Donald Trump contra todos: del show y los millones a la Casa Blanca

El empresario fue el anticandidato: irritó a su propio partido y descalificó diferentes minorías. Pero capitalizó el hartazgo de vastos sectores frustrados con el establishment político de Washington
miércoles, 9 de noviembre de 2016 · 06:10
Una familia con muchos extranjeros

Su esposa y el hijo de ambos —Barron, el más pequeño, que siguió a Donald, Ivanka, David y Tiffany— vivirán con Trump en la Casa Blanca. Los tres mayores, que tuvo con su primera esposa, Ivana, tal vez harán de 1600 Pennsylvania Avenue una extensión de la Organización Trump, donde son vicepresidentes ejecutivos. Tiffany, la única hija que tuvo con la actriz Marla Maples, está recién graduada y todavía no se ha sumado al mundo laboral de la familia.

Melania Tramp, nacida como Melanija Knavs en 1970, será la primera dama en haber nacido fuera de los Estados Unidos (en su caso, en un territorio que aún se llamaba Yugoslavia) desde 1829, cuando Louisa, la esposa de John Quincy Adams, nacida en Londres, dejó esos honores. Y sería la primera, sin antecedentes, que habría posado desnuda para las revistas y comentado la vida íntima del presidente cuando todavía no había sido votado.

También la madre de Trump fue extranjera. Desembarcó en los Estados Unidos en 1929 proveniente de Escocia. El padre, Fred Trump, fue primera generación estadounidense: el abuelo del nuevo presidente, Friedrich, se escapó de su casa en Kallstadt, Alemania, en busca de un horizonte de riqueza en América.

Fred creó la empresa constructora Elizabeth Trump & Son, semilla de la Organización Trump, que floreció en Brooklyn y Queens cuando la clase media de posguerra compró propiedades. Entonces nació Donald, el tercero de los cinco hijos del matrimonio: Fred (muerto en 1981 por derivaciones del alcoholismo), Elizabeth, Maryanne y Robert fueron los otros.

A los 13 años, el padre lo envió a la Academia Militar para que dominara su carácter: atacaba a los maestros con borradores de pizarra y a las niñas, con botellas de refrescos, acaso un antecedente de su desafortunada confesión de agarrar a las mujeres por los genitales, que le costó un resbalón importante en la carrera por la presidencia. Luego, y aunque se resistía a estudiar, Fred lo obligó a que terminase la prestigiosa Escuela de Negocios de Wharton. En esas dos instituciones, y en la observación del desempeño de su padre, Trump aprendió lo que necesitó para convertirse en empresario. Además del dinero familiar: según él, un préstamo de USD 1 millón de dólares.

En realidad, administraba junto con su padre una enorme cartera de proyectos inmobiliarios en los cinco barrios de Nueva York, y en 1971, propuso una renovación de la empresa, que pasó a llamarse Trump Organization y que quedó bajo su mando. Y directamente en sus manos cuando su padre murió, en 1999. Muchas cosas se llamaron Trump desde entonces hasta hoy: Trump Tower en la Quinta Avenida; Trump Place, Trump World Tower, y así en el país como en sus inversiones en el extranjero.

Primero, el magnate abandonó los barrios originales de Brooklyn y Queens para concentrarse en el glamour de Manhattan. En ese tiempo se casó con la checa Ivana Zelnickova —"la Zarina", como la llamó la prensa amarilla de la época, que le dedicó atención devota— y juntos encarnaron la gran vida del jet set. 

Trump concitó el interés del público al comprar el Hotel Commodore y hacer en su lugar —previa destrucción de unos bajorrelieves que quiso obtener el Museo Metropolitano— el Grand Hyatt; cuando Ivana quiso participar en los negocios, dejó en sus manos la renovación del Hotel Plaza. Aclaró el hombre que ha insistido en cuánto respeta a las mujeres, que Ivana recibió un salario de "un dólar por año, más todos los vestidos que sea capaz de comprar". La esposa era ejecutiva de la Organización Trump cuando se hartó de sus infidelidades e inició un juicio que le permitió comprar lo que se le ocurriera, además de vestidos, en concepto de bienes generados durante la unión conyugal.

A los hoteles le siguieron inversiones en casinos, y luego Trump incursionó en el espectáculo al obtener la propiedad de concursos de belleza como Miss Universo, Miss Estados Unidos y Miss Estados Unidos Adolescente. Hasta que en 2003 reveló su talento para el reality show en The Apprentice, que duró 14 temporadas. Durante el camino escribió libros, con escritores fantasmas, como el más famoso: El arte de la negociación. "Le puse lápiz labial a un cerdo", dijo Tony Schwartz, el periodista que puso desde la mayúscula inicial hasta el punto final del best-seller.

