista”. Cumplió una condena de 15 años de cárcel, tiempo más que suficiente para conocer al mítico preso número 46664.
"Era delgado y bajito. Siempre estaba inquieto. Iba de un lado a otro pensativo, como si nadie pudiera arrebatarle las ideas que tenía en la cabeza, ni siquiera esos guardias que con frecuencia nos recordaban que de  Robben Island sólo se salía con los pies por delante”, cuenta Mussabe, hoy el propietario de una modesta tienda de abarrotes en Pretoria.
Ciertamente, Robben Island era lo más próximo a un campo de concentración. Utilizado como leprosorio, manicomio y cárcel por los países colonizadores, Holanda y después Gran Bretaña, confinó en sus entrañas a cientos de presos hasta su clausura definitiva en 1996, cuando el propio Mandela volvió a su celda y pidió que lo dejaran solo con sus recuerdos.
Ese periodo, según el historiador y periodista británico Felix Michelsen, "es determinante para comprender lo que supone ser el artífice de un proceso acelerado de lucha contra la segregación racial en un país donde la gran mayoría negra era sometida a un sistema de destrucción de la identidad sólo superado por el terrible nazismo hitleriano”.
 
"Quien resiste gana”
Evidentemente, Mandela no sabía en un principio que la cárcel sería un punto de inflexión en su vida. "Era incapaz de medir la dimensión de su lucha cuando cruzó el portón de la prisión. Humillado por un sistema penitenciario decadente, tuvo la entereza de resistir y como bien dijo en su momento el escritor Camilo José Cela, quien resiste gana”, escribió el periodista inglés y biógrafo John Carlin.
Madiba (como se le conoce cariñosamente en su tribu) hizo de esta máxima una forma de vida, un objetivo que debía pasar, necesariamente, por la paciencia, una virtud que desconocía, luego de sus años jóvenes como boxeador en bares y pubs.
 "Podía ver en su forma de caminar, en el modo en que cooperaba a sus compañeros, aun aquellos que estaban condenados por asesinato o robo, a un hombre íntegro. Si un guardia le llamaba la atención a gritos o le golpeaba con su porra a la altura de los riñones, Nelson no respondía. Callaba, pero no otorgaba”, revela para la cadena Fox News el preso 33556, Nicholas Arebujo.
 Aunque en su autobiografía El largo camino hacia la libertad, Nelson Mandela considera que su "largo periodo en prisión” no hizo otra cosa que pulir un carácter "hasta cierto punto errático e incluso violento”. Sus compañeros, incluso aquellos que esperaban su liberación en el seno del CNA, como el propio Jacob Zuma, son conscientes de que la cárcel lo convirtió en símbolo de la libertad y de la defensa de los derechos humanos en todo el mundo.
 Los activistas del CNA, trabajando en la clandestinidad, hicieron un enorme trabajo de difusión internacional sobre la lucha de Nelson Mandela.
Si bien Madiba no era muy proclive a los mensajes, su entorno se encargó de mostrar al mundo la persistente violación de las libertades individuales.
   "Todos trabajamos para que se supiera que ahí, en una celda, un hombre defendía a millones de  sudafricanos que sufrían la opresión de un régimen”, recuerda Zuma.
Cuando fue liberado el 11 de febrero de 1990,  Mandela prometió que cambiaría el sistema  penitenciario, pero, al mismo tiempo, recordó a su pueblo que no era tiempo de linchar a los celadores de Robben Island.
Se limitó a decir, casi lacónicamente, "hacían su trabajo”, declaración que, en principio, cayó como un jarro de agua fría sobre los miembros más radicales del CNA que le exigían "revancha”.
Esa palabra no formaba más entre los códigos que Madiba manejaría con solvencia hasta el fin de sus días. Prefirió la palabra "dignidad” y con ésta el concepto de entender que la "no violencia”, no murió con Gandhi o L   uther King.
"Mandela otorgó otra dimensión a la resistencia, a la lucha desde las ideas en vez del combate frontal y encarnizado contra un enemigo demasiado poderoso. Nelson acabó venciéndolo desde las cuatro paredes de su celda, comiendo el rancho aborrecible del odio y la sinrazón. Lo hizo con el entusiasmo del líder, y la fuerza innata del gran luchador”, sostiene el periodista sudafricano Emmanuel Abana Myroll.
"Es la hora del perdón y de la reconciliación. Si queremos construir un país nuevo, debemos fijarnos en los ojos del otro, descubrir su esencia en su mirada y comprender que en las necesidades de esa persona está la solución de las nuestras”, sostiene Desmond Tutu, una de las figuras religiosas que desde el púlpito pedía una oración por el hombre que luchaba por la libertad.

 

 


   

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