CRÓNICA

EL PRECIO DE LA PATRIA

El servicio militar es obligatorio en Bolivia. ¿Es allí donde hay que mirar para saber cómo templan el carácter los hombres de un país machista?
domingo, 20 de enero de 2019 · 00:15

Gabriel Mamani Magne

LA TORRE ES tan alta como un edificio de diez pisos. Estamos en Cochabamba, en el Regimiento 18 Victoria. En la torre hay un hombre. A ojos comunes: un soldado. A ojos de un superior: un sarna. A ojos de alguien que piensa en la imagen seis años después y desde la comodidad de un oficio para el que no es necesaria la libreta de servicio militar: un loco suicida. 

El soldado o sarna o loco se llama Omar Tapia y tiene dieciocho años. El corazón le late a mil por hora. Abajo: el suelo. A izquierda y derecha: el regimiento, el campo, la estepa donde los paracaídas caen. El cielo que lo envuelve –limpio, veraniego– haría pensar que solo cuecas o fábulas pueden ser contadas bajo esta bóveda, pero pongámonos en las botas de Omar: mira el mundo desde una torre tan alta como un edificio de diez pisos y su superior le ha ordenado que salte para probar su hombría.  

En el fondo fondo –ahí donde la lógica intenta hacer frente a la absurdez de la realidad– Omar sabe que su superior no habla en serio. Pero las palabras, ¡sarna de mierda!, no solo las palabras, sino el tono, ¡¡¡saltá carajo!!!, le hacen pensar que, tal vez, la realidad no sea una fórmula racional sino una puteada infinita similar a la que emerge de la boca de su superior. 

Omar mira sus botas mal lustradas. Suspira. 

Mirar las botas, no el suelo. 

Mirar las botas, no el suelo.   

Se prepara para saltar. 

Algún camarada, desde el suelo, se tapa los ojos. 

Omar me cuenta esa historia en la zona sur de La Paz, seis años después de lo ocurrido, en la plaza Roma, mientras las tonadas de una banda que ensaya una marcha fúnebre configuran el soundtrack de nuestra charla. La pizca de thriller la debo poner yo, pues las palabras de mi entrevistado carecen de tensión. “Me daba miedo. Aunque en el fondo sabía que no me haría saltar. Pero me hablaba con una voz tan alta que me hacía dudar”, dice sonriente. 

Omar es flaco y todavía mantiene algunas facciones de adolescente. No hay duda de que, pese a los más de cuarenta metros de altura de la torre de su historia, hablar de aquel episodio le libera importantes dosis de endorfina.  

–Era la forma de probarnos –agrega– No nos hacían saltar pero nos hacían creer que sí… para probarnos. 

La charla mantiene un tono dócil. Dócil por la buena onda de Omar y la pátina romántica con la que la memoria pinta todo lo pasado. Se acuerda de los partes (informes verbales de un subalterno a su superior), de los amigos que hizo, de su cama tendida a las seis de la mañana, y su expresión se suaviza como si su rostro hubiese perdido varios años. 

Cuando le pregunto qué cree que ha aprendido en el cuartel, responde sin dudar: “Orden, madurez, que no todo en la vida es color de rosa”. 

El tono de la conversación cambia luego de que menciono el caso de los militares acusados de haber hecho ingerir heces fecales a un premilitar. De repente, la docilidad de Omar se diluye, su expresión se endurece (recupera su edad). Algo en mi pregunta no le ha gustado y la inflexión de su voz es la de alguien que defiende a los de su equipo. 

–En el caso de ese premilitar, no debe ser tan cierto –dice con convicción–. Yo creo que es un berrinche.

–¿Por qué piensas eso? 

–La historia no es creíble. Además –agrega–, si lo han tratado mal es porque él ha debido haber hecho algo. 

Para Omar, siempre cabe la posibilidad de que a un instructor se le pase la mano, pero también señala que en este mundo hay demasiados débiles y quejumbrosos. “Al militar le hierve la sangre fácilmente y por eso no controla su carácter”. Cuestión de naturaleza, argumenta. 

Un nuevo recuerdo: Omar cumple el servicio militar y un superior obliga a todo el batallón a tomar una ducha con agua fría. Otro recuerdo: los “aguilazos”. Un aguilazo es un golpe en el cuello producido por los dedos índice y anular: Omar hace una pistolita con la mano. 

–Luego están los insultos –agrega–. Te dicen de todo…

–¿Y qué opinas de eso? 

–Un insulto no te hace nada. Es como el fútbol. Al futbolista le insultan y no se queja nunca. Lo mismo pasa en el cuartel. No puedes quejarte. Estás ahí para obedecer. Es la jerarquía.  