Trump le reprochó a Schwartz esas palabras publicadas en The New Yorker: el ghost writer nunca devolvió ni donó un centavo de los derechos de autor que recibió por ponerle lápiz labial a un cerdo, o por organizar en un texto las enseñanzas del nuevo presidente. Tampoco Trump va tan al fondo del detalle: según Forbes, su fortuna se ubica en los USD 3.700 millones, pero como el magnate se ha jactado de no pagar impuestos personales ni revelar su declaración impositiva general, ha dicho que vale mucho más: 10.000 millones.

Una campaña de agravios
Desde las primarias republicanas, Trump hizo del insulto una rutina: se refirió a Rubio como "Little Marco" ("El pequeño Marco"), a Cruz como "Lying Ted" ("Ted, el mentiroso") y a Jeb Bush como "Low Energy Jeb" ("Jeb, el fatigado"). Se burló de un discapacitado y echó a otros, que lo encararon con sus protestas, de sus actos; atacó a las mujeres, a los latinos e hispanos, a los musulmanes, a los judíos, a los periodistas, a los veteranos de guerra. Y a los políticos, con insistencia, y con la habilidad de excluirse de esa categoría al tiempo que instaba a que lo votasen para la presidencia.

Durante la campaña nacional se refirió a la candidata demócrata como "Crooked Hillary" ("Hillary, la deshonesta"); sólo por formalidad evitó hacerlo en los tres debates.

Atacó al sistema electoral con la figura del fraude cuando comenzó a repetir que la elección estaba "amañada" y que en "algunas ciudades" y "comunidades" —siempre en alusión a sectores con habitantes afroamericanos— le "robarían" el triunfo. Sonaron las alarmas cuando pidió a sus simpatizantes que fueran a esas "otras comunidades" a monitorear los lugares de votación: se temió que hubiera violencia.

Se reavivó un estilo desconocido en la política local: el de desdén por las instituciones. "Conviértanme en presidente para que pueda arrojar dentro de una cárcel a nuestra ex secretaria de Estado", dijo en el segundo debate. Para el oído medio local, eso equivale a un proceso estalinista de purga de enemigos, o a una práctica de república con instituciones débiles.

En su primera negociación con el partido —que para los expertos indica que sabrá acordar para no caer en el desgobierno— aceptó que Mike Pence, un cristiano evangélico y un conservador fiscal, fuera su compañero de fórmula. El gobernador de Indiana, además, pasó 12 años como congresista: su caudal de contactos en Washington tranquiliza a los republicanos tradicionales que desconfían del discurso antiestablishmentde Trump.

Lo que vendrá
Con indiferencia ante los insultos, y agitados por políticas que prometen un milagro económico, un grupo demográfico encontró en su liderazgo conservador populista la ilusión de revertir las consecuencias de las políticas gubernamentales de George W. Bush y de Obama. El flamante presidente prometió que:

—Va a desmantelar el sistema de salud con subsidio federal, Obamacare,que dio seguro a millones que no lo tenían antes, pero aumentó las primas de quienes sí lo tenían, y el año próximo aumentará las de todos por igual.

—Creará 25 millones de puestos de trabajo y reducirá en un tercio los impuestos por ingresos que paga la clase media.

—Terminará con la corrupción en Washington y el corredor D.C.-Wall Street.

—Cambiará el sistema educativo para que los padres elijan el colegio de sus hijos sin tener que pagar impuestos locales por la escuela pública y luego la cuota de otra escuela que les parezca más adecuada.

—Revisará, con la idea de repudiar, tratados de libre comercio como el NAFTA; se negará a firmar la Alianza Transpacífica (TPP) y buscará caminos para gravar con fuertes tasas las importaciones de China y México.

—Deportará a 11 millones de inmigrantes indocumentados.
—Construirá un muro en la frontera con México, que pagará el Gobierno del DF.
—Derrotará al Estado Islámico y hará de los Estados Unidos una nación sin miedo: "Desde el 20 de enero de 2017 se restaurará la seguridad".

—Negará visas de ingreso a personas que residan en países donde exista el terrorismo islámico (eso podría incluir a Europa), o a los musulmanes, o a los refugiados musulmanes; acaso temporariamente (nada quedó claro en su campaña).

Pocos creen que Trump pueda concretar esas promesas: porque el Congreso y la Corte Suprema tienen voz en esos asuntos, porque materialmente resultaría imposible, porque simplemente no explicó de qué modo se lograría algo como —por ejemplo— la derrota de una fuerza terrorista contra la que se enfrentan sin éxito diversas naciones. Pero esos mismos expertos le atribuyen el potencial de dificultar la economía local —y en consecuencia la global— y las relaciones internacionales, y de trabar el Gobierno.

El triunfo de Trump abrió un tiempo de incertidumbre en los Estados Unidos: el ascenso de una política novedosa, una política antisistema en un país que, tanto los republicanos como los demócratas, han definido históricamente por el peso de sus instituciones y el respeto de sus leyes. Pero que de tanto cortar camino por atajos parece haber debilitado esos valores, como quien da por sentado algo muy valioso sin saber qué le puede faltar, ni qué pasaría en ese caso.

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