PIRUETA NEGRA

El lenguaje del origen. La danza como el big bang

¿Por qué la danza conmueve? ¿Será que nos remite a la onda primera que se expande y sigue vibrando hasta hoy; esa que dio vida a todas las cosas y guarda la memoria de quienes fuimos?
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:08

Camila Rocha Scardino

Veo un cuerpo desbordarse en el espacio. Se agita. Transpira. Se mueve sin pausa en una sucesión de movimientos y formas que son, a la vez, una suerte de repetición exasperante, imparable. Se mueve como si accediera a ser manipulado por una sombra invisible –o muchas- que se confunden con su voluntad de moverse. El aire entra en ese cuerpo con la urgencia con la que nos aferramos a la vida por primera vez. Expande su vientre y pecho, contiene algo que está a punto de estallarle por dentro. Exhala un aire demasiado pesado que evoca a otro tiempo; pesa porque guarda misterios que la piel entiende, memorias que reconoce, revive. La piel de adentro, la de las vísceras, la que se roza entre sí en el interior y avanza hacia nuestro pulso entregando al flujo sanguíneo el estremecimiento de recordar algo que quizá no debiéramos haber olvidado. 

Una danza devela esa memoria que ahora sabemos que no habremos de olvidar jamás. “Ahora no estoy viviendo en ninguna clase de mundo. Estoy suspendido en el éter”, dice un fragmento de la obra Elogio de la guerra de Proyecto Escénico Hombre Búho (Colombia). Yencer Pinilla García es el dueño de ese cuerpo excedido en escena. Estuvo en el escenario de Utópica en el marco del festival Danzénica. 

Unicoanómalo es otra obra de esta compañía. Allí los cuerpos que se desbordan son varios. Parten de la idea de expresar la esencia genuina de cada ser. Cada cuerpo creando lenguaje desde la configuración excepcional y única que los hace percibir y entender el mundo. Como si cada cuerpo cargara a sus muertos mientras danza, como si aquellas almas hablaran pegadas a un brazo, al temblor de una mano, a la contorsión de un torso que deforma el deseo de ir hacia algún lugar, al gesto grotesco esporádico. Gritos, textos, eventos sonoros abren en esta pieza un lugar donde otras ánimas se liberan un momento para danzar, para chillar y contar su historia oscura o dulce penetrando los cuerpos en escena. Es un misterio lo que los bailarines permiten que les suceda. “Hay algo que los guía, una fuerza irracional, absurda, volcánica, que los lleva hacia un largo viaje” escribe Nietzche, y ellos toman como punto de partida para esta pieza.

Estas obras me llevaron a pensar que no hay un lugar como la danza. La danza parece ser ese lugar primigenio de donde nacen todas las cosas. Pareciera que todos los lenguajes le pertenecen. Parece no existir acto más contundente de comunicación, porque no hay cómo evadir el diálogo cuando la danza sucede. Cuando pasa, nos pasa a todos los que estamos en la sala. Nos mueve. Aunque estemos quietos, nos con-mueve. 

Esa memoria, que se expresó en ambas obras, se hace verdad rotunda y definitiva, y eso me colma de extrañeza. Instala la idea de un posible origen donde recordamos la danza devenida de un big bang, el choque que provoca una onda que se expande y sigue vibrando hasta hoy, esa que dio vida a todas las cosas y guarda la memoria de quienes fuimos. La danza del origen. La de los colombianos en escena. Esa que no alcanzaré a traducir con el límite de estas palabras.

 

 

Confidencial

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