MEMORIA

El retorno a la semilla Museo Fernando Montes

De Pinta Montes y Salta Montes, de conversaciones interminables en su casa de Londres. Un entrañable retrato del pintor de majestuosas montañas y madonnas andinas.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:13

María Rosa Montes

En agosto de 2004, junto con mi esposo y nuestros dos hijos, dejamos Londres donde habíamos vivido por espacio de un año tan intenso que, en retrospectiva, me parece imposible vivir tanto en tan poco tiempo. Habíamos echado raíces a una velocidad extraordinaria, de modo que llegada la hora de partir lo hicimos muy a regañadientes y con un gran peso en el corazón. No solo dejábamos atrás una capital maravillosa sino una familia entrañable: los Montes de Londres, como los llamamos cariñosamente.

Fue al cabo de ese año que mi tío Fernando Montes, la perfecta encarnación del artista distraído y genial, fue considerado definitivamente abuelo de facto por mis hijos, y por mí, un segundo padre.

FOTOS ARCHIVO FAMILIA MONTES

En materia de temperamento, él y su hermano, mi padre, no podían diferir más –no en vano de jóvenes los llamaban el Pinta Montes y el Salta Montes–, pero también tenían mucho en común: eran seres libres, apasionados, un tanto excéntricos, valoraban enormemente la amistad y compartían una fascinación por Oriente que iba de la mano con su búsqueda espiritual. Estaban animados por la misma curiosidad insaciable que les impelía investigar a fondo una amplia gama de temas hasta convertirse en verdaderos expertos. También tenían reputación de grandes conversadores y eran dueños del raro don de la escucha.

Durante aquel año, en Londres, maduró una relación que había nacido dos décadas atrás, en mis tiempos de estudiante, cuando en lo más crudo del invierno europeo me bastaba con cruzar el Canal de la Mancha para encontrar calor de familia y estímulo intelectual. Eran largas sesiones de conversación en el bien iluminado estudio de mi tío, rodeados de su obra reciente y las pinturas en proceso de creación. Invariablemente, él se empeñaba en desafiar mis nociones sobre los temas más diversos, como literatura, música y política. Todo ello sazonado con grandes dosis de apreciación artística y eventos culturales que yo consumía con deleite bajo su generosa y paciente tutela. También compartí con él tareas más pedestres pero no menos importantes como enmarcar y empacar docenas de pinturas que iban a ser expuestas en Japón o alguna capital europea. 

Maravillada, en más de una ocasión presencié cómo la intensa luz y el silencio crepitante del Altiplano iban quedando atrapados entre capas translúcidas de pigmento. La majestad de las montañas emergía en el horizonte y sobre este fondo iba plasmándose en el lienzo a una velocidad infinitesimal, pincelada tras pincelada, la figura oscura, rotunda y misteriosa de una madonna andina como el espíritu de la madre tierra.

En el momento de mi partida, atribuyendo a la edad la mengua que se advertía en su proverbial energía, me despedí de él con un simple “hasta luego”, confiada en un reencuentro muy próximo. Pero pasó el 2005 y yo aún no retornaba, empeñada como estaba en lograr que mi familia se adaptara a nuestro nuevo destino. Tampoco conseguí desembarazarme a tiempo para asistir en 2006 a la exposición retrospectiva de su obra, nada menos que en Mall Galleries de Londres. Confieso haber perdido entonces totalmente la perspectiva: debí reconocer al punto la verdadera significación del evento y la fragilidad de su protagonista –son contados los pintores que viven para presenciar su propia retrospectiva–, y debí haber movido cielo y tierra para cruzar el océano de inmediato. Pero no lo hice, y esa pérdida me pesa hasta ahora. No volví a ver con vida a mi tío Fernando, que falleció en 2007. Nunca más pude conversar con él ni asistir a ese sutil acto de magia que ejecutaba con sus pinceles ante el caballete.

El consuelo, sin embargo, puede asumir la forma que una menos se espera: el Museo Fernando Montes abrirá próximamente sus puertas en una casona tradicional de Sopocachi con el auspicio de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia. Los Montes de Londres –la tía Marcela y mis primos Juan Enrique y Sarita– han donado al museo treinta obras y varios objetos personales. Y, es más, vienen trabajando por su establecimiento con la misma determinación, energía y tino con que apoyaron otrora la labor del artista y promovieron en la última década la difusión de su arte. Aspiran a que los asistentes podamos conocer esa obra que ha recorrido el mundo, que respiremos entre aquellos magníficos lienzos la serenidad que permeaba el estudio que vio su génesis e, incluso, a que lleguemos a percibir en medio de ese imponente escenario el espíritu de Fernando Montes. Y es que, tras un largo y fascinante periplo, el pintor ha retornado a La Paz a través de su arte. Esta vez llega para quedarse, al pie de las majestuosas montañas que lo vieron nacer y que inspiraron gran parte de su obra.

* El Museo Fernando Montes estará abierto al público desde el 25 de enero, de lunes a sábado, de 11:00 a 19:00. Calle Fernando Guachalla N°476 / La Paz, Bolivia.
 

 

 

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