CRONIQUITA

Final Ingavi

La hora de las despedidas. Cierra el mítico pub paceño Almatroste, allí donde el arte y la bohemia se dieron cita desde hace 15 años. Un músico de la movida le rinde tributo.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:11

Marcelo Gonzales

Ya debe ser como la 1:30 de la mañana. Hora de guitarrear. Rechina la madera remojada del suelo. Algo está esparcido en el recinto, algo inexplicable. Es como si se insertara entre las cuerdas, los microbios, la extraña pomada elástica que portan los ambientes de la noche. Los amigos. En la mirada de los amigos está todo. Te hacen amar tu soledad a través de las suyas. Sus preocupaciones, sus maneras de botar el humo, el nivel de tristeza tras sus risas y sus dientes de diablo. 

Ya. Guitarra en mano. Llega el César (propietario del lugar) a nuestra mesa. Nos sugiere subir al escenario. ¿No hay en él una cierta solemnidad poco frecuente tras sus vestidos elegantes como polleras? ¿No está brindando y riendo con la muchachada –nosotros los changos tras el vuelo– un poco más de lo habitual? Hace unos minutos nos abrazamos con fuerza; llegó con uno de esos abrazos por detrás, anunciando nuevas cortesías. Mientras levantaba mi té con té sentí su energía, su tono, su poesía, su brazo ancho y vibrante, parte de la ciudad. 

A tocar. Escenario. Mics. Una vez más. Calamina. Pintura, colores, cumbia, años nuevos, soledad, esperanza, locuras, locos, artesanos, hermanas, raperos que me querían pegar, miradas rebuscadas, música. Tanta pero tanta música, letras, bailes, teatro, cine, muerte, sexo, aire, fuego, vida, juego, lágrima, carcajada al filo, sueño, delirio, más. Es el Almatroste. Aquí. Una vez más chupándose con los dedos la guitarra sin pensarlo mucho, emocionándose en las pupilas de los oyentes. Unas tres piezas nos ponemos con mi hermano, una vez más montados en la nave. Cuántas veces habrán sido. Muchas. Muchísimas.

Pasó que con un viejo amigo de la guitarra se nos ocurrió, ahí mismo –uno de tantos jueves, viernes, sábados y uno que otro miércoles–, armar un concierto con los viejos guitarristas del conservatorio de nuestras épocas iniciales de milenio. Por más simple que suene resultó todo un suceso, acaso inédito. Como esas reuniones de exalumnos colegiales o universitarios, pero entre puro guitarristas que nos conocemos hace 15 o 20 años. Me sentí orgullosamente un poco más viejo y un poco más músico. ¿Hace tanto que nos conocemos? Qué bueno que todos sigamos en la guitarra. Aprovechemos un momento nuestro status de “guitarristas”. No es que tengamos la mejor fama. Quizá hemos mejorado un poco. Finalmente, somos guitarristas clásicos, ¡¡¡yaaaa…!!! El uno más mariachi que el otro. Qué manera de reír y de gozar la música para guitarra. Sigue el mismo humor en las filas. ¡Qué reunión!

Sólo en el Almatroste pasan estas cosas. Jamás me hubiera imaginado lanzarme a tocar una pieza del periodo clásico europeo que sigo persiguiendo desde hace lustros, pijchando en la oscuridad del Alma. Atento el César. Atentos todos. Este Alma, como el alma, sabe volar, sabe transmutar hasta donde ni te imaginas. Hubo sábados que llegué y ni pude entrar por el ambiente húmedo, negro, retumbante de metaleros o punks volviendo la madera un colchón elástico de fiesta cumpleañera. Hubo momentos en los que no daba más de cumbia. Éramos cuatro atorrantes moviendo el esqueleto sin técnica, sin pudor. Y hubo de los mejores conciertos que di en mi vida. Uno de ellos, acá nomás, a la vuelta de la esquina del pasado.

Se extendió la noche, como casi siempre, para unos más que para otros. En la mañana, uno de los cuates, mensaje en el grupo de los guitarristas: “Mi cabeza va a explotar. El Alma va a cerrar. Es día de luto”. Sorpresivamente, justo al día siguiente del aquel concierto memorable habían anunciado el cercano cierre. Sentimientos. Tristeza. Egoísmo: ¿ahora, de dónde llegaremos a estas horas? El César sabía pues. Quizá por eso nos hizo subir al escenario. Y cómo son las cosas, que con mi colega guitarrista se nos ocurrió armar esa tocada, sin saber que sería el momento preciso, justo antes de que las cosas cambien.

Pero así es. Las cosas se mueven. Hay que despedirse, al parecer, de tanto. Entre los dvd de la vida propia se esconden esos humos. Quien estuvo de cerca lo sabe, quien no, se lo perdió. El Almatroste es y fue mucho más que un bar o un boliche. Fue una heredad del arte, de la cultura, de la búsqueda. Allí nos encontramos, entusiasmados, mirándonos a los ojos. 

Tengo frente a mí una foto de autoría de la Bea, la jefa (dueña del lugar). Una “V” azulada que se va superponiendo a la calle paceña oscura, al cable, al cerro sobre otro cerro. Finaliza arriba en el atardecer. Los focos como rojos. Atrás un poema: “Hilos durante la noche que ya es menos noche/hilos que tejen, como mortajas, paredes de laberintos deformes –caída inmortal de cada día–”. 

Recuerdo que Almatroste es también una editorial. ¿Y no es también una idea? Las ideas saben no morir. Cierto alivio. Aunque es seguro que te extrañaremos en esas noches.
 

 

 

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