CINE

Giles y cagadores

Cuando insultar a los cuatro vientos resulta ser el único remedio para los argentinos en crisis. A propósito de La odisea de los giles, filme de Sebastián Borensztein, seleccionada para los premios Óscar.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:12

Marco Basualdo

La p… que me parió”, “la reconcha de su madre”, “hijo de remil p…”, son piezas de ese rosario de duras frases que hacen a los diálogos del filme mandado a representar a los premios Óscar a un país “hecho mierda” (inflación 54,5% en lo que va del año). La Odisea de los giles no es más que la penosa reflexión de un desgraciado tiempo pasado que parece retornar y que expone nuevamente a la Argentina hacia un destino incierto.

La narrativa ficcionada de Sebastián Borensztein, basada en el libro La noche de la usina, de Eduardo Sacheri, es tan parecida a esta actualidad en la que las puteadas purifican, pues ante la impotencia, insultar a los cuatro vientos resulta siendo el único remedio. 

Contextualizada a inicios del nuevo milenio y en el ámbito rural, como metáfora de esa gran nación que logró conformar una burguesía del ganado, pero que hoy está a punto del default, la historia se desarrolla en un pueblo llamado Alsina, que no es más que la Argentina toda. Allí, un grupo de soñadores, giles en este caso, intenta reactivar La Metódica, una factoría deteriorada y abandonada como miles en esta república de 44 millones de habitantes que en algún momento vivió su despertar industrial y fue una de las mayores economías del planeta. 

El primer plot es una “patada en los huevos”. El hilo narrativo gira abruptamente por las declaraciones del otrora ministro Domingo Cavallo (figura de Carlos Menem y sepulturero de De la Rúa), quien transmite por TV la desalmada medida del denominado “corralito”, cuando los ahorros de miles de argentinos quedaron en manos de banqueros so pretexto de la crisis financiera. “Corralito” que, de similar modo en la película, se come los anhelos de progreso de un grupo de campesinos liderados por Perlassi, un exjugador de fútbol que, como el país, tuvo sus años de efímera gloria. Esa banca insensible no representa más que al implacable FMI y sus funcionarios, bautizados como “buitres” en el gobierno de los Kirchner, que nuevamente parecen sobrevolar su extensa pampa. Aquel nudo es también un nudo en la garganta, que recuerda la amargura sufrida cuando los recursos de toda una vida fueron secuestrados por un gobierno despiadado que prometió devolver el dinero, eso sí, en cuotas y a valor devaluado. Mientras avanza, ese guión se va pareciendo tanto a esta dura actualidad en modo Macri. 

El suspenso, el drama y la comedia terminan por estructurar el combo de Borensztein, que lanza frases como “ya sabemos que el laburante, el tipo honesto, la gente que cumple las normas, terminan siendo sinónimos de gil” o “el hijo de puta se ve al espejo y no se cree un hijo de puta. Sólo los giles”. Giles que se meten en la tozuda tarea de recuperar su dinero cueste lo que cueste y elaboran un plan de intermitentes gags que conducen a un final inesperado con traición de por medio de uno de los suyos, del sufrido pueblo. 

La película, que pasó de manera furtiva por la Cinemateca Boliviana, proyecta con eficacia esos otros condimentos–taras–costumbres del ser argento, como el personaje del “chanta” (vividor–cagador argentino), el “negro” (marginal argentino), el fútbol, el asado, conjurado por un abanico de actorazos (Ricardo Darín, Luis Brandoni, Carlos Belloso, Daniel Aráoz, Verónica Llinás) más algunas menciones políticas hacia el peronismo y evocaciones al anarquismo colectivista de Bakunin. Todo envuelto en un panel musical rockero con canciones de Spinetta, Divididos y Babasónicos, entre otros. La puta argentinidad al palo. 
 

Ficha técnica
Fecha de estreno: 15 de agosto de 2019 (Argentina).
Director: Sebastián Borensztein.
Música: Federico Jusid.
Guión: Eduardo Sacheri, Sebastián Borensztein.
Arte: Daniel Gimelberg y Emiliano Konoba.
 

Confidencial

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