MÚSICA

Serrat no está para esperar

“Existen tres clases de personas: los muertos, los vivos y los que van por el mar”.
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 00:14

Claudia Daza  Buenos Aires

¿Qué va a ser de mí lejos de casa? pensé como una nena, abordando el avión rumbo a Buenos Aires. Nueva aventura para quien de un país mediterráneo se marcha con alma de Ulises al país que acogió durante muchas veladas a un hijo del mar, uno de sus favoritos. Avenida Corrientes, el puerto, Joan Manuel Serrat sonriente, el marinero, Mediterráneo Da Capo, el destino principal. 

“Transcurrido casi medio siglo, Serrat regresa al Mediterráneo que nunca abandonó. En tiempos de visados, fronteras y alambradas, el artista ha tenido la feliz ocurrencia de considerar que, además de ciudadano del mundo, de catalán, español y europeo, lo es sobre todo de su mar de cada día, de esa patria líquida que une, más que separa, continentes, tradiciones, creencias, colores de piel e incluso hombres y mujeres que nadan en sus playas, navegan en sus yates y naufragan en sus pateras”. Con esa frase de programa de mano me recibe el Gran Rex. Mi corazón quiere salirse, parezco changuita en primera cita, estoy sola ahí, al lado de un señor canoso y una mujer forastera como yo. Mientras espero, sólo vienen recuerdos y un júbilo inexplicable. 

Aquellas pequeñas cosas

Son las 9 de la noche. Es el mismo año en que Bolivia clasifica al mundial. Vivo en San Pedro, al lado del Coliseo Cerrado, salgo con mi uniforme de educación física a la terraza, el cielo está estrellado, o por lo menos así lo recuerdo. De fondo, el sonido de un concierto. El catalán que había visto en la tele hace unas semanas, ovacionado por el monstruo de la Quinta Vergara, había llegado a Bolivia. Es importante, dice Sergio Calero en un especial de su programa musical y lo corroboran en el clásico De Cerca, de Carlos Mesa. Me hubiera gustado estar ahí adentro, me quedo mirando el cielo estrellado y escuchando todas esas canciones que me seducen al tiro por su poesía.

Después llega una frase fundamental en la dedicatoria de un libro regalado: “No hay nada más bello/ Que lo que nunca he tenido/ Nada más amado que lo que perdí”. Listo. Para qué la vida. Me evangeliza en el amor. Me vuelvo fan de Lucía y de Aquellas Pequeñas Cosas. Serrat entra a mi casa con salto mortal, convertido en   casete, ofrendando canciones que había que seguir escuchando, porque te enseñan desde rebeldía y hasta una suerte de cristianismo que te hace querer, no al Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar. 

Vagabundear

Son las 9 de la noche. Boca y River son tema de conversación en todos los cafés tradicionales de la ciudad. Pero hay algunos que vamos detrás de una nube para serle fiel. No nos sentimos extranjeros y sabemos que el Nano favorito también nos espera en nuestro hogar. Se alza  el ancla y comienza el concierto. No sé si mandar un audio por WhatsApp, si sacar fotos o filmar, atino a llorar. Todos gritamos, aplaudimos como si ya hubiera terminado el concierto. Ya no estoy en mi terraza de casa demolida, ya no estoy con mi uniforme de educación física, yo tampoco estoy joven, el tiempo ha sido franco con todos.  

De una nos sube a su patera, nos lanza a su mar como para salvarnos, y repasa aquellas diez canciones del álbum considerado como el tercer mejor disco en las lista de los 100 discos españoles del siglo XX. Comienza con aquella canción que debía llamarse Amo el mar o  Hijo del Mediterráneo y cantamos como si fuera himno nacional; nuestro país es uno solo y se llama mundo. Nos transporta a 1971. 

Mediterráneo Da Capo

Son las 9:10 o 9:20, qué importa ya. Llueve por Corrientes. Sigo llorando. Para qué transmitir en vivo un concierto que ya debe estar bellamente filmado. Pero mi alma de guardacositas no puede evitar ese dedo acostumbrada al rec. Aún así, no grabo las canciones, no, sino todas las cosas que nos dijo en sus descansos. En su segunda intervención me doy cuenta que estoy asistiendo a una cátedra de vida y de cultura. Quiero tomar apuntes, quiero subir a hacerle preguntas.

