La crónica de un periodista español que venció al coronavirus

El expresentador de CNN+ David Tejera narró desde su ingreso al Hospital Ramón, luego a la Caja de Madrid y hasta lograr recuperarse y volver a casa.
viernes, 17 de abril de 2020 · 18:47

Página Siete Digital / La Paz

El periodista español expresentador de los informativos de Cuatro y CNN+, David Tejera, en su cuenta de Twitter compartió un PDF con una crónica que narra la odisea que vivió desde que le diagnosticaron con coronavirus hasta curarse de ese mal. Su tuit lo publicó el 12 de este mes.

En su relató, en primera persona, el periodista cuenta todo lo que vivió y hace énfasis en lo que pensó en cada momento, además de lo que sentía al ver a otros enfermos con el virus y a los médicos que corrían de un lado al otro para atender a los pacientes que llegaban. A continuación, te presentamos la crónica que escribió Tejera, titulada: Crónica de un contagiado cualquiera.

Al quinto día de enfermedad, ya es evidente. No respiras bien. En el ambulatorio lo confirman, los pulmones no están funcionando correctamente. Es urgente ir al hospital. Ya vives con mascarilla. El resto del mundo a tu alrededor también. Y los que no han conseguido una llevan pañuelos, bufandas, servilletas, trapos.

Eres capaz de llegar conduciendo y cuando te dicen que van a hacerte una placa, solo piensas que el daño sea menor, qué tratamiento te pondrán y, desde luego, volver a casa. Pero una doctora joven y con gafas te anuncia: "Tienes una mancha en los pulmones, te quedas ingresado". Hay que avisar. Caes en la cuenta de que no tienes cargador y tu móvil está al 70%. Así que llamas y avisas de todo. "Al menos estaré vigilado. Mejor así". Es martes.

Entras en una gran sala de urgencias. Abarrotada. Es como las escenas de guerra. Cuerpos derrumbados en camas, sillones. Sufrimiento por metro cuadrado. Muchos tosen, otros tiritando, otros piden ayuda porque se ahogan, y otros se dejan caer, vencidos por la fiebre y el miedo. Vuelan las enfermeras, los médicos. Tienen más de cien personas a las que atender.

Cuando te dan un pijama ya sabes que no volverás a casa tan pronto. Te han abierto una vía en el brazo izquierdo. Estás con 39 grados y hay que empezar a medicarte. En esas primeras horas ves gente mayor llorar, convencida de que no saldrá de esta porque tiene el corazón tocado o sufre de algo crónico. Lloran, hablan por teléfono, se desahogan. Todos están enfermos de lo mismo. Todos contagiados. Casi todos ardiendo. Todos asustados. Alguien te pide que aguantes, van a meter un bastoncillo larguísimo en tu nariz. Es un test de Covid-19. Minutos después de hacértelo escuchas que no sigan. Se han acabado los reactivos, no hay test. No quedan. No hay. Se acabaron los test y esto acaba de empezar.

Pasan horas así. Horas y horas. Como mínimo seis o siete o más. Ni lo sabes. Hasta que, a medianoche, un celador pregunta tu nombre y te dice: "Nos vamos". La cama rueda por pasillos, gira, rueda, gira, subes en ascensor. Planta 3, habitación 303. Ese será tu sitio. Al otro lado de la cortina naranja hay alguien. Le escuchas toser. Respirar. Él está junto a la ventana. Tú pegado al baño.

Estás agotado y ardiendo. La noche es un trasiego de enfermeras tomando tu temperatura, midiendo tu oxígeno en el dedo, tu ritmo cardíaco, tu presión arterial y sacándote sangre. Te arden las manos, la cabeza. Descubres que la pared de tu derecha está más fría que tú. Pegas la frente, el brazo. Algo alivia. Casi la abrazas. Jamás habías abrazado una pared.

Por la mañana te tranquiliza la doctora, joven. A ti y a tu compañero. "Lo normal es que en tres o cuatro días reacciones y puedas volver a casa a recuperar". Sigue la fiebre alta. Muy alta. Siguen los pinchazos y un cóctel de cinco pastillas enormes. Pones cara a tu compañero de habitación. Amable, tranquilo y adicto a los programas de restauración de coches americanos que tú no logras ni mirar. Demasiado revuelto.

