MÚSICA

Blues para Drago

El sonido indeleble de Drago Dogan, el croata “colla” del blues. Volvió a los escenarios hace poco. Esa fue su despedida.
domingo, 13 de octubre de 2019 · 00:13

Marco Basualdo

El lento sonido del negro luto. El gran Drago Dogan se fue. Hace mucho se había ido. Y su transitorio retorno significó finalmente una desolada despedida. Nunca habrá imaginado que tras su muerte sería el mito urbano del blues en una tierra tan distante de la suya, pero a la que hizo propia al fin.

Nació en la por entonces Yugoslavia en el año 1955. Una y mil veces contó que el blues lo tocó de niño, cuando un tío lo llevó a conocer Estados Unidos y en Chicago alucinó con la forma de tocar la armónica de un campesino negro. Luego, el amor de una mujer que lo trajo hasta Bolivia a fines de 1988, La Paz en primera instancia, donde empezó a relacionarse con músicos casi de manera casual en un ambiente huérfano para lo que él venía a ofrecer. 

Fue en el mítico y hoy extraviado pub El Socavón, inaugurado a los pocos meses de su llegada, donde tuvo la oportunidad de conocer a viejos rockeros locales como Javier Saldías y Pepe Eguino, quienes fueron los primeros en descubrir al “gringo” armado con guitarra acústica y armónica marinera Hohner. Fue en esa cueva bizarra donde también se dio el contacto con otras futuras estrellas del ambiente musical con quienes daría vida a su primera banda hecha en Bolivia: Rodrigo Villegas, que en esa ocasión le hacía al bajo, Rodolfo Ortiz en la batería y un todavía desconocido de origen alemán, Christian Krauss, en bongos y coros. Aquel proyecto, que además de blues ejecutaba reggae, sería bautizado como Mama Coca Reggae Band. Pero el grupo no tuvo la continuidad necesaria, además de que Drago era luz propia, y el resto pasó a germinar lo que sería el fenómeno de rock–pop nacional llamado Lou Kass junto a Martín Joffré.

Sucede que Drago era un imán para todos los colegas, y eligió armar “su” banda junto a Luis Kuncar, ex OM en el bajo, y el baterista Vichi Olivera, a cuya base sumarían una larga lista de músicos invitados (Miguel Ross, Gustavo Valera, entre otros).  

El nombre elegido fue la Drago Blues Band y su propuesta era puro sentimiento bluesero. Los pubs Ganímedes, Matheus, Equinoccio, Caras y Caretas, La Cueva, y los conciertos organizados por la FM Contemporánea en el Teatro al Aire Libre, fueron algunos de los escenarios para su repertorio penetrante de sentimiento. Como sello propio, el europeo compuso un sinnúmero de canciones que no acostumbraba titular, como si se tratara de una sola y eterna canción. Y a mucha insistencia, en 1991, registró un demo en los estudios de FM Contemporánea con canciones como Mama Coca y Bolivia está de moda además de grabar un especial para el canal 13 Universitario paceño.

Pero el ambiente de la hoyada lo saturó y Drago necesitaba nuevos aires. Fue así que en 1992, el croata decidió hacer maletas nuevamente, esta vez hacia Santa Cruz de la Sierra. Había hecho buenas relaciones con los hermanos Vargas (Glenn y Roy, ex Trilogía y Track), quienes le habían comentado que el género bluesero estaba prácticamente muerto en la capital oriental.

Así que una vez en la “ciudad de los anillos”, Drago, quien había sido rebautizado por otro músico colega, Napoleón Aguilera, como “el colla” porque “le gustaba el locoto, el fricasé, hablaba con las caseritas y pedía rebaja”, se unió a los Vargas y al baterista Gato Pinaya para formar grupo; también fundó un pub y tuvo mucho que ver con la posterior organización de festivales de blues en Santa Cruz de la Sierra.

A fines de los años 90 formó el grupo Dínamo, y también participó como invitado en el primer disco de Los Perros Rabiosos. Pero tras aquellas participaciones, el músico de los casi dos metros de estatura, cabello y barba rubia, entraría en un gran letargo que lo alejó de los escenarios pero nunca del blues. Esta vez dejaría ver su lado de instructor al brindar clases y al descubrir muchachos talentosos para la interpretación de ese género que desde su llegada empezó a ser reconocido en aquella ciudad, su “paraíso tropical”, como solía definirla. 

A fines del 2018, tras algunas tratativas de manos de sus más cercanos que jamás lo abandonaron, Drago, “el colla” para los cambas, empezó a ser homenajeado en vida con una serie de conciertos. Y compartió tablado con la crema de músicos locales que aplaudían el retorno del gran maestro. Pero el sueño duró muy poco. El sábado 5, a meses nomás de su retorno, Drago nos dijo adiós. Y entonces, el blues se puso de luto.
 

 

 

 

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