Marco Basualdo

PAYASO que llora

Arthur Fleck es el bufón del mundo moderno. Ese verdadero y terrenal miembro de la tragicomedia que millones transitan a diario, donde la sociedad determina a los venturosos y a los condenados. Así es Joker.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:14

  No es la primera en tratar el tema del individuo que se rebela contra el mundo por haber sufrido maltratos a mansalva. Desde películas de culto hasta cine comercial, el hilo narrativo de  Guasón se asemeja a otras tantas historias donde el protagonista encarna el papel del misántropo que jura venganza y ejecuta una suerte de actos compensatorios sin encontrar culpa por ello; al contrario, la reparación salva, purifica. Pero a diferencia de sus antecesores rescatados del fantástico cómic, el ocurrente y enfermizo personaje Arthur Fleck (el magistral de Joaquin Phoenix) es tan verdadero y terrenal por encontrarse envuelto en esa tragicomedia que millones transitan a diario, donde la sociedad maquinal es la que determina a los venturosos y a los condenados. Risas y llanto en una trama que, a final abierto, parece imaginada tan solo por la aturdida mente de quien no es más que una víctima más de un mundo virulento.  

Este eterno antagonista de Batman no está conectado ni hace referencia directa a ninguna saga, es ante todo una producción concluyente que cuenta el origen del payaso asesino. El León de Oro ganado en Venecia, en septiembre pasado, la situó como la primera película de superhéroes en conquistar aquel prestigioso certamen cinematográfico, lo cual derivó en su imponderable favoritismo para los Oscar y que ya ha propiciado a toda una generación de fans de culto del carapintada con enorme empatía. 

Arthur es un desgarbado hombre presentado como un hijo compadecido, dueño de una deleznable ternura, extraña poquedad, y mucha suerte para la desgracia. Trabaja de payaso y vive alucinando con ser algún día el gran comediante de Ciudad Gótica ambientada en la Nueva York ochentera, arruinada por el desempleo, la violencia y la crisis financiera. Tras fracasar en sus vanos intentos por hacer reír al mundo y marginado del sistema, este humorista desprolijo termina siendo víctima de la crueldad y el desprecio de las personas que lo rodean, así como de la indiferencia de una sociedad que no perdona. El fucking James Joyce, de trágica infancia como irá descubriendo Arthur mientras avanza el filme, decía que navegaba “solo en un océano de amores”, y eso hace este bufón de un mundo moderno mientras el entorno prosigue con su tarea de lapidación. Así, tras algunas revelaciones que son certeras abofeteadas para el maquillado iluso, se da de manera previsible, y no por ello menos inquietante, el ineludible violentado punto de quiebre, asumido por este “villano” para con su realidad tan cruda entre paisajes de basura y perdición. 

Desde Tom Hulce en su papel de Mozart en Amadeus (1984), la risa no había sido tan substancial para el perfil de un protagonista por más que los otros guasones hayan lanzado sus propias carcajadas. A Phoenix le tomó meses de ensayo y observación explotar esas risotadas histriónicas, perturbadoras, que se mezclan con ahogo, angustia y llanto, que desbordan al personaje cuando intenta hablar y que –lo explican los especialistas– en realidad trata sobre una crisis de epilepsia gelástica, la cual representa el 0,2% del total de todos los tipos de crisis epilépticas. Y en el caso del Guasón, esa risa es un anticipo de lo que se vendrá.

La mortificación acumulada es el motor principal del guión que es también una interpelación a esa devoradora de sueños, la sociedad. Y el tormento también se apodera del personaje–víctima cuando sufre el rechazo de su supuesto padre, el descubrimiento de un horrendo pasado y al advertir que sólo es falazmente utilizado por un reconocido presentador de televisión, caracterizado por un siempre insigne Robert De Niro, que no es más que el retrato de ese imperio que, como dice una de las canciones del ex Eagle Don Henley, de título Dirty Laundry, “te patea cuando estás arriba, y te patea cuando estás abajo”. Todo esto, más la falta de medicamentos para su tratamiento mental por recortes gubernamentales que ocasionan revueltas y manifestaciones, desbordan la figura de quien empieza a cavilar como un verdugo implacable.

Los diálogos se alimentan de frases punzantes como “para los que triunfamos en la vida, el resto son unos viles payasos”,  “sólo tengo pensamientos negativos” o