Entonces pregunto: 

–¿Esa jerarquía tiene algún límite?.

–No… Eso aprendes en el cuartel. Subordinación –el sonido de la marcha fúnebre es cada vez más fuerte. Omar aumenta el tono de su voz, casi grita–. ¡A veces te van a decir que debes hacer alguna cosa estúpida!… ¡Igual nomás hay que obedecer!

Para entender mejor la historia de Omar, es necesario remitirse a su contexto. Vive en El Alto y, según cuenta, en esa ciudad la cultura es distinta debido al hecho de que gran parte de su población viene de provincias o tiene familia en ellas. “En El Alto y en el campo la cosa diferente: si no vas al cuartel, eres mal visto”. Omar ha superado el ritual que a ojos de sus parientes lo convierte en hombre y, pese a que en su expresión y en el dejo de su voz no hay rastro de soberbia, un destello de orgullo se intuye en los intersticios de sus palabras:   

–Para mí el cuartel marca la vida de una persona, sobre todo si eres hombre. Los que no han ido ¿qué van a contar? Antes de entrar eras un niño y luego de eso sabes lo que es ser independiente, estar sin tus papás. Aprendes cosas. Descubres lo que es la patria. 

–¿Y qué es la patria? –pregunto al momento que noto que mi entrevistado emite un leve jadeo producto de la emoción con la que ha respondido la última pregunta. 

Omar se toma su tiempo: cinco segundos, diez. Una vez que encuentra las palabras que estaba buscando, cuenta que el momento en el que realmente sintió la patria fue en la parada militar de Tarija. Le emocionó ver a tantos soldados como él. Todos los regimientos de Bolivia estaban ahí. Cuando pasó frente al palco presidencial, se sintió un soldado de verdad. Si en ese momento habría estallado una guerra, Omar se hubiera sentido la persona más preparada para disparar.  

El glosario que usa Omar para contar su historia es similar al de otros exreclutas con los que converso para esta crónica: orgullo, patria, guerra, hombre. A más de uno le pregunto en qué consiste esa patria de la que tanto hablan, pero ninguno me da una respuesta medianamente satisfactoria. Solo uno, el más viejo de todos, un comerciante que vende guantes de goma y que hizo el servicio militar en los setenta, dice algo que me mueve el piso: “la patria no se toca, se siente; no es la bota, es el sudor que hay dentro de la bota. Ustedes los jóvenes nunca van a entender porque son demasiado limpiecitos”.    

Todo ese orgullo –del viejo guantero y de mi primer entrevistado–  desentona con la opacidad de Claudio Apaza (nombre ficticio), un enfermero y activista aymara que hizo el servicio militar en el año 2009. Claudio tiene veintisiete años. Es delgado, de rasgos fuertes. Tiene los ojos pequeños y las puntas de su cabello erizado brillan bajo el sol.

–No me ha servido de nada –dice cuando le pregunto qué le ha aportado a su vida la experiencia en el cuartel. –Nada… En serio. Malas cosas nomás he aprendido, porque tenía full tiempo. 

2009. El Alto. Mientras para muchos alteños las puertas del COLMIL, así como muchas otras cosas, eran un sueño demasiado al sur, para Claudio, el deseo de convertirse en militar dependía de una llamada y una cerveza. “Mi papá tenía contactos”. 

El sentido común le sugería hacer el servicio premilitar, “para ganar un año, como dicen”, pero la idiosincrasia colegial –“solo los maricas van a la pre”– y la sabiduría de su padre –“andá al cuartel para ver si en verdad te gusta la vida militar”– hicieron que el futuro enfermero se enlistara en el Regimiento de Artillería Antiaérea Bilbao Rioja, ubicado en la localidad de Viacha. 

–Todo negativo… Desde el primer día –cuenta tragicómicamente.  

En la revisión médica, un superior les ordenó desnudarse y una enfermera revisó meticulosamente el miembro de cada recluta. “Ha sido vergonzoso. El pene de un camarada de provincia estaba sucio y por eso nos han gritado a todos”. La primera puteada. La primera de tantas.  

El hilo de decepciones continuó al día siguiente, cuando Claudio recibió el uniforme y sintió que un olor nauseabundo se desprendía de la blusa camuflada. “Por cuánta gente habrá pasado esa ropa”. 

Pasaron tres meses, más decepciones. Malos tratos, órdenes absurdas. Algunas decepciones se camuflaron de buena suerte. Como esa circular en la que se solicitaba reclutas para colaborar quince días en Santa Cruz. 

