DANZA

La coraza imputada, por los siglos de los siglos

A propósito de Manada, de Martín Ithamoussú
domingo, 7 de octubre de 2018 · 00:12

Camila Rocha Scardino

Ver un cuerpo masculino que se deconstruye para sumergirse en el agua y al hacerlo te lleva consigo hasta lo profundo; no respiras, no necesitas hacerlo, sabes que es un lugar que conoces, una especie de antigua guarida; volver a casa, o quizá al menos salir de toda dualidad un instante.

¿Qué hace tan extraordinario mirar danzar a un hombre?

“La masculinidad está en crisis”, de Anthony Clare ha provocado la escritura sobre el tema por todas partes. Las mujeres han ocupado los espacios laborales y cotidianos (antes exclusivos para ellos), y desde entonces el hombre divaga sin saber con claridad su rol y la utilidad que presta en el hogar, la pareja o el trabajo. Complejo definir roles o hablar de género hoy, pero veamos a dónde nos lleva Manada, de Martín Ithamoussú, que se presentó en el Festival Internacional de Danza Contemporánea de la Fundación Patiño, en Cochabamba.

Martín titula su obra Manada para denunciar el exceso al que puede llegar un hombre por probar su hombría al propio clan masculino. Así se hizo llamar un grupo de violadores en Pamplona en 2016, cuando abusaron a una joven de 19 años e hicieron una apología de su hombría a través de un vídeo que circuló en redes. Nombrar así la obra no pasa por justificar la violencia sino al contrario, sirve como marco (terrible) en el que Martín nos invita a ver una Manada que se desnuda a través de la danza; cuerpos que hablan de la dureza que implica pertenecer a este clan en las sociedades latinoamericanas; historias personales que exponen la imposición de la violencia, la competencia, la resistencia, la coraza imputada como uniforme; cuerpos que se contorsionan para expresar el dolor ancestral de lo masculino; hablar de la imposibilidad de dejar de ser parte y ser señalado al no cumplir a cabalidad con lo que implica calzar ese “molde”.

Qué intensidad implica transitar junto a ellos y sus cuerpos el camino recorrido de los hombres, por los siglos de los siglos…

La delicada dramaturgia está a cargo de Gabriel Calderón (otro maestro), y poco a poco nos lleva al verdadero punto al que mirar: cuerpos que –a través del juego de sus voces en solos y coros, de la bella cama sonora que los acompaña, y de la danza que se desborda en saltos y caídas al suelo como si estos hombres desearan hundirse en él o como si tuviesen que disfrutar la única posibilidad de caricia, la de la dura superficie del piso sobre su piel– se desnudan y se descubren sensibles a sí mismos. ¡Tan simple como eso y tan rotunda la grieta que nos abre a sentir su dolor! ¿Acaso no juzgamos simplemente eso en los hombres? Con diferentes escapes, en el fondo ¿no es sólo eso? La sensibilidad. Mirar a un hombre frágil, dócil, perfectamente vulnerable.

A continuación, en la obra, una inmensa necesidad de fuga del clan los habita y nos invita a la huida. Se suma la presencia esperanzadora de un pequeño hombrecito en escena: un niño al que le espera recorrer ese camino, o quizá –con mucha suerte–, uno menos agresivo (ojalá). La obra deja ver un legado cruel sobre lo masculino. Difícil evadir la sensación de su dolor adhiriéndose a nuestra propia piel.

Si las mujeres hemos tomado espacios y funciones que antes sólo les pertenecían a ellos, y eso genera una crisis, pues démosle el atributo etimológico que merece la palabra y veamos hacia dónde se puede crecer con todo esto: que un hombre asuma y fortalezca su lado sensible es un gran paso, pero aún insuficiente. Que las mujeres (y también otros hombres) consigamos otorgarles el permiso de ser sensibles sin juzgarlos ni exigirles la dureza de siempre, quizá abriría una puerta. Que la asimetría entre mujeres y hombres al calzar los “moldes” de prototipos macho y hembra se convierta en algo “natural”, ya podría darle alguna luz al camino detrás de esa puerta para zafar del fango de ideas arcaicas en las que aún nos embarramos día a día.

En la danza, el lenguaje del cuerpo invita a que la libertad prime. El goce, que según Lacan no distingue entre el bien o el mal ni cualquier otra dualidad, ayuda a simplemente habitar el movimiento desde las vísceras, la sangre y cada poro de la piel. Tal vez el límite en la danza no pasa por la diferencia de sexos; cuerpos de hombre o mujer gozan del mismo modo al danzar. Pareciera que esa dualidad aquí desaparece. Pero para nuestra cotidiana percepción dual, ver a un hombre en ese estado de libertad hacia su sensibilidad nos conmueve, porque la libertad estará siempre instalada como anhelo implacable en nuestra psiquis, sin distinción alguna ni de sexo ni de nada.

Quizá un hombre que danza abre desde su cuerpo la posibilidad de dejar de ser sólo hombre para poder ser y punto; pero aún no sabría responder del todo qué hace tan fascinante mirar a un hombre bailar en el escenario. Lo que sí espero es no olvidar la inmersión junto a esta Manada de bailarines uruguayos; no olvidar a tantos hombres que luchan por ejercer su sensibilidad con libertad, y así salir cuanto antes del eterno retorno a las ideas rancias que habitan en los siglos de los siglos…

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