CRONIQUITA

La marea verde

En cada mano, en cada cuerpo, en cada ventana y en cada balcón de la Avenida de Mayo, en Buenos Aires, hay un pañuelo verde como símbolo de la lucha feminista por el derecho al aborto legal y seguro. Esa marea verde llegó a varios rincones de América Latina para mostrar que en esa lucha están las mujeres hace rato. En Bolivia hace poco se ahogó la posibilidad de ampliar las causales para el aborto legal. Pero igual que en Argentina, la lucha continúa.
domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:11

Martín Gutiérrez Buenos Aires, Argentina

Llegar a Buenos Aires es un placer en sí mismo. Las amplias autopistas camino a Capital Federal te permiten ver una ciudad que despierta y se prepara para comenzar el día a pleno. Son las 4:30 de la mañana después de un vuelo de más de diez horas y pensar en un café con medialunas me cambia el estado de ánimo y disimula mis ojeras. Conversar con los taxistas es una experiencia única en esta ciudad, en plena madrugada. La charla se inicia con los problemas políticos, el fútbol y la terrible crisis económica que vive el país, pasando por el tipo de cambio del día y termina con el chisme sobre la pelea entre dos actores.

Luego del desayuno camino a una reunión pactada a primera hora. Me toca transitar por la Avenida de Mayo hacia el Congreso. Me sorprende la cantidad de pañuelos verdes y telas del mismo color colgadas y amarradas en los balcones de la mayoría de los edificios en esta avenida. Presto más atención y puedo apreciar que no sólo están en los balcones y fachadas de oficinas y comercios, sino también en las mochilas, en los cuellos y muñecas de miles de jóvenes que transitan todos los días por la capital argentina.

Estos pañuelos son testigos del movimiento más grande de mujeres en busca del reconocimiento de sus derechos en los últimos 25 años en Argentina.

Hace poco se cumplió un mes desde que el Senado argentino rechazó el proyecto de ley que legalizaba el aborto considerando las primeras 14 semanas de gestación. Nunca se estuvo tan cerca. El movimiento social, en especial de mujeres, en las calles y en las redes sociales, fue abrumador. Miles, cientos de miles de personas manifestaron su apoyo al aborto legal, seguro y gratuito. Sin embargo, la cámara de senadores rechazó la media sanción conseguida en diputados, y aquel proyecto de ley tendrá que esperar hasta el próximo año.

Más allá del rechazo formal en el Senado, el cambio se gestó en Argentina. La movilización popular histórica dejó huellas en la calle, en los trabajos, en el debate en los almuerzos y en los cafés. No hay que ser experto en el tema para identificar que es un debate profundo que divide a la población entre el dogma y la evidencia científica; al final, siempre los constructos sociales ligados a las iglesias terminan afectando los derechos de las personas y las discusiones de sobremesa.

Estamos hablando de equidad de género, de que exista igualdad de derechos entre hombres y mujeres, ni más ni menos. No existe igualdad sin la capacidad de una mujer de decidir si quiere o no tener hijos, y eso significa contar con el acceso pleno a servicios de salud sexual y reproductiva, incluida la atención del aborto. No cabe duda de que sólo así las mujeres podrán ser ciudadanas plenas con garantía de igualdad, desarrollo y democracia. Esta es una premisa en Argentina y en cualquier parte del mundo.

Aquí estoy, sorprendido por estos pañuelos verdes, pensando además cómo Buenos Aires me cobijó por varios años mientras estudiaba, así que estar aquí es también grato motivo para juntarse con los amigos y amigas de siempre. De modo que me voy a tomar un café con un par de amigas; este lugar histórico es uno de mis favoritos en plena avenida Corrientes y me permite disfrutar de uno de los mejores tostados de jamón y queso. Ambas tienen el pañuelo verde amarrado en la muñeca. Dejan sus bolsos en la silla del frente y piden dos cortados. No nos vemos hace tiempo, conversamos para ponernos al día y nos contamos todo lo que pasó en los últimos meses. Ellas me dicen que vivieron una verdadera locura.

Durante el último tiempo el tema del aborto fue cotidiano y continúa como asunto de análisis y discusión constante. Es una de las primeras veces que ven y se sienten involucradas junto con otras amigas en un tema social y político. Hablamos sobre las y los senadores y diputados, aquellos mayores de 50 años que según ellas no las representan y que deberían dar un paso al costado. Dinosaurios que sueltan frases indignantes durante los debates, que ofrecen monólogos tristemente célebres llenos de odio, mentiras y machismo, mucho machismo rodeado de dogma.

Estoy convencido de que la discusión sobre el aborto trae consigo un logro conexo. Los jóvenes se dan cuenta de que sin participar activamente, sólo eligiendo a sus representantes, la situación actual no va a cambiar. Sienten que deben involucrarse.

Ambas amigas relatan entusiasmadas los hechos del 7 de agosto pasado, el día anterior a la votación en el Senado. Fue un día lluvioso, frío y húmedo en Buenos Aires, dicen; un día histórico no sólo por la cantidad de mujeres y jóvenes sino también por sus características: se logró despenalizar el aborto socialmente. Y esa fue una conquista ascendente en la lucha de las mujeres en toda la región.

Por temas de seguridad, cuentan, aquel día la Plaza de los Dos Congresos se dividió en dos para evitar que las posiciones se encuentren y se generen disputas. Era la grieta argentina en su máxima expresión. Los grupos antiderechos por un lado y la marea verde en el otro. Miles de mujeres de todas las edades y familias enteras combatiendo el frío con sus pañuelos verdes, demostrando que hoy se debe hablar y legislar con hechos, con evidencia: el aborto clandestino es el reflejo de una sociedad discriminadora e inequitativa. En la práctica, la criminalización del aborto lleva a que las mujeres con menos recursos continúen con un embarazo –mayoritariamente no deseado–, con un acceso limitado o nulo a servicios de salud, y que resultan ser esas mismas mujeres quienes son víctimas de violencia, pobreza y desigualdad.

Todo esto me cuentan ellas con gran entusiasmo, y al terminar nuestra charla me regalan un pañuelo verde. Me dicen que lo guarde como un recuerdo porque cuando la ley salga se lo podré mostrar a mi hijo como un verdadero trofeo.

Termino el día y mi visita a Buenos Aires caminando por la misma avenida, ahora en sentido contrario, comenzando por la Plaza de los Dos Congresos. Vuelvo a ver los miles de pañuelos colgados en los edificios y encuentro varios más en las ventanas de algunos departamentos, pero sobre todo veo muchos más caminando conmigo listos para emprender la misma lucha en toda América Latina.

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