MEMORIA

Cicatrices de Octubre negro

Cada cicatriz tiene su historia y al revés: cada historia tiene sus cicatrices. La revuelta de Octubre de 2003 en El Alto es ambas cosas. Es una marca en la historia política reciente del país y es también una huella indeleble más allá de la piel de muchos cuerpos. Quince años han pasado. Raimundo entraña su cicatriz.
domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:14

Luis Raimundo Quispe Flores

Los muertos

El mes de octubre significa para mi ciudad, El Alto, dos cosas: un poco de calor y la cercanía de la fiesta de los muertos. Pero el año 2003 las cosas cambiaron: el calor de la primavera no sería el del sol o el de los hornos de pan, sino el de la sangre. La fiesta no sería la de los muertos, sino la muerte misma.

En los primeros días de octubre, lo que ocupaba la mayor parte de mis pensamientos era la cercanía de la fiesta de Todos Santos, ya que durante cinco o seis días, antes del 2 de noviembre, mi casa y el horno donde trabajaba se llenaba de vecinos que traían sus harinas para que las convirtiéramos en panes, galletas, tantawawas. Pensaba en lo duro que sería el trabajo en esos días y pensaba también en cómo ese trabajo se haría más llevadero, pues el horno se convertía en el lugar de encuentro de los vecinos, un salón de fiesta incluso cuando los vecinos compartían vasos de cerveza con nosotros para que nos ch’alláramos por fuera y por dentro y así sacáramos buenas tantatawawas. Pensaba en esas cosas sin imaginar lo que se avecinaba.

Sucedieron los primeros enfrentamientos entre militares y la población civil. Yo me había informado acerca de los muertos y del paro general pero no le había dado demasiada importancia porque pensaba que se trataba de otro conflicto más, otro de aquellos que escuchaba desde niño, que duraban cierto tiempo, que sucedían lejos y que siempre se solucionaba después de algunos muertos. Los muertos (esos que siempre caían lejos) eran la señal de que las cosas acabarían pronto. Los muertos, esos que caían en lugares lejanos como Achacachi, el Chapare, o abajo, esta vez cayeron cerca de mí y de los habitantes de esta ciudad, cayeron delante de nosotros y esos muertos eran nuestros. Eso cambió todo. Esos muertos cambiaron todo… De la piel quemada por las balas salió la sangre que se derramó sobre nuestras polvorientas calles y avenidas, sangre caliente que calentó nuestra sangre.

Yo tenía 20 años entonces, lo recuerdo. Recuerdo que ya no pensaba en la fiesta de los muertos sino en los muertos. Recuerdo la impotencia que sentí la tarde y la noche del domingo 12, ese día en que a unas cuadras de mi casa cayeron los muertos. Quería salir, correr, hacer algo, pero no podía; mi padre me dijo que trabajaríamos, que sería el último día. Mis ganas de salir se debía a que los muertos caían cerca de la planta de gas donde yo tenía a varias de mis caseras, personas a las que conocía, a las que luego de venderles el pan les conversaba por un buen rato, personas que eran parte de mi vida, que compartían conmigo ese suelo polvoriento del cual éramos parte también.

Sangre que llama a la sangre

El lunes 13 pude ver de cerca la sangre derramarse, sangre mía y prójima que se convertían en una sola. A las ocho de la mañana, luego de repartir los últimos panes, salí de mi casa dispuesto a caminar hasta la Ceja para integrarme a la marcha que se había convocado. No había cansancio en mí, pues me movilizaba igual que lo hicieron los vecinos que estaban más allá de mi barrio. Nuestra sangre se movía por el llamado de la otra, la derramada. El poder de aquel llamado lo pude ver primero cuando llegué al cruce Viacha y vi cómo los dos torrentes humanos que venían por la avenida 6 de Marzo y camino a Viacha se juntaban para formar una sola riada. Esa escena quedó chica comparada con la que vi en la plaza San Francisco un poco más tarde.