No pasan las horas. Te miden cada rato. Aún tienes fuerzas para ir al baño por tu propio pie. Has perdido prácticamente la voz. Los pulmones no acompañan. Pero mandas un mensaje tranquilizador con el recorrido habitual de los enfermos. Te han puesto suero. No comes. La luz de la habitación va cambiando despacio, pero ahí siguen tus 39 grados y el cuerpo molido. La habitación 303 está junto al control y escuchas cada conversación de los sanitarios, a las enfermeras, a los médicos. Durante ese día empiezas a comprender qué registro de oxígeno es normal y qué registro es bajo. Si estás en 98 sin apoyo, estás bien; si rondas 92-91, estás muy justo; y si bajas de 90 deben llevarte a la UCI. Cuando miden a tu compañero siempre pasa de 95 y sin apoyo extra. De hecho le avisan: "Dentro de poco te vas a casa". Tú rondas los 92. Al final, deciden ponerte una goma en la nariz y algo de apoyo para respirar mejor. "Tranquilo, es normal". La goma desanima. Te ves más enfermo. La fiebre no se va.

 Pasan horas así. Horas y horas. Como mínimo seis o siete o más. Ni lo sabes. Hasta que, a medianoche, un celador pregunta tu nombre y te dice: "Nos vamos". La cama rueda por pasillos, gira, rueda, gira, subes en ascensor. Planta 3, habitación 303. Ese será tu sitio. Al otro lado de la cortina naranja hay alguien. Le escuchas toser. Respirar. Él está junto a la ventana. Tú pegado al baño.

Estás agotado y ardiendo. La noche es un trasiego de enfermeras tomando tu temperatura, midiendo tu oxígeno en el dedo, tu ritmo cardíaco, tu presión arterial y sacándote sangre. Te arden las manos, la cabeza. Descubres que la pared de tu derecha está más fría que tú. Pegas la frente, el brazo. Algo alivia. Casi la abrazas. Jamás habías abrazado una pared.

Por la mañana te tranquiliza la doctora, joven. A ti y a tu compañero. "Lo normal es que en tres o cuatro días reaccionéis y podáis volver a casa a recuperar". Sigue la fiebre alta. Muy alta. Siguen los pinchazos y un cóctel de cinco pastillas enormes. Pones cara a tu compañero de habitación. Amable, tranquilo y adicto a los programas de restauración de coches americanos que tú no logras ni mirar. Demasiado revuelto.

No pasan las horas. Te miden cada rato. Aún tienes fuerzas para ir al baño por tu propio pie. Has perdido prácticamente la voz. Los pulmones no acompañan. Pero mandas un mensaje tranquilizador con el recorrido habitual de los enfermos. Te han puesto suero. No comes. La luz de la habitación va cambiando despacio, pero ahí siguen tus 39 grados y el cuerpo molido. La habitación 303 está junto al control y escuchas cada conversación de los sanitarios, a las enfermeras, a los médicos. Durante ese día empiezas a comprender qué registro de oxígeno es normal y qué registro es bajo. Si estás en 98 sin apoyo, estás bien; si rondas 92-91, estás muy justo; y si bajas de 90 deben llevarte a la UCI. Cuando miden a tu compañero siempre pasa de 95 y sin apoyo extra. De hecho le avisan: "Dentro de poco te vas a casa". Tú rondas los 92. Al final, deciden ponerte una goma en la nariz y algo de apoyo para respirar mejor. "Tranquilo, es normal". La goma desanima. Te ves más enfermo. La fiebre no se va.

Entre el hospital y los días previos llevas ya una semana a 39. Siguen los coches americanos en la tele. Motores, carrocerías. Tú ni miras. Viene otra noche. Más pastillas, más pinchazos. No lo sabes, pero estás a 24 horas de caer al vacío. Vuelves a abrazar la pared. Escuchas el control. Se han llevado un paciente a la UCI. No aguantaba. Hay que cambiar el pañal a una señora. Falta material. No quedan batas aislantes. Han llegado órdenes de usar bolsas de basura para que los sanitarios se protejan. Reciclar lo que se pueda. No dan crédito. Bolsas de basura y esparadrapo. El mismo trasiego nocturno.

