CINE

Si el río suena...

Será porque Juan Pablo Richter estrena su primer largometraje el próximo 2 de agosto en salas de todo el país. ¿Y si intentas nadar?
domingo, 29 de julio de 2018 · 00:05

 Isabel Navia

Los seguidores del cine boliviano cruzamos los dedos cada vez que nos enteramos que una nueva película nacional va a ser estrenada. No es para menos. Con todo el esfuerzo que significa hacerla y la expectativa que se crea en un público ávido de verse en la pantalla grande, hay que admitir que han sido más las decepciones que las alegrías. Sin embargo, en los últimos años ha habido gratas sorpresas, sobre todo de nuevos realizadores que reflejan nuestras historias con una mirada fresca, apelando a más ángulos de la ficción, con sentido del humor y exponiendo sus cuestionamientos con buen sentido estético y formal. En general, el guión y la dirección de actores siguen siendo nuestras mayores flaquezas a la hora de plantear un rodaje. Muchas buenas historias se diluyen en textos sin eje narrativo claramente sustentado y sin un trabajo incisivo en la dirección actoral.

En breve se estrena El Río, ópera prima de Juan Pablo Richter (36 años, beniano, con licenciaturas en cine y en comunicación social, ganador del Premio Municipal Amalia de Gallardo en 2005 y 2008, además de otros galardones internacionales. Codirigió Casting, en 2010, junto a Denisse Arancibia). En febrero de este año, El Río se estrenó en la XXXV edición del Festival de Cine de Miami, junto a otros 147 filmes de 50 países, siendo la única cinta boliviana del certamen.

El primer fotograma produce buena impresión. Un primer plano posterior que marca la línea visual para buena parte de la película, como para que el acto de mirar a los personajes desde ese ángulo nos incite a tratar de ver en su interior o adivinar lo que ocultan detrás de sus palabras y sus silencios. 

El río (Mamoré) es casi un personaje más, retratado por un beniano que, evidentemente, aún tiene mucho que mostrar. Su ópera prima es un relato de las relaciones de esa sociedad boliviana distante de las ciudades con avenidas, teleféricos y cafés con terraza. Un pueblo chico, un empresario maderero de escasos escrúpulos, el adolescente que busca al padre ausente y la presencia constante del machismo que persiste en seguir usando mujeres, muchachas y niñas como objetos. La historia es tan actual como lo fue hace 40 o 70 años, así que vale y mucho.

Richter opta por los planos largos, casi estáticos, casi fotos, en los que sólo parecen moverse los sonidos del agua, aves e insectos. Esos sonidos que saturan la selva de día y de noche. La banda sonora es casi inexistente, no se la necesita, la naturaleza ha colaborado con su propia música. Las locaciones son espléndidas. Es meritoria la decisión de elegir un pueblo del oriente como escenario para una película boliviana, salir de las ciudades y producir, con buen resultado, en un ambiente de por sí difícil por las altas temperaturas y su pegajosa humedad.

Juan Pablo Richter en rodaje

Para algunos quizá resulte algo lenta, pero eso que podría interpretarse como un defecto, en este caso es un recurso narrativo que se corresponde con el clima agobiante del lugar y con ese sopor que parece detener el tiempo. El ritmo de la historia es el mismo de las circunstancias.

Salvo algunos momentos de una cámara al hombro algo movida y unos instantes de  poco convincentes actuaciones, es evidente el cuidado con que se ha realizado esta película que en síntesis es una grata sorpresa y merece ser vista. 

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