CRONIQUITA

Las hormigas de la colonia harinera

Entre Villazón y La Quiaca hay dos puentes lado a lado. Uno de ellos sólo permite el paso de gente dispuesta a cargar quintales de harina sobre el lomo, ida y vuelta, setenta veces durante el día.
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:14

Cecilia Lanza Lobo Fotografías de Henry Mendoza

A fines de los años 70 vivíamos en Tupiza, al sur del país, por entonces un lindo pueblito hermanado desde siempre con Argentina, ese país al que los tupiceños miraban suspirando. Porque se sabe que en los tiempos del parto republicano, a la hora de elegir entre formar parte de Bolivia o Argentina, los tupicieños eligieron mal. El caso es que toda mi familia, papá, mamá y tres hermanos, viajábamos de vez en año desde Tupiza hasta Villazón y La Quiaca como gran cosa. Debió haber sido como ir de paseo un domingo muy largo y premiado.

De aquellos años recuerdo los alfajores de chocolate que comprábamos en caja de cartón como si fuese Navidad. También recuerdo que mis papás compraron allí su primer juego de dormitorio que estuvo en uso hasta hace poco, medio siglo después como constancia de aquel sacrificio económico de sus años mozos. Hace algún tiempo, muchos años después de mi niñez tupiceña, volví a esa frontera y quién sabe si por alguna extraña pirueta de la memoria infantil lo que vi fue una postal de otro mundo, al modo de una retorcida pasarela en la que desfilaba la historia de la mismísima humanidad. 

Todavía guardo las imágenes de aquellas decenas de cuerpos que de lejos se miran asexuados, cargando sobre sus espaldas un enorme bulto blanco, o más, 45, 50, 90 kilos de harina, ida y vuelta setenta veces durante el día a paso menudo y rápido vista al suelo, por el puente que separa (o une) Bolivia de Argentina en la frontera entre Villazón y La Quiaca. Coca en la boca y en la mano una bolsa para amarrar la carga, corren desde el lado boliviano sesenta metros levantando polvo, apurados porque la competencia es implacable. Casi al mismo paso, con uno o dos quintales encima, desandan el camino con la harina argentina sobre la espalda. Dejan la carga y vuelven a empezar, setenta veces si el cuerpo aguanta. 

Es un puente angosto y alambrado. Un carril de ida y otro de vuelta. La gente que va y viene, con esos bultos blancos sobre la espalda, aparenta una colonia de hormigas gigantes y tengo la impresión de que  en algún momento entran en trance. A su lado, diez metros abajo y a la derecha, está el puente ancho y formal, ese con tranca y gendarmes argentinos en un pedestal desde donde miran con desprecio a los “bolitas”. Si no te queda otra –me dicen– cruzas por abajo, por el río. Si te avivas, pasas junto con los cargadores de harina, quién sabe en una de esas zafas, mientras los gendarmes se distraen fumando un pucho. 

Eran días, los que estuve allí, en que todavía convenía llevar mercadería de aquí a allá, de Bolivia a Argentina. Ahora, aunque a la inversa, la dinámica en el puente fronterizo supongo que será más o menos la misma. Mercadería de contrabando de un lado a otro sin importar la dirección. Para eso, la ruta es por el mismo río, más arriba, jugándose el pellejo. 

Es una puesta en escena. Dos puentes lado a lado, uno para la foto oficial y el otro para la colonia hormiguera. Aparte está el río como tercera vía para añadir algo de tango al laburo policial que de tanto en tanto persigue contrabandistas, a modo de salir de la rutina. Pocos días atrás, los “bolitas” contrabandistas habían volcado el auto de los gendarmes argentinos que son abusivos pero son pocos. Es más, cuando los “bolitas” quieren, aparecen como jauría por decenas montados en bicicletas y hacen corretear a los gendarmes —se jactan los ciclistas. 

En el puente hormiguero, la vía permitida es de Argentina hacia Bolivia y no al revés. De lo que se trata es de poner vigilancia en el lado argentino para que los bolivianos no ingresen mercadería alguna. Esos mismos gendarmes se encargan de que la harina argentina que ingresa a Bolivia pase tranquila. Los avala la economía subterránea misma, el sistema tradicional de la sociedad comerciante, y se ve como un acuerdo entre estos aparapitas bolivianos llamados “pilotos” (pilotero, mula, camelô, vendedor, cargador, sacoleiro, mesitero, changarín, acopiador) necesitados de los centavos que se les paga por quintal transportado a lomo. Los pilotos son, digamos, el mismo puente, el ducto harinero de una sola vía, Argentina-Bolivia, que acaba en un canchón donde se apila la mercadería. De ahí para adelante, quién sabe.

El contraste es abismal. Cruzas el puente hacia Argentina y te lanzan los perros. En el lado boliviano, no hay perro que te ladre. Villazón es una zona franca donde se tranza en varias monedas. No es novedad aunque no deja de sorprenderme. Porque en las fronteras del país, el contrabando es parte de la vida cotidiana, es parte fundamental de la economía local y nadie se rasga las vestiduras, aunque de vez en cuando aparezca algún gesto dramático para el espectáculo mediático. Por eso, yo me doy otra vueltita, me compro unos rayban de a luca y sigo viajando. Quién dijo que el surrealismo es ficción.
 

 

 

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