Es jueves. Algo va mal. Los pulmones. Te cuesta respirar. La doctora pide que te pongan antibióticos y el cóctel de pastillas. Ya casi no puedes pronunciar palabra. Un termómetro-pistola repite que tienes fiebre y que solo baja con antitérmicos. También te suben el oxígeno. Tu vecino, 98 sin ayuda, tú apenas 93. Te hacen la cama. Te cuesta aguantar de pie junto al suero. Te vuelven a sacar sangre. Notas que están preocupados. No reaccionas como esperaban. Quieren informar a tu familia. Empiezas a ser un caso delicado.

Ya te cuesta moverte en la cama. Cada gesto. Pesas como plomo. Hasta tus manos. No ves luz por ningún lado. Deben subirte el oxígeno. Tu compañero de habitación te anima: "Tranquilo". Casi ni quieres informar a los tuyos. Vas cayendo hora a hora. Has ido al baño y has vuelto ahogándote a por oxígeno. A la desesperada. Miedo, mucho. Los controles lo confirman. Y viene otra noche. Te ahogas. Te suben el oxígeno a tope. Al menos la fiebre ha cedido. En control oyes tu nombre varias veces. No duermes casi ni una hora.

 Amanece y necesitas hablar con un médico. Que te explique lo que está pasando. Es viernes. A tu vecino le dan el alta y llega tu turno. "Estás en el límite. Vamos a ponerte máscara de oxígeno, más potencia, no reaccionas como esperamos. Si no mejoras, te llevamos a la UCI". Ya no puedes ir al baño. Ni siquiera te levantas. Más pastillas. Más antibiótico. Cortisona en vena. Empiezas a estar literalmente acojonado. Y aún más cuando compruebas que, efectivamente, algunas enfermeras van con bolsas de basura y esparadrapos. Que están desbordadas, agotadas. Que te vigilan todo lo que pueden. Durante el día no paran de subirte el oxígeno. A mediodía ya está ocupada la cama de al lado. Otro paciente con principio de neumonía y fiebre. No está grave. Empiezas a pensar de todo. De todo. Si volverás a ver a los tuyos, cuándo viste a tus hijos por última vez, cuándo a tu mujer. Si esto acaba así o no. Si habrá más paseos, más mar, más bosques, más música, más amigos, más risas para ti o no. Así de crudo. Tú no puedes, pero han ido informando a casa de tu estado. Y no lo ves, pero tu casa es un mar de lágrimas y estrés. Tu mujer saca fuerzas de donde puede. Tu entorno está temblando de miedo. Ya no funciona la tele, se ha roto el mando.

Cuando cae la noche eres como polvo de yeso. Ni gota de agua en tu cuerpo. Bebes cada 20 segundos. Te estorba la máscara. Necesitas más beber. Pides hablar con un médico de urgencia para decirle que puedes desmayarte en cualquier momento. Te explica que están pendientes. Mucho. Que si bajas de 90, a la UCI. Es hora de dormir y no paras de beber. Tres veces o cuatro por minuto. Te ahoga la máscara. Cuando entran dos enfermeros te ven sin ella. Estas por debajo de 90. "No respiro, necesito beber". "Ni se te ocurra quitártela. ¿Cómo te ves? Si no puedes vamos a la UVI. ¿Aguantas, aguantas? Si no puedes, aviso y nos vamos ya". "No sé. Lo intento. Necesito agua". Me traen una pastilla. La meten debajo de la lengua. Pasan un par de minutos y el cuerpo se relaja un poco. Por algún misterio ya no bebes tanto. Aguantas la máscara. Sube el oxígeno: 91-92. Te duermes, rendido. Entran mil veces a medirte.

