HISTORIAS DE AMOR

Del amor, el MNR y las herencias inglesas

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:13

Tatiana Suarez Patiño
Ilustración de Marcos Loayza

Este es un amor que, de no haber existido, hubiera dado lugar a que Bolivia se mantuviera en el régimen de la dictadura militarizada, en la esclavitud productiva y en el analfabetismo rural durante mucho más tiempo.

Comienza en los estertores de la Primera Guerra Mundial cuando el buque en el que viajaba Gerald Anthony Shaw se hunde y deja viuda a Mary Elizabeth Johansen (mi tatarabuela), una doctora nacida en Estocolmo (¿1898?). Viuda, triste y con su primogénita en el vientre, recibe la propuesta de matrimonio de un amigo de la familia, Lord Bird. Nadie recuerda su nombre. Él era un ingeniero civil que construía ferrocarriles en un pequeño país en Sudamérica  llamado Bolivia. 

Lord Bird le consigue trabajo como doctora en la Bolivian Railway Company, la empresa inglesa en la que él trabajaba. Se casan, se embarcan, y el 20 de diciembre de 1918 nace Mery Guillermina Shaw– Johansen (mi bisabuela), que es reconocida por Lord Bird, quien le da su apellido. 

Pasaron los años. Nacieron tres niñas más: Jenny, Lili y Nelly, todas ellas con nacionalidad inglesa a pesar de haber nacido en Bolivia. Sucede entonces la Guerra del Chaco y la segunda Guerra Mundial, y llega la muerte para llevarse a Lord Bird: una desafortunada caída, fractura del cráneo y muerte en el acto. Mary Elizabeth, así como sus hijas, heredan su inmensa fortuna y reciben una indemnización de por vida por parte de la empresa.

Mary Elizabeth se va a vivir a la ciudad de La Paz con sus hijas. Producto de aquello y varias cosas más,  cae en una profunda depresión acompañada de un alcoholismo severo. Su hija, mi bisabuela Mery, con menos de 15 años, se hace cargo de la casa y de las niñas. Era ella quien iba cada mes a las oficinas de la Bolivian Railway Company a cobrar la indemnización por la muerte de su padrastro. Y fue en una de esas cuando conoció el amor. 

El vallegrandino Rogerio Prado Vargas (1898),  un administrador de la Bolivian Railway Company, tenía fama de pícaro y ojo alegre. Y, como todos por allí,  había escuchado los rumores sobre la extensa fortuna de Lord Bird y buscaba casarse con su viuda. Tal cosa no pudo ser dado que Mary Elizabeth falleció al poco tiempo producto de la cirrosis. Tres de sus cuatro hijas menores  fueron repatriadas junto con el cadáver de su madre, pero  debido a unos trámites en la Cancillería, su hija Mery,  mi bisabuela, se quedó en Bolivia, en un convento.

Resulta que el tal Rogerio la raptó del convento y la deshonró. De modo que  la ley lo obligó a casarse, él con 36 años y  ella con 16, aunque la historia oficial cuenta que se enamoraron y él fue  a rescatarla del convento en un corcel blanco.

Así, Rogerio pasó a ser el albacea de toda la fortuna de Mery, y en calidad de tutor podía cobrar el dinero mensual de la indemnización. 

El caso es que  tuvieron seis hijos de los cuales solo dos sobrevivieron. Él tuvo 14 hijos más con nueve mujeres, y ella tuvo cuatro hijos más en un matrimonio posterior; todos muy fértiles. 

Rogerio se involucró en la política y pagó por un cargo en el gobierno de Gualberto Villarroel. El día que lincharon al Presidente, corrieron al consulado de Argentina a pedir asilo político y con la venia de Perón partieron  rumbo a Buenos Aires. Estando allá, él se rodeó de políticos influyentes y nuevamente compró un cargo diplomático que le permitía viajar libremente haciendo política, lobby y recaudando fondos para el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). El resto de la fortuna, incluyendo lo que había recaudado, se lo entregó al partido para que iniciara la revolución que culminó el 9 de abril de 1952.

No puedo evitar pensar qué hubiera pasado con Bolivia si durante la Primera Guerra Mundial ese buque no se hubiera hundido. Pues  si Gerald Antony Shaw no hubiera muerto, Mary nunca se hubiera casado con Lord Bird, y él –sin siquiera saberlo– no hubiera financiado una parte de la revolución del 52.

¿Se puede hacer una revolución sin dinero? Supongamos que por falta de recursos la revolución emenerrista no hubiera podido suceder en su momento ¿Podríamos pensar nuestra historia actual sin la nacionalización de las minas?, ¿sin la reforma educativa? y ¿sin el voto universal? Con las excusas del caso, bendita la mano que arrojó la cáscara de plátano en la que Lord Bird se resbaló y cayó. Sí, así murió.

           

   Tatiana Suarez Patiño es narradora de vocación y restauradora de bienes culturales de profesión. Escribe para no saltar al vacío y restaura para sufrir con alegría.
Marcos Loayza Montoya es director de cine. De vez en cuando dibuja.   

Historias de amor es una iniciativa apoyada por la Unión Europea en Bolivia
 

 

 

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