2019 el año de la protesta en el mundo por reformas sociales

Sin líderes ni jerarquías la gente salió a las calles desde Hong Kong hasta Santiago de Chile para expresar su rechazo a políticas o reivindicar cambios.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:04

EFE y Página Siete / Madrid 

Sin líderes ni jerarquías, sin hoja de ruta y de forma espontánea, millones de jóvenes, estudiantes, mujeres, indígenas y trabajadores han protagonizado este año protestas masivas en una veintena de países, desde Hong Kong hasta Chile, a veces como auténticas guerrillas urbanas, que amenazan con seguir desestabilizando gobiernos en 2020.

Injusticia social, falta de oportunidades y de democracia, desigualdad o corrupción son los motores de una revuelta global, con la emergencia climática y la revolución feminista de fondo, que ha levantado a las sociedades de Asia, Oriente Medio, África, Europa y Latinoamérica.

Los motivos son muy diversos y los gobiernos a los que han cuestionado también: desde regímenes autoritarios hasta democracias liberales y sistemas capitalistas; en países pobres y ricos. En todos los casos, el estallido lo provocó un hecho concreto: una ley de extradición en Hong Kong, un impuesto al uso de WhatsApp en Líbano, una ecotasa al transporte en Francia, una retirada del subsidio al combustible en Ecuador, una subida de precio del Metro en Chile, la corrupción en Irak, el despotismo en Argelia. 

El denominador común es el hartazgo de unos ciudadanos decepcionados de los sistemas que rigen sus vidas, especialmente los jóvenes, que no ven un futuro con oportunidades, y las mujeres, que han reventado por la desigualdad y la violencia machista.“Los movimientos de protesta masiva son una señal de que un sistema político es incapaz de satisfacer las demandas sociales bajo el modelo político y económico actual”, revela a EFE Lucía López Esquivelzeta, consultora del observatorio Control Risk, con sede en Londres.

Si bien esta ola de protestas va a tener un “impacto negativo” en las economías, “el mayor riesgo es la pérdida de legitimidad de los sistemas existentes”, advierte. “Esto confirma a gritos la urgencia de buscar soluciones estructurales a largo plazo”, pues “los movimientos masivos de protesta social evidencian la demanda de nuevos modelos económicos y políticos”, que van a implicar “nuevos ganadores y perdedores”.

Una investigación de la Universidad de Columbia y la Fundación Friedircht-Ebert-Stiftung, publicada en 2014, tres años después de la Primavera Árabe y los movimientos Occupy Wall Street y 15M, advertía de que los ciudadanos cada vez protestan más y que esa actividad ya no está relacionada con los países avanzados, sino que se expande como la pólvora entre las naciones más pobres e históricamente calladas.

Es necesario retroceder a 1999, hace ahora 20 años, para entender cómo se forjó el movimiento “antiglobalización” que impidió, por primera vez, que  se ejecutara una iniciativa que iba a marcar el rumbo de la humanidad. Fue en Seattle, cuando la Ronda del Milenio de la OMC se disponía a dar rienda suelta a la liberalización mundial del comercio, pero la cita se canceló porque más de 50.000 personas retaron a las fuerzas de seguridad e impidieron  el acceso a los funcionarios. Desde entonces, no ha cesado la lucha contra el neoliberalismo.

Como en Seattle, las protestas actuales han llevado a que algunos gobiernos dieran marcha atrás en las medidas que desataron la ira. Ha ocurrido en Hong Kong, Ecuador o Chile, mientras que en Líbano e Irak han llegado a dimitir sus  primeros ministros. Pero no ha sido suficiente, la gente sigue en las calles.

Movilización y represión

Un denominador común es la represión brutal por parte de las fuerzas de seguridad y la violación a los derechos humanos durante las protestas. El caso más sangriento es Irak, donde se contabilizan desde el 1 de octubre unos 500 muertos, muchos por disparos de francotiradores, y 20.000 heridos.

Las imágenes de cargas policiales contra hongkonenses, libaneses, ecuatorianos, colombianos, bolivianos o haitianos han conmovido al mundo, como también las denuncias de violaciones sexuales en comisarías.

Sólo en Chile, hay 24 muertos y más de 3.000 heridos, de ellos 340 con lesiones oculares o pérdida de visión por el impacto de munición. El Instituto Nacional de Derechos Humanos ha denunciado 192 casos de violencia sexual, 505 de torturas y 787 de excesivo uso de la fuerza. Desde el 19 de noviembre, las fuerzas de seguridad chilenas ha efectuado más de 35.000 detenciones.

La movilización comenzó por el alza de tarifas del metro y se amplió a demandas por una nueva Constitución y contra la desigualdad social y las bajas pensiones para los jubilados.

Y, en Colombia, donde las manifestaciones pacíficas siguen siendo masivas, el joven Dylan Cruz murió de un disparo en la cabeza en plena calle. 

En Ecuador las protestas se tornaron violentas luego de que entraran en vigencia  aumentos de hasta 123% en los combustibles por la eliminación de subsidios acordada con el FMI. El Gobierno tuvo que dar marcha atrás en la reforma.

En Bolivia irregularidades en las elecciones  derivaron en una protesta que terminó con la salida del poder de Evo Morales.

Estancamiento económico 

Uno de los factores que han desencadenado el caos en Latinoamérica es “el estancamiento económico que comenzó en 2013, tras el desplome de los precios de las materias primas y con ello de las exportaciones, lo que ha puesto en peligro el nuevo estatus logrado por los 50 millones de latinoamericanos que habían ascendido a las clases medias en los 10 años anteriores”, explica  Iván Briscoe, director para esta región de Crisis Group.

En ese escenario, algunos “han hecho uso de sus privilegios o han aprovechado la corrupción para seguir prosperando”, agrega el experto, al matizar que ello “alimenta un profundo resentimiento” entre la ciudadanía.

Durante esa “década dorada”, los gobernantes no fueron capaces de repartir la riqueza que se generó, pues si bien se redujo la pobreza, Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo, según la Cepal, en cuyo último informe indica que el 76,8% de los latinoamericanos pertenecen a estratos de ingresos bajos o medios-bajos, mientras que el 3% se sitúa en las clases altas. No se repartió la riqueza. EFE