Otra mañana. Sábado. La doctora cuenta que están pensando en llevarte a la UCI. Depende de esas horas. Que hay un momento crítico en pacientes como tú y que hay que saber si vas hacia arriba o hacia abajo. Todo está preparado y tienes plaza si hay que intubar. Eso significa que otros no van a tenerla. ¡Qué está pasando! ¿Dónde estamos? ¿En qué país?

Avanza el sábado. Tu nuevo compañero de habitación habla por primera vez. "Creo que hiciste bien aguantando. Me asustaste. Ánimo, chaval". Él va bien. Ya remonta.

Sube tu oxígeno en sangre: 93. No hay fiebre, pero no puedes levantarte. Imposible. La máscara a tope aún: 16 litros de oxígeno. Te animan todos: las enfermeras, las auxiliares, los de limpieza, las doctoras. Todos. Encuentras fuerzas para encender el móvil. Cientos de mensajes. Imposible leerlos. Solo contestas a tu mujer. "Noche horrible. Pero ahora mejor. Con máscara, pero respiro. Sin fiebre. Tranquila. Te quiero. Voy a dormir. Estoy roto". Cuando vuelven los médicos, ves alivio en su cara. Piensan que puedes estar remontando, te han metido algo para ayudar a los pulmones. Quizá antiinflamatorio. No sabes. Más pastillas, más pinchazos, más ánimo desde la otra cama. Sigues sin hablar. Desde control escuchas que hay 150 personas en urgencias, que apenas quedan camas. También oyes algo sobre certificados de defunción. Que todos deben usar a partir de ahora bolsas de basura bien selladas. Hasta que llegue material. Que hay turnos incompletos, que hay bajas entre los sanitarios. Que ellos también están cayendo. Que hay bajas.

Logras descansar el sábado, aunque el pijama está empapado. En tu cuerpo hay una guerra que te come los músculos y te hunde las uñas de las manos. Tienes la piel cuarteada. Siguen los rituales, pero el oxígeno llega a tu sangre: 93. Ritmo cardíaco siempre bajo. Muy bajo. Y venga pastillas.

El domingo eres capaz de devolver los buenos días. Van a quitarte el suero y debes intentar desayunar. Te incorporas. Inestable como una barca. Logras beber y masticar algo, alternando con la máscara. Vuelta a la cama. La doctora dice algo que ni soñaste escuchar: "Creo que lo peor ha pasado. Al fin reaccionas. Empezamos a probar a bajarte oxígeno. Estás en 95". Lloras por dentro y luego por fuera. Ves luz. Y escribes un par de mensajes para ahorrar sufrimiento. El wasap revienta.

Pesan los días enfermo. Cada minuto a solas. Piensas en todo y ahorras cada átomo de energía porque sigues siendo plomo. El control no para. No para. De una habitación a otra, de un paciente a otro. Necesitan camas. Te puede la tentación y miras noticias en el móvil. Desolador. Fuera hay una guerra. Incluso ves algún nombre que ha caído. Te hunde y tienes que apagar.

Cada noche sudas el pijama y el lunes te atreves a ir al baño por tu pie. Eres un muñeco de trapo que se tambalea. Ir y volver, seis metros en total, es un maratón. Necesitas oxígeno. Te desanima. Pero lo has hecho. Al otro lado de la cortina naranja tu segundo compañero recibe buenas noticias. Se va a casa después de comer. Lo cuenta a los suyos, feliz. Tú te quedas. Al menos te confirman que vas mejorando. Van a bajar el oxígeno a 10. Tus registros no son tan malos. "Sigue así". No contestas. Sigues sin voz. Solo un hilo. Te cambias el pijama. El virus te ha comido las piernas, los brazos, el pecho. ¡Qué gusto ir a mear tú solo!

Recuperas el lunes. Comes y cenas cuatro pinchadas. Confirman que no hay fiebre, que aguantas la bajada de oxígeno de la máscara. Cuando cae la noche llega el tercer compañero de habitación. Tampoco parece muy grave, pero está asustado. Le oyes toser y hablar con los suyos. Tiene fiebre.

