LA PAZ, 171 ANIVERSARIO

Chokje –Apu Marka

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:11

Sebastián Moscoso Paz
Fotografías de Juan Quisbert

Observar, interpretar, comprender y aprender: esto es lo que hace y ha venido haciendo nuestra especie desde sus pasos más viejos en África hasta los más nuevos en cualquier latitud. La profunda comprensión del entorno es lo que nos permite sobrevivir y nos permitirá Vivir Bien. Esta verdad no podría ser distinta para nuestro valle, que la boca oficial aún llama La Paz.

Hace 471 años, el tal Alonso y un puñado de facinerosos desenvainaron acero para imponer una sarta de idioteces e injusticias. Inicialmente lo hicieron en la planicie de Laja por ser importante centro poblacional y de intercambio entre la puna del Titicaca, los Yungas y los Valles. Corazón de la región aymara. Tres años antes se había descubierto la plata del Potosí y, así, la fundación de La Paz formaba parte de una única meta en la cabeza conquistadora: arrancar el oro y la plata de las vetas y venas de cerros y ríos del continente y embarcarlos hacia España al menor costo y tiempo posibles. La nueva ciudad sería la intermediaria con los puertos de Lima. 

Viniendo de una cultura donde una cosa llamada dinero, kivo, permite a una minúscula porción de la población hacer casi cualquier cosa a expensas del resto, es complicado creer que Alonso y sus secuaces trasladaron La Paz desde Laja al valle de Chuquiago Marka sólo porque les hacía frío. El clima potosino no acobardó el afán de codicia. Resulta más fácil creer que el brillo de las pepitas de oro, que se habían lavado de los cerros por la cantidad de ríos que abren la hoyada, los atrajera como la carne a las moscas. Aún más complicado resulta creer que hoy, sabiendo lo que sabemos, La Paz (y casi el mundo entero) continúa girando en torno al kivo. 

Porque la cultura es, en parte, una de las formas en que la especie humana se adapta a su entorno. Es la forma en que se relaciona con él y aprende de él. Así, culturas con diferentes prioridades producen diferentes tipos de conocimiento. Es por eso que La Paz y Chuquiago Marka no son sinónimos sino conceptos diferentes. El primer nombre hace referencia a un suceso desconocido por la mayoría de los habitantes, y con buena razón porque poco importa. El segundo refleja la forma central de relacionarse con el ambiente y la comunidad: la agricultura.

Porque ¿qué utilidad tiene saber que los herederos del español A guerrearon contra el español B y que dejaron de guerrear el día X? y ¿qué dice el nombre “Nuestra Señora de La Paz” que pueda ser útil para saber vivir en ella? Realmente nada. Al contrario, “Chuquiago Marka” o Choqueyapu Marka (chokje = papa, yapu =            chacra, marka = pueblo), al igual que los nombres aymaras de sus zonas, evoca conocimiento útil para habitar en la hoyada. Este valle fue un importante centro de cultivo, así nos lo recuerdan las terrazas de cultivo que aún se observan en las laderas. Se cree que las más antiguas están reteniendo el suelo para que las sembremos hace al menos 1300 años. Así también, los nombres Cota–Cota (quta= laguna), lugar de lagunas o Chijipata (chiji = pasto, pata= loma), nos cuentan su geografía ecológica.

La profunda comprensión aymara sigue sitiando el valle sin poder tomarlo. Se acepta lo aymara como un folklorismo, como un adorno que separa el capitalismo local de otros capitalismos. No como una visión transformadora, no como la cultura que lleva al menos mil años aprendiendo y comprendiendo cómo vivir aquí, y que llegó a muchas conclusiones diferentes que hoy sirven de cimiento a una forma de vida que hace agua por todos lados. 

La modernidad, este sistema kivocéntrico que predica e impone homogeneidad, ha hecho que perdamos el sentido común. Y sin éste, el conocimiento es siempre mal–adaptativo, es decir, es incapaz de asegurar la vida digna de futuras generaciones.

Los resultados, de la “mal–adaptación” moderna, de la falta de conocimiento de la tierra y el entorno –y por eso la falta de sentido común– afloran a la vista todos los días. Yo lo ví en la casa del frente, a la que le reventaban los vidrios por las noches obligando en algún momento a sus habitantes a brincar una grieta de metro y medio para acceder a sus gradas. Lo vimos hace un par de años cuando la verdad cayó como el cerro sobre Auquisamaña, en tiempo seco. Hace ocho años también, cuando Callapa se deslizó al río en tiempo hiper húmedo. 

Y es que Chuquiago Marka es, mayormente, un valle deleznable que se está yendo al río grande por los múltiples ríos pequeños que lo surcan. Por eso, los antiguos no construyeron sus grandes ciudades aquí, sino que hicieron pequeños asentamientos en las zonas más estables, Sopocachi y Phutu–Phutu (Miraflores), y se dedicaron a cultivar el resto de la hoyada. Hay pocos lugares donde es sensato construir del modo en que lo hacemos en esta hoyada. Así parece que nos quedan dos opciones. O empezamos a mudarnos a la puna o empezamos a innovar la forma de vivir en el valle. 