–No sé si ha sido casualidad –dice Claudio con voz de arrepentimiento– O una trampa. 

Definitivamente, lo segundo. Un sargento de voz amable le dijo que el viaje era opcional. Claudio, que jamás en su vida había estado en Santa Cruz, creyó que era una buena oportunidad para ampliar sus horizontes. 

Mala decisión. La trampa estaba tendida y se había disfrazado de un clima agradable y mujeres que usaban shorts que dejaban poco a la imaginación: Claudio partió a la capital oriental, pasó ahí quince días y, cuando preguntó cuándo partiría el bus de retorno a Viacha, sus superiores se hicieron a los locos.   

–Acepté por conocer… No sabía que me quedaría nueve meses. Por conocer he sufrido.  

Sin dinero, sin familia, Claudio descubrió Santa Cruz y en ella nuevos niveles de arbitrariedad. Si en Viacha había experimentado los castigos injustos (por ejemplo: el impacto de una escoba partiéndose en su propia espalda), en la capital oriental conoció el regionalismo, que, mezclado con los 45 grados que marcaba el termómetro y el mal carácter de sus superiores, logró una ecuación en la que la palabra “jaripe” era el exponente que lo empeoraba todo.  

–Hacía calor –prosigue Claudio–. Y todos se metían al río. Como los collas nunca habíamos visto el agua, los antiguos nos decían “nadá, debes aprender a nadar”. Se subían sobre nuestros hombros y casi nos ahogaban. Lo hacían por joder. Éramos sarnitas. 

El catálogo de injusticias que Claudio rememora es largo. Un sargento que patea a un sarna y lo manda “hasta alláaa”. Trabajos a la intemperie a mitad del surazo. Manos en el inodoro. Dos sargentos nuevos, “hechos a los Rambos”, que castigan a todo el mundo solo porque han despertado de mal humor. Y lo peor de todo: 

–La normalización. 

–¿A qué te refieres?

–El problema es ese. Hemos normalizado todo eso. Hay gente de provincia que se jacta de haber puesto su mano en la caca. Dicen que si no has hecho eso no has vivido el cuartel. Se enorgullecen de las experiencias malas. 

Además de enfermero, Claudio es activista y co conductor del programa radial La Curva del Diablo, en el que se discuten temas relacionados a la política nacional y en específico a la nación aymara. Su interpretación sobre el impacto del servicio militar en la vida de los aymaras es contundente: “aunque es verdad que en el cuartel los de provincias normalizan la injusticia, creo que hay que ser autocríticos; en el regimiento, tus superiores aymaras son los que te tratan peor”. 

Cuenta que conoció sargentos de provincia que eran más temerarios que los generales “blancos”. Gritaban más alto, carajeaban con más frecuencia. Quizá para demostrar algo. 

En ese punto alejado de las grandes capitales, los derechos humanos eran una expresión desconocida, y una rabia nueva se fusionaba con la neolítica rabia colonial que socavaba el corazón de los conscriptos andinos. Claudio es consciente de ello y por ello cree que el servicio militar es algo negativo en la vida de cualquier persona. 

–Hay impotencia. Una vez hemos planeado hacerle algo a uno de los instructores… Pero todo se ha quedado en ideas.

Dice mi entrevistado. Y por el suspiro que sucede a su oración, parece que lo siguiera planeando. 

EL REGIMIENTO INGAVI se ubica en la intersección entre la Avenida Seis de marzo y la calle Tarapacá, en la ciudad de El Alto. La avenida es una vía híper comercial en la que uno encuentra desde saltimbanquis argentinos hasta tiendas de mallas olímpicas. La zona vibra con esa vocación de caos que caracteriza a muchas avenidas alteñas y, al mismo tiempo, ofrece al transeúnte pedazos poéticos que contrastan con el pandemónium generado por las bocinas: al fondo de la Tarapacá, el Illimani; y más allá del teleférico, ahí cerca (aunque no tan cerca como parece), el Huayna Potosí. Como si se tratara de dos prendas recién lavadas dispuestas para secar, dos cabinas forradas de blanco cuelgan del cable del teleférico. 

Hace calor, y el firmamento parece a punto de aplastarnos. 

Por dentro, el regimiento imita la paz que uno percibe cuando observa el cielo alteño. Trineo de pájaros. Una placita. Las piedras que cercan los jardines están pintadas de blanco. Incluso el soldado que me escolta, un muchachito de piel tostada y contextura delgada, aporta al sigilo con su andar manso.  

Un joven con ropa de civil se escabulle detrás de un árbol. 

