HOMENAJE

La señora

Amada y criticada, pero sobre todo admirada. Alicia Alonso, emblema de la danza clásica cubana y mundial, murió a los 98 años. Yadir Vásquez, bailarín cubano residente en Bolivia, la tuvo cerca y la recuerda.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:12

Yadir Vásquez

No soy escritor, pero como artista me atrevo a tomar la palabra para rendir homenaje a nuestra maestra, la de todos los bailarines cubanos, nuestra diva,  Alicia Alonso.

Era muy pequeño, apenas 7 u 8 años, cuando la vi por primera vez. Comenzaba mis primeros pasos en la danza y ella ya pasaba los 50 y tantos años y bailaba su icónico Giselle. Lo hacía con destreza exquisita y hasta cierto punto incomprensible, sabiendo los problemas de visión que padecía desde muy temprana edad; eso sin duda quedó marcado en mi memoria. Todo cubano sabe quién fue Alicia Alonso, aunque sea por el perfume que lleva su nombre.

Caminaba siempre segura e imponente por los pasillos de la danza; todos la mirábamos con admiración, emoción y respeto total. Era un honor para cualquier bailarín o compañía de danza en Cuba, que “La señora”, como muchos dentro de la danza le decían de manera cariñosa o irónica, según su relación, estuviera sentada en el  asiento de presidencia del Gran Teatro de la Habana (que hoy en día lleva su nombre), para ver, o simplemente sentir, el espectáculo.

Mi compañía, el Ballet Español de La Habana, pertenecía al Ballet Nacional de Cuba. Y –sorpresa– nuestra directora era ella, Alicia Alonso. Dado el  trabajo y la trayectoria del elenco, años más tarde, sugirió que debíamos constituirnos en el Ballet Español de Cuba, como compañía nacional e independiente. 

Fueron varias las veces que cruzamos palabras, impresiones o simplemente un saludo, pues  como regisseur de la Compañía tuve el placer de asistir, junto a mi director, el maestro Eduardo Veitía, a reuniones de programación o coordinación de festivales, que siempre se realizaban en su oficina del Ballet Nacional de Cuba. Recuerdo la primera vez que asistí y la vi sentada tras su escritorio; mi corazón se llenó de dicha: la cumbre de la danza nacional estaba ante mis ojos. 

También recuerdo aquella vez cuando la Compañía organizó un almuerzo celebrando su cumpleaños número 80. Después de cantarle, ella echó mano de una de sus bromas preferidas, cuando decía que viviría 200 años, porque ella bailaba en su cabeza las 24 horas del día. Aún hoy, a la sombra de su muerte, cierro los ojos y puedo verla en el teatro dando instrucciones o regañando a los técnicos porque el aire acondicionado estaba muy fuerte y podía afectar a los bailarines, o simplemente en la autoridad de su voz, decirnos cuan orgullosa estaba de la danza en Cuba. 

Era de admirar, y fui testigo, que nunca fue mezquina a la hora de apoyar a otros géneros de las artes, tanto la música, como el arte lírico, las artes plásticas o la literatura. Sin embargo, es evidente que había una contradicción, porque se la consideraba mezquina a la hora de  dar oportunidades necesarias a otros bailarines del BNC;  pero supongo que nadie  es perfecto, ni siquiera ella. 

Eso sí, en cada palabra suya había una enseñanza. Todo lo que escuché de ella fue motivo para recapacitar sobre la danza y la vida, aún cuando no todos comulgaban con su manera de ser o dirigir, ya fuera por su afinidad política o sus barreras al encuentro con la contemporaneidad en la danza. A veces era dura y austera, otras sencilla y tierna; todo dependía de la óptica con que la miraras. 

Admirada y criticada, amada y muchas veces odiada, reconocida y cuestionada. Desde mi punto de vista, Alicia Alonso fue una mujer enérgica y con convicciones seguras, maestra de maestros y artista inigualable, que eligió sacrificar su propia integridad física por el amor a la danza. Por eso, y más allá del mito, le digo que se equivocó, maestra: no vivirá 200 años, lo hará por toda la eternidad, mientras en el teatro suene la música y el movimiento se transforme en danza.
 

 

Confidencial

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