FOTOS JUAN Y JAVIER MAMANI / APG

Mientras ayudaba a algunos desconocidos a arrancar las losetas del suelo para hacer barricadas, escuché un griterío que venía de todas partes, levanté la cabeza y pude ver cómo por todas las calles que daban a la Plaza de San Francisco ingresaban oleadas y oleadas humanas. Fue entonces donde comenzó el tira y afloja entre la muchedumbre y la Policía: ellos lanzaban gases y nosotros retrocedíamos, pero, dispersado el humo, volvíamos a ganar terreno. En ese juego con la Policía fue que cometí la imprudencia que dejó las marcas en mi piel.

Yo había estado un par de años antes en la Policía Militar cumpliendo con mi servicio militar, donde me habían habituado al gas lacrimógeno al punto de que lo usaba como sustituto de la llajua. Confiado por mi adiestramiento, decidí no abandonar la plaza. Cuando los policías lanzaron los gases, me puse boca abajo y esperé a que el humo subiera para ser uno de los primeros en volver a la plaza, pero no conté con que, antes de que el humo subiera, un grupo de avanzada policial entraría en la plaza. Me dispararon a tan corta distancia que todos los balines del cartucho acabaron en la parte posterior de mi muslo izquierdo. No fue tan doloroso ni tan grave como podía pensarse, me lo habían explicado en la instrucción: los balines de goma no eran armas letales, lesionaban la piel solamente a corta distancia. Es más, el calor de los mismos balines cauterizaba en parte las heridas y su fin era simplemente “sacar del juego a los más revoltosos”. El impacto lo sentí como una patada caliente. Cuando examiné mis heridas comprobé que sangraban un poco. Decidí irme sin buscar que me atendieran. Hubo heridos más graves que yo. En el camino, de subida a la Ceja, tomé varios descansos. Escuché, recuerdo, cosas como “No te preocupes, hermanito, es por algo que luchamos”. Al llegar al límite entre las dos ciudades contemplé unos minutos la hoyada con satisfacción por haber dado mi pequeña cuota de sangre e impotencia por no poder volver al día siguiente.

Casi a las seis de la tarde llegué a casa. Mi familia me recibió escandalizada y mientras lavaban y vendaban mis heridas me decían cosas que me daban a entender que no sabían si sentirse orgullosos o enojados por mi imprudente osadía. No sé lo que pensaban, pero lo cierto es que al día siguiente todos se fueron hacia la avenida 6 de Marzo donde, junto a otros vecinos, cavaron y cavaron hasta levantar del suelo las rieles del tren que cruzaban esa vía.

Necrosis

Unos días después de que la sangre dejó de correr en El Alto, el Presidente huyó del país. Había que comenzar a curar las heridas.

El 17 de octubre, después de quitarme las vendas, pude ver mis heridas. Cuatro de ellas sanaban muy bien pero la más grande y profunda no, la piel a su alrededor dolía al tocarla. Viendo aquello decidí esperar unos días más, creí que por su tamaño tardaría en sanar más que las otras. Los días pasaron pero la herida no mejoraba, la piel se hinchó y endureció. Al ver aquello, mi padre me mandó al médico con 50 bolivianos para que me inyectara penicilina. Pocos días después la herida mejoró un poco pero sólo por unos días. Volví donde el médico que intrigado abrió la herida por completo para ver lo que sucedía: resultó que dos de los perdigones de goma seguían en mi muslo. Había que cortar parte de la piel pues se había necrosado y así lo hizo unos días después.

A veces, cuando veo lo que queda de mi herida, pienso en la memoria de mi ciudad. Esa herida aún no ha cicatrizado por completo. Ha sufrido un mal tratamiento. Claro que se la recuerda pero se lo hace de mala manera. Esa herida es manipulada por el discurso y los intereses de quienes no la vivieron o, peor aún, de quienes viviéndola usufructúan con ella.

“La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”, dice Paul Valéry. En este caso, los que disparaban y los que caían probablemente se conocían.

El Alto, por esto, es más que la “Guerra del Gas”. Mucho más.

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