–¡¿Qué pasa?!–grita mi acompañante (y adiós armonía).

Quien se escabulle es un sarna. El soldado me mira a los ojos y dice que a veces se pasan de pendejos.  

–Recién están aprendiendo –agrega más calmado–. Así siempre son. 

En este patio, bajo este mismo sol, destrozando esta paz una y mil veces, el premilitar Z sirvió a la patria hasta que, según contó a los medios, unos superiores lo obligaron a comer heces fecales.  

La noticia se destapó a finales de julio de 2018  y fue la bomba de los periodistas durante casi un mes. Un premilitar del Regimiento Ingavi denunció abusos de un subteniente y dos sargentos. Entre sus acusaciones estaba que un sargento le había dicho que se matara, que lo habían obligado a comer deshechos y a beber orina de burro.  La Justicia encarceló a uno de ellos y liberó a los otros dos. Padres de familia y excamaradas del premilitar clamaron por la libertad de los militares. En Internet, la opinión pública, con esa habilidad para el insulto y la cobardía que la caracteriza, llamó “maricón” al denunciante.

Por su parte, frente a las cámaras de la Red Bolivisión, el adolescente contaba: 

–Cuando alcé las heces fecales del suelo, me empezó a estrujar de mi cuello y con sus dedos me apretó. Lo único que pude hacer es abrir mi boca y él me metió las heces fecales y comencé a escupir. 

Me encuentro en un comedor de Villa Bolívar y converso con tres jóvenes que hasta hace poco eran camaradas de regimiento del premilitar Z. Freddy (nombre ficticio), que compartía escuadra con la víctima y por lo tanto lo conoce de cerca, dice que todo es una calumnia. “Era un negligente”, afirma, y sus compañeros asienten. 

Los tres adolescentes tienen diecisiete años y hacen el servicio premilitar en el Regimiento Ingavi. A ninguno le veo el pelo: gorras de raperito cubren esas cabezas en las que imagino un peinado firpo. 

Tommy y Eric (nombres ficticios) son habladores. Cuando salgan del colegio quieren entrar al Colegio Militar y justifican su elección aduciendo que “tienen muñeca” y que en la carrera castrense “hay trabajo seguro”. Dany, el tercero, quiere ser abogado. Es el más tímido de todos y el único que se atreve a contar sin pelos en la lengua algunos aspectos negativos de la vida en el regimiento. 

–Un día estaba yendo al baño y un antiguo me ha pedido que limpie su cuarto. 

Risas. 

–Otra vez –continúa– un antiguo me ha pedido que intercambiemos agujetas. Me ha dado las suyas, bien feas. “Otras me voy a comprar”, he dicho. 

Más risas. 

–¿Y no pueden reclamar cuando les hacen algo injusto?– pregunto mientras lleno los vasos con refresco. 

–Nops –dice Tommy, y me mira como si hubiese pecado de ingenuo.  

–La jerarquía militar –agrega Eric–. Así nomás es. 

A diferencia de mis anteriores entrevistados, la experiencia militar de estos muchachos se reduce a apenas un día a la semana. La percepción que tienen de la vida castrense, sin embargo, es similar. Cuando les pregunto qué es lo que han aprendido en el regimiento, todas sus respuestas incluyen las palabras “madurez”, “jerarquía” y “disciplina”. Tommy dice que ahora es “menos negligente” y que ahora respeta a los demás. Dany opina lo mismo. Eric titubea, pero cuando la mesera llega con la comida, parece recuperar la inspiración: 

–O sea… Me ha ayudado a tener respeto hacia las personas. La instrucción es la última formación del hombre. Luego ya nadie te va a decir nada. Una vez que te licencias, ya eres libre. Todo depende de ti. 

Como casi todo en la vida de los adolescentes de hoy, Eric, Dany y Tommy se enteraron de la denuncia de Z gracias a Whatsapp. La primera reacción de mis entrevistados fue la sorpresa. “Era increíble”, dice Eric, “si los instructores eran bien buenitos”. 

La noticia corrió como pólvora y a los pocos minutos todo el batallón estaba al tanto. El sábado siguiente, uno de los instructores se enojó tanto que obligó a los premilitares a pasar instrucción hasta un horario poco usual. “Han hecho quedar mal al regimiento”, dijo el instructor, verde por la rabia. “Por culpa de ese cuate nos hemos quedado hasta tarde”, apunta Eric. 

El instructor ordenó a los premilitares que entraran al grupo de Whatsapp e insultaran a Z. Según Dany, el enojo de un sargento llegó a tal punto que dijo que agarraría a patadas al denunciante y a su familia.  