Una noche más. Llega el martes. Desayunas un poco. Los médicos van a probar a quitarte la máscara, ponerte una goma y bajar más. Siguen confiados y tu tomando pastillas. Te sientas en la cama y aguantas, vas al baño y vuelves. Los niveles ya están lejos del 90. A veces pasas de 95. Hay órdenes en el control. Una señora camino de la UCI. Llamada informando a sus familiares. Oyes a dos enfermeras llorar. Consolarse en voz baja. "Tía, es que ella no va a salir. Ya lo verás". Horas después hay un aplauso en el pasillo. Por lo que creo entender un hombre muy mayor tiene el alta. Se va.

 Te han dicho que cambies de postura. Que te pongas boca abajo todo lo que puedas, o de costado, para liberar tus pulmones. Sigues débil. Muchísimo. También es verdad que te están quitando apoyos y que te sientas y vas al baño sin caerte. Debe estar nublado fuera. Entra poca luz. La doctora escucha los pulmones, mide oxígeno, da orden de bajarlo al mínimo y pide que te muevas algo por la habitación. Estás en 96. "Mañana jueves o el viernes, si sigues evolucionando, quizá puedas ir a casa". Obedeces. Te mueves. Quieres irte y estar más fuerte de lo que estás en realidad. Empujas lo que puedes porque tienes la cabeza destrozada, a pesar de las buenas noticias. Necesitas verte fuera. La caída al vacío te ha agujereado. Lo que has visto y escuchado, también.

Haces más de lo que debes. La última noche, hay una abuela que pide algo cada cuarto de hora. No oye bien y grita. Las enfermeras también. Tu habitación está al lado. Nadie pega ojo. Te da lástima, pero quieres salir de allí. "Vamos a hacer una cosa. Camina y si lo aguantas bien, te damos el alta después de comer. Estás en 96 de oxígeno sin apoyo". Esa es la propuesta de la doctora al día siguiente. Te pruebas. Te haces el fuerte. Te engañas un poco. Es jueves. Ya te asusta pasar un día más allí. Te vuelves a probar. No necesitas oxígeno. Aguantas respirando profundo y moviéndote lento. El corazón se acelera cuando, después de comer, entra la misma doctora, Raquel. Te toma registros, 96 de oxígeno, ni rastro de fiebre desde hace días, buena presión, mejorando ritmo cardíaco. "¿Has caminado?". "Mucho”. "¿Cómo te ves?”. "Muy bien". "Vale, te vas a casa".

Imposible explicar cómo se puede llorar por dentro mientras te cuentan medidas de aislamiento y medicación. Te entregan mascarilla, guantes y una bata verde que va a romperse según te la pongas. Tu doctora se despide. "Estuvimos muy preocupados. Espero que vaya todo bien. Suerte". No encuentras las palabras para agradecer lo que han hecho por ti, por ti, por todos. De hecho no hay palabras para hacerlo. Te tiende la mano con guante. Antes de darte cuenta te han quitado la vía y has mandado un mensaje. "Salgo ya. Me han dado el alta". Te vistes, con titubeos, te despides de tu tercer compañero. Le deseas suerte. Ves al salir el famoso control que solo escuchabas. Cada batalla, las bolsas de basura como uniforme de trabajo, los traslados a la UCI, la fatiga y el miedo por cada rincón. Tapado, te despides. Les llamas héroes, les aplaudes tú. Apenas pueden hacerte caso. No paran de atender pacientes.

Ahí mismo está el ascensor. Bajas tres plantas. Estás en la calle. Desierta. Hace sol. Era cierto, había una guerra... y no ha terminado. Dudas que ese sea tu país. Dudas hasta que sigas ahí. Que sea real. Otros lo han pasado mucho peor que tú. Aún no sabes ni cuántos han caído. Aún no sabes el miedo de llegar a casa. De contagiar a los tuyos. El agotamiento que te espera días y días. Ni imaginas la furia que te cabe dentro cuando mejoras algo. Furia contra los de ahora y los de antes. Furia cuando logras verles en las noticias. Cómo escupen palabras, cómo vuelan las balas desde sus trincheras. La vergüenza ajena. Ni imaginas. Solo quieres llegar a casa y no retroceder ni un palmo. Dormir.

 

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