EL MAnGO DE OZ

La chifa del chino renegón

Una experiencia gastroneurótica en la chifa más famosa de la calle Ecuador
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:12

Óscar Martínez

Hace tiempo, cuando por algunas razones sentimentales o extrasentimentales me asaltaba la melancolía, dejándome sin un peso de optimismo o felicidad, me iba caminando desde El Prado hasta la plaza España sólo para atravesar la calle Ecuador. Siempre les digo a mis amigos que esta calle es una calle triste y llena de nostalgias y melancolías y al principio no me creen, pero luego pasan por ahí, prestan atención a los detalles y se dan cuenta de lo que les digo. Ya sea porque siempre hay un antiguo y venerable colectivo 2 atravesando la calle con paso cansino y desvencijado o porque se te vienen a la mente atribuladas noches de soledad, cabeceando de sueño en Las Flaviadas; la nostalgia es lo que sobra en la Ecuador. Más aún si luego miras a ese local que hoy ocupa un negocio de pollos al espiedo y suspiras acordándote de la mejor chifa que hubo en la ciudad, que sabe Dios cuál era su nombre, porque todos la conocían simplemente como la chifa del chino renegón. 

Ya había escuchado de su reputación, pero quién podría creer que alguien te mandara a la pecaminosa que te dio el ser por el simple hecho de pedir el cambio, o por pagar con un billete de doscientos, o esa clase de cosas por las que dicen que te miraba feo y te gritaba quién sabe qué. 

Fui a comprobarlo después de que dejé la mala costumbre de ir a una pizzería en el Prado, donde te parabas mirando la vitrina mientras los empleados trataban de convencerte ofreciéndote toda la variedad y tamaño de pizzas que había. Mientras, te frotabas el mentón con afectada pose de reflexión y preguntabas: “¿Hay alguna de hoy?”. Y claro que los empleados se enojaban y te decían “todas son de hoy”, les respondías “ah…”, girabas sobre tus talones y te ibas caminando muy renovado a la librería Plural. 

Así que camino a la librería, por la calle Belisario Salinas, decidí averiguar por mí mismo si ese chino era tan gruñón como contaban. La primera vez fui a las ocho de la noche y la puerta estaba cerrada. Después de forcejear el picaporte, el susodicho se asomó a la ventana de la puerta, corrió la cortina, golpeó vehementemente los cristales con los nudillos, y al mirarlo me hizo señas que indicaban algo así como “tú no”, señalándome alternadamente con el dedo índice de la mano derecha el salón de no más de cinco mesas reventando de comensales y a mí. La segunda vez fui temprano a mediodía y lo mismo, yo forcejeando el picaporte y él recorriendo la cortina para señalarme el reloj y luego apuntándome con el dedo índice, nuevamente, en clara señal de “tú no”.

La tercera fue la vencida. Fui a eso de las 7 de la noche y, aunque tenía miedo de que me reconociera, pude entrar y me acomodé en una mesa con mantel azul. Al fondo del aparador, un montón de revistas Taiwan Today (quizá por eso le molestaba que insistan en llamarle chino) y de fondo varios adornos y alegorías que en mi ignorancia yo también diría que eran chinas y que caracterizaban la mayoría de las chifas que conocía hasta ese entonces. Se acercó a la mesa con seriedad glaciar y me miró, creo, con achinados ojos de sospecha. Pensé que me iba a decir “tú arruina picaporte, no chao mei para ti, ¡fuera!”, pero no, sólo me lanzó un menú viejísimo y forrado en cuerina café. Pedí arroz con curri y pollo picado con brócoli, tal como me recomendaron. Intenté hacer el pedido mencionando el nombre del plato junto con una risita cojuda, pero con mirada monolítica me dijo “¡Númelo!”. Así que me ahorré el aire risueño y le di el número de orden en el menú. Luego trajo los cubiertos que también lanzó desde unos quince centímetros por encima de la mesa y minutos después también me dejó torpemente un glorioso plato de arroz con curri y pollo picado con brócoli. Soy fan del arroz sueltito porque me parece imposible hacerlo en la altura. Y este era un arroz sueltito, cada grano se sentía en la boca con los cebollines y el huevo revuelto que se confundían con un leve toque de sabor a jengibre. El pollo picado en trozos medianos sazonado con una deliciosa salsa de curri traía un sabor y olor tan penetrantes que hasta el brócoli sabía a gloria con la combinación. Mientras comía comprendí por qué valía la pena hacerse mandar a la mierda por un “súbdito extranjero”, como dicen en el telepolicial. También pedí una limonada, pero no me dio bola o no me entendió.

Entonces recordé que varios amigos habían hecho una apuesta que tenía un apetitoso y sustancial premio en efectivo: A ver quién lograba que el chino renegón le diera factura. Lo intenté, oh Dios, como lo intenté. Y era cierto eso de que ni bien pagabas la cuenta y le pedías factura, el chino renegón cambiaba de color, se ponía rojo, luego aguantaba la respiración y se ponía medio azul, luego decía mil veces algo como “no” en menos de cinco segundos y luego golpeaba el aparador, de donde sacaba un letrerito de cartulina que decía “reservado” y lo tiraba en la mesa donde vanamente intentabas explicar que necesitabas contribuir al país con tus impuestos. ¡Nada! Ese letrero en la mesa y el chino señalándote la puerta significaban el fin de la peculiar experiencia gastroneurótica y significaba también que la apuesta seguía sin ganador, cosa que se quedó así, hasta que el mencionado señor recogió todas sus cosas y, después de más de treinta años, un día de esos se marchó.
 

 

 

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