De acuerdo a las palabras de los entrevistados, la indignación en el regimiento fue unánime. “Mi escuadrón estaba bien enojado”, enfatiza Eric. De modo que vino la reacción: premilitares del regimiento y otras unidades insultaron a Z por todas las redes sociales conocidas; lo amenazaron con, ahora sí, obligarlo a comer excremento. 

Medio en broma medio en serio, Tommy cuenta que hasta se pensó en secuestrar al denunciante.  

–Era un desputero –dice Eric, como para apoyar las palabras de su amigo–. No le importaba nada. 

Eric compartía escuadra con Z. Es decir, lo veía de cerca; conocía sus expresiones, su cara, su forma de actuar. El perfil que me describe de su excamarada no es de los mejores: negligente, llorón, quejumbroso. “En la fila para el rancho hacía trampa”. Dice con desdén, como quien intenta ajustar cuentas con alguien a quien detesta desde hace tiempo. “Su cabello siempre estaba largo, a veces faltaba; una vez se inventó una toma de nombre para salir antes”. 

–Así, honestamente –intervengo–, ¿ustedes creen que el sargento haya sido capaz de haber humillado a Z? 

–A ver… –se apresura en responder Tommy– en el regimiento siempre te van a insultar. Así siempre es… Cuestión de jerarquía. 

–Pero eso de hacerle comer caca  –interrumpe Eric–… No es cierto. Imposible.

El argumento que gran parte de los defensores de los instructores manejan es el siguiente: que la versión de Z no concuerda, pues en la zona no hay burros, de modo que es imposible que el denunciante haya ingerido orín de ese animal. Por otra parte, los tres concuerdan en que los instructores, en especial uno de ellos, el de apellido Sangalla, eran buenas personas. Contaban chistes. Eran leales con los instruidos. Eso sí: cuando se enojaba, Sangalla “era malo”, y por malo uno entiende que su sangre hervía a cuarenta grados. 

–Pero es normal –justifica Eric–. El carácter del militar es así. 

Una vez que la comida ha relajado a los jóvenes, me animo a preguntarles si alguna vez han sufrido abusos por parte de algún instructor. “Nunca”, responde tajante Eric. Los otros dos guardan silencio. Se miran a los ojos. 

Entonces reformulo mi pregunta: “¿Qué es lo peor que les han hecho hacer en el regimiento?”. 

Dany, cuyo apodo en el cuartel es “Frankie”, cuenta que el día de la práctica de tiro se encontraba tan nervioso que temblaba. Miró por el rabillo del fusil, apuntó y la bala impactó donde no debía. Pero lo peor no fue eso, pues cuando Dany volteó descubrió que el teniente Alarcón lo observaba con cara de reprobación. “Apunta bien pues, pendejo”.

Un golpe en la nuca. 

Dany intentó calmarse. Disparó una vez más y en esta ocasión el balín sí dio en el blanco. “¿Eso no podías, mierda?”, dijo el teniente a modo de felicitación.   

Tommy, un poco avergonzado por lo que está a punto de contar, dice que una vez lo obligaron a repetir que “era una caca”. Ocurrió en la práctica de tiro. Tommy montaba el fusil y sin querer atoró la cámara de gases. El sargento que lo observaba le dijo: “me lo has fregado mi fusil, no sirves para nada”. Entonces vino el castigo: correr hasta una esquina del campo de entrenamiento y gritar diez veces “soy una caca”. 

Cuando le pregunto si creen que hay algún límite para los castigos, Tommy dice que no, que todo el mundo que entra al regimiento sabe que va a ser así. “La jerarquía”, agrega. Y Eric, que a lo largo de esta charla es el que me ha mirado con más desconfianza, señala:

–Todo por la patria. 

Antes de dar por cerrado el encuentro, les hago una pregunta más: 

–¿En caso de que un superior los obligara a comer heces fecales, tal como denuncia el premilitar Z ustedes obedecerían?  

Eric y Tommy bajan la cabeza como si se sintieran acorralados. El primero suelta una risita. Responde: 

–Me aguantaría. Peores cosas saben hacer. Hasta perro comen…

Tommy, que al igual que Eric también sueña con ser militar, toma un vaso de refresco antes de contestar. Se quita la gorra: se acaricia la cabeza redonda. 

–Si es orden, obedezco –dice al fin–. Órdenes son órdenes. Sin ganas… pero comería. 

Solo Dany, que planea ser abogado, dice que de ningún modo obedecería. Que de darse el caso, denunciaría a sus instructores. 

–Yo no comería. No soy perro para que me estén tratando así.
 

 

 

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