Porque como dijo el joven con alma de viejo, Simón Rodríguez: “O inventamos o estamos perdidos”. Y como decía no recuerdo quién, “inventar es recordar e imaginar”. El conocimiento, que es patrimonio humano, tomará el lugar del “recordar” y el conocimiento que tendremos que imaginar y desarrollar será producto de las necesidades y voluntades de nuestro contexto, de nuestros pueblos.

El conocimiento científico moderno jugará un rol fundamental y tras comprender sus fundamentos y filosofía habrá que someterlo al sentido común. Sólo así podremos desnudarlo de patrañas y encontrar la naturaleza útil de sus conclusiones. 

Una de las más grandes, por ejemplo, es la existencia de microorganismos: hongos, bacterias, virus y otros que escapan a nuestra vista desnuda de aparatos. Comprender la relación de algunos de estos organismos con las enfermedades ha permitido a las sociedades modernas ampliar su esperanza de vida  varias décadas. 

Asímismo, a través de este conocimiento comprendemos que echar nuestros residuos provenientes de la minería y la industria (cargados de metales pesados), y los domésticos y de hospitales (cargados de bacterias) a nuestros ríos, para luego regar nuestros alimentos con sus aguas, es una mala práctica. Con esto, no hacemos otra cosa que generar los caldos ideales para que se produzcan bacterias capaces de sobrevivir a los antibióticos que la modernidad produce y que nos vende a precios hinchados.

Porque no importa cuánto logremos vincular conocimientos, ni cuánto lleguemos a comprender nuestro entorno. Mientras los principios de la modernidad sigan siendo cimiento de la sociedad, no podremos realizar los cambios estructurales necesarios para sobrevivir, para Vivir Bien.

Por eso, en esta región el tronco ha de ser aymara y recién entonces los injertos serán del mundo. Porque mientras sea al revés seguiremos viviendo el reino de los sinsentidos. Seguiremos importando máquinas carburantes que, independientemente de su desempeño como transporte, nada tienen de puma, ni de katari (serpiente). Que nada nos dice de la naturaleza del aparato, que no nos habla de la katari (tachymenis peruviana), ni del Julián Apaza, que aún cohabitan el valle. Seguiremos construyendo monumentos al concreto y al consumo adornados de aguayo, que no nos recuerdan que dependemos del bienestar de las personas que nos rodean así como de los seres biológicos, geológicos y atmosféricos que componen nuestro entorno. Nuestro ayllu.

Para construir este tronco desde las raíces humanas del continente, parece prudente empezar por hacer realidad esta idea de que la Tierra no es propiedad humana, sino que lo humano es pertenencia de la Tierra. Esto nos lo dicen Achumani, Koani, Chillcani, Hampatuni y Keyllumani, por ejemplo, donde el sufijo “ni” indica pertenencia, dominio. Son lugares de dominio del achuma (echinopsis bridegesii), la koa (satureja boliviana) y la chillca (baccharis latifolia), plantas medicinales fundamentales. O la pertenencia del hampatu (sapo, rana) y la keyllua o keylluma (gaviota,  chroicopehala serranus). Porque sólo a alguien que no piensa en nietos de nietos, ni en quienes le rodean, y cree que el espacio es infinito, se le puede ocurrir que la Tierra es propiedad,  y peor aún que es privada.

A la par que tumbamos nuestros cerros, los llenamos de casas hipotecadas y basura, esperando que la tierra y el ladrillo tapen nuestra falta de piense y coraje. Y mientras lo hacemos, desplazamos a la vecindad silvestre. Mamanis (geranoetus polyosoma), huamanes (geranoetus melanoleucos) y allkamaris (phalcaboenus megalopterus), aves rapaces, se quedan sin farallones para criar a sus wawas. Y nosotros nos quedamos sin quiénes se casquen (devoren) a las palomas, criaturas que proliferan en la homogeneidad moderna y que portan más de 30 enfermedades. 40 mil de estas criaturas se concentran en el centro, esa zona donde la población se reune a trabajar para empoderar a minorías, y a estudiar para olvidar cómo aprender.

Más aún, parece importante reconsiderar los objetivos últimos de la sociedad. ¿Poner al kivo como epicentro de toda actividad humana?, ¿acumular infinitamente en un planeta finito?, ¿mantener el salario, la propiedad y la deuda como derechos humanos? O poner la vida digna en equidad como principio, la comprensión de interdependencia con el entorno como herramienta y el alimento, la salud y la vivienda como derechos. Con estos ingredientes, y algunos otros en la olla común, podremos servir verdadera calidad de vida, no capacidad de consumo, no el caldo tóxico de desigualdad, enfermedades y miopía que ponemos en nuestras panzas y cabezas todos los días. 

Sí, con fuerza, con ñeq’e, pero sobretodo con piense. Hay poco que celebrar en el octubre de fantasmas y mucho por hacer. Escuchemos a Martí, trabajemos por verdades y no por sueños. Miremos al suelo y a los ojos de quienes nos acompañan a andarlo y cultivarlo. Saludos chukutas.
 

 

 

Confidencial

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