ZONA TRANS

Me voy a poner tetas, dijo él, muerto de risa

Cuatro años sin Pedro Lemebel. Tras una larga batalla contra el cáncer, murió el 23 de enero de 2015. Estuvo en La Paz y yo, su groupie, tras él.
domingo, 20 de enero de 2019 · 00:13

Cecilia Lanza Lobo

Pedro Lemebel había ganado, finalmente, el premio José Donoso. Lo primero que dijo al enterarse fue “Qué buena onda”. Lo segundo “¿Cuánto es? (el premio)” y remató: “Me voy a poner tetas”. Yo, que fui su amiga durante cuatro días, lo recuerdo así. 

Conocer a Pedro Lemebel en los arrabales de la literatura no es lo mismo que encontrarlo en Facebook. En mi caso fue arrebato a primera vista, aquellos años de la prehistoria millennial. Del descubrimiento literario salió un ensayo apasionado y del encuentro virtual, en cambio, un calambre inesperado. Porque con el estilete clavado, un día de esos lo encontré en la red y, adoratriz, corrí a su encuentro. Melodramática, sufrí un infarto del ego. Despechada, parí un blog.

No sé bien cuándo sucedió. El caso es que abrí los ojos y era parte de ese planeta llamado Facebook. Un voyeurismo de cachondeo adolescente –si quieres– o un lugar para hacer de él lo que te plazca. Un pretexto para la palestra política o tu propia revista VIP donde anunciarte a ti misma; un baúl–orgasmo de fotografías de gente que no veías hace décadas con las que ahora creas la comunidad religiosa del flirteo colectivo. 

En eso andaba cuando, entre los mil nombres de María Camaleón, encontré a Pedro Lemebel, hice clic y durante cuatro días fui su amiga. Al cuarto día descubrí que ya no estaba.

Arrebatada de amor literario, mandé a Pedro mi enfático reclamo en clave lemebeliana, claro. Adjunté allí un texto que escribí recordando esa Carta a un niño boliviano que alguna vez Pedro escribió cediéndonos su metro de mar correspondiente. Y como amor con amor se paga, Pedro contestó devolviéndome el melodrama: “No es lo que tú crees, querida”. 

Años después, marzo de 2012, Pedro llegó a La Paz. Él mi Rolling Stone, yo su fan latiendo la taquicardia de los 3600 metros de loco afán. Él mi mariquita linda. Desde nuestro primer encuentro textual habían pasado 14 años, una novela y cuatro libros, sida y cáncer en la laringe. Aún así, Pedro habló. Despacio y bajito, a ratos casi inaudible, certero y lúcido, menos quilombero de lo que lo había imaginado. Lo suyo fue generoso. Más aún, casi maternal. 

Pedro llegó a La Paz después de años de intentos frustrados de la academia por traerlo. María Galindo (Mujeres Creando) lo logró ese marzo de corazones en la boca. Vestido de negro, envuelto en una bufanda de Diva sesentona, cubierto por gafas oscuras y un pañuelo en la cabeza, Pedro leyó algunas crónicas, conversó generosamente con la gente que lo trajo y sentado al lado de un jugo de papaya escuchó las preguntas que María Galindo intentó hacerle en una entrevista en vivo y con público en la Virgen de los Deseos. Pedro, quien sabe esperando algún dardo por ahí, terminó totalmente relajado, casi indiferente. Es más, lo dijo: esperaba otra cosa.

No compartía la idea de prestarse a ser delator del mundo masculino como le pedía su anfitriona porque la palabra misma delator le provocaba espanto. Una charla que esperábamos contando los minutos a que Pedro llegase al lugar, con María ya en el cuadrilátero, cual cachascán vip, se ahogó antes de comenzar. Ella, la ruda, él, el técnico, acabaron sin embargo encarnando esos mismísimos roles para beneplácito del público asistente que celebraba las llaves sutiles, a ratos desganadas, de Pedro. Lo dijo: su estrategia de lucha desde aquel lugar marginal, pobre y marica de donde salió, fue, además de su cuerpo mismo como texto de su discurso revoltoso, la estrategia del débil: usar a su favor las herramientas del poder. Pedro se metió al bolsillo a la academia, a los pitucos y al poder mismo. Será que  siempre supo hacer el amor de muchas maneras. 

Pedro fue el albañil de ese otro Chile que aún roto y culiao es más humano. Sin Pedro, ya se oyen las voces que rechazan sus textos contagiosos de la homosexualidad. Sin Pedro, Chile es ese cómodo país albo y profiláctico. Nos falta Pedro, nos quedan sus letras como certeros estiletes. Nos quedan todas las esquinas para acompañar su corazón. Adiós, mariquita linda.
 

 

 

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