De Klerk, el afrikáner que liberó a Mandela y dio fin al apartheid

De Klerk falleció la mañana del jueves en su hogar del suburbio de Fresnaye, en Ciudad del Cabo (suroeste), a consecuencia de un mesotelioma, un tipo de cáncer.
viernes, 12 de noviembre de 2021 · 05:00

EFE /  Johannesburgo

El expresidente sudafricano y Nobel de la Paz Frederik Willem de Klerk, el líder que propició el fin del sistema racista del apartheid y puso en libertad a su más icónico enemigo, Nelson Mandela, falleció ayer a los 85 años, dejando tras sí un legado complejo pero crucial en la historia de Sudáfrica.

De Klerk falleció la  mañana del jueves en su hogar del suburbio de Fresnaye, en Ciudad del Cabo (suroeste), a consecuencia de un mesotelioma –un tipo de cáncer que afecta el tejido que recubre los pulmones– que se le había diagnosticado.

El que fuera el último presidente blanco de Sudáfrica será especialmente recordado por su discurso del 2 de febrero de 1990, con el que desencadenó la transición del país desde uno de los regímenes más brutales y racistas de la historia contemporánea a una democracia multirracial.

“Nuestro país y su gente han estado enredados en conflictos, tensiones y luchas violentas durante décadas. Es tiempo de que salgamos del ciclo de violencia y nos abramos camino hacia la paz y la reconciliación. La mayoría silenciosa lo ansía”, afirmó De Klerk aquel día.

Hijo de político

Nacido en Johannesburgo en 1936, en el seno de una familia afrikáner, era hijo del senador y ministro en varias ocasiones Jan de Klerk.

Estudió derecho y en 1972 fue elegido diputado por el Partido Nacional, la formación que defendía los intereses de la comunidad afrikáner en Sudáfrica y había ido construyendo el apartheid desde 1948.

En las décadas siguientes, De Klerk ocupó carteras ministeriales, pero fue en 1989 cuando su liderazgo dentro del partido se consolidó, al imponerse sobre la fórmula de continuidad que el entonces presidente, Pieter Willem Botha (férreo defensor del apartheid), quería para oficialismo.

Un “enigma”

Unos meses después de su elección como líder del Partido Nacional, Botha dimitió y ello aupó a De Klerk a la presidencia sudafricana.

Para los líderes anti-apartheid –como el propio Mandela, que le describía como un “enigma”– nada hacía pensar entonces que en aquel hombre pragmático y de partido iba a estar la llave de las reformas.

“Los dirigentes del Partido Nacional normalmente oían sólo lo que deseaban oír en sus conversaciones con los líderes negros, pero el señor De Klerk parecía estar haciendo verdaderos esfuerzos por comprender lo que le decían”, explicó Mandela sobre su primera reunión con De Klerk, en diciembre de 1989, cuando aún estaba encarcelado.

El Gobierno de De Klerk se consolidó en las elecciones generales de septiembre de ese año y, con ello, la legitimidad para iniciar las transformaciones que Sudáfrica, ahogada económicamente y aislada internacionalmente por sus políticas racistas, precisaba con urgencia.

Así llegó el líder afrikáner al Parlamento aquel 2 de febrero de 1990 y pronunció el discurso que cambió para siempre el destino de Sudáfrica, si bien el país aún debate si aquel alejamiento del apartheid fue resultado de una buena voluntad auténtica de De Klerk o porque no le quedaban alternativas.

De entre las medidas anunciadas aquel día, la más destacada fue la liberación inmediata de los presos políticos y la legalización de los movimientos de lucha contra la opresión de la minoría blanca, incluido el Congreso Nacional Africano (CNA) de Mandela.

“El Gobierno ha tomado la firme decisión de liberar al señor Mandela sin condiciones”, anunció el presidente, comunicando una noticia muy esperada en todo el mundo y, seguramente, la más simbólica del principio del fin del apartheid.

No todo, sin embargo, sería sencillo. A aquel discurso le siguieron cuatro años de complejas negociaciones bajo la constante amenaza de que  en Sudáfrica acabara estallando una guerra civil.

El Nobel junto a Mandela

Los esfuerzos de De Klerk le granjearían reconocimientos como el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional (1992) de España o el Premio Nobel de la Paz (1993), ambos compartidos con Mandela, su simbólica contraparte en la complicada transición.

“Por su trabajo por un fin pacífico del régimen del apartheid y por sentar los cimientos para una nueva Sudáfrica democrática”, destacó el Comité Nobel Noruego sobre ambos.

En 1994, Sudáfrica celebraría finalmente sus primeras elecciones democráticas y multirraciales, con victoria aplastante del CNA de Nelson Mandela (62,65%).

De Klerk, segundo con un 27,81% de los votos, pasaría a ser vicepresidente de Mandela dentro de un Gobierno de unidad, tal y como se había acordado previamente.

De ese cargo, que ejerció no sin fuertes tensiones con el célebre primer presidente negro de Sudáfrica, se retiró en 1996 y, poco después, cuestionado también dentro de su propio partido, dejó la política (1997).

En 2000, creó la fundación que lleva su nombre para impulsar su trabajo por la paz y la defensa de su legado.

Sus opiniones, sin embargo, no dejaron de crear polémicas ocasionales en la Sudáfrica democrática, por ejemplo, en forma de comentarios públicos justificando los principios segregacionistas del apartheid o por su frontal oposición a las políticas del CNA, que ya nunca perdió el poder desde 1994.

El pasado marzo, en coincidencia con su 85º cumpleaños, la Fundación De Klerk había anunciado que el exmandatario padecía el agresivo cáncer que finalmente acabó con su vida.

Reacciones

En un video póstumo, dado a conocer por su fundación, dijo: “Presento mis excusas, sin ninguna reserva, por el dolor, el sufrimiento, la indignidad y daños que el apartheid infligió a los negros, mulatos e indios en Sudáfrica”.

“El legado de De Klerk es importante, pero asimismo desigual, algo que los sudafricanos están llamados a tener en cuenta en este momento”, indicó este jueves con sutileza en un comunicado la Fundación Mandela.

Por su parte, el reverendo Desmond Tutu, ícono de la lucha contra el apartheid, hizo hincapié en la “voluntad de actuar” de De Klerk, pero también lamentó que nunca ofreció una disculpa por completo por los crímenes del régimen racista.

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