Nos invita al repaso y recorre nostálgico esa obra que este año cumple 47 años. “Yo también pienso que hubiera sido más correcto celebrar los 50 años del disco, hubiera sido políticamente correcto esperar a los 50”, nos dice abrazado a su guitarra. –Venite a los 50– le grita un hombre desde atrás. “Confieso que no estoy para esperar… porque la fragilidad de la vida… me hacer pecar y hay que celebrarlo todo. Recomiendo como amigo que si tienen algo que celebrar, no esperen”. El Gran Rex retumba de la emoción y ríe, y llora, y se para de vez en cuando después de alguna canción leyenda. 

Nos pregunta qué va a ser de nosotros lejos de casa, nos hace vagabundear y nos hace el verbo amar. La escenografía proyecta un barquito de papel y olas constantes de cualquier mar; entonces nos canta sobre su Pueblo blanco. Es Todos Santos; qué manera más elegante de reclamar que aún los muertos están en cautiverio y que no nos dejan salir del cementerio. Ahí el griterío es diferente, hay dolor en los aplausos, porque todos cargamos esos muertos que la memoria jamás borrará. Baila el vals con Tío Alberto, lo recuerda discutiendo sobre política y amor.  Canta Lucía  y dejo de sentir, alcanzo el estado alfa. 

Nos dice casi bromeando que sus conciertos son como una pincelada cultural, reímos, y dejamos que nos suba a la montura del manchego más famoso que Iniesta y Almodóvar. Todos somos unos caballeros derrotados junto a don Alonso Quijano. Nos lanza Aquellas pequeñas cosas. Momento solemne después de corear Mediterráneo nuevamente, y esta vez duele más. Termina de revisar el disco pero no deja de evocar a los océanos en sus otras canciones. 

Canta en catalán y nos manda a caminar como todo caminante que sabe que no hay camino, que se hace camino al andar. Ahí ya todos nos paramos, como las ménades. El señor canoso de mi lado se molesta, debe ser ese tipo de melómano que quiere escuchar en silencio. Es inevitable, varias generaciones no pueden dejar de lado la euforia del sentimiento por Machado, por Hernández, en modo recatado, y menos las mujeres a quienes nos explica su profunda admiración. Nos dice que les ha hecho canciones a las princesas y a las campesinas, a su tía y a sus sobrinas solteras, a las Lucías y Penélopes, a la mujer que quiso y quien lo ha iluminado de recuerdos, pero también repara: “Soy una persona convencida de que nadie puede vivir del recuerdo, o morir de amor… aunque muchas mujeres hoy mueren de amores malos”. Por supuesto, otra vez el revuelo. 

Pero sí, nos reordenamos cuando el artista nos habla sobre su mar. A grabar: “Si paséaramos por el fondo encontraríamos el resto de las batallas, de los naufragios oxidados que no indican ya ruta alguna. También encontraríamos mucho plástico, esas montañas de plástico que ha ido acumulando el hombre. Mucho tendrá el hombre que pelearle al hombre para limpiar estos mares. También encontraremos restos de alguna patera que nunca llegó a su destino. Ese mar al que en mi niñez le hice castillos de arena, estas aguas de infancia, hoy no son otra cosa que un sarcófago de miles de hombres y mujeres que han depositado lo último que tenían”. 

Si estoy aquí es para acordarme de eso, pienso. Porque hay discos que de cuando en cuando hay que volverlos a escuchar, mirando a las estrellas como lo hice hace 25 años o viajando a Ítaca como lo hice hoy. Ya no está tan chaval pero es el mejor de nuestros nanos y habrá que escucharlo siempre. Si Joan Manuel se apresura en esta celebración, no es solamente para iluminarnos de recuerdos sino también porque los tiempos así lo exigen. Y Serrat no está para esperar.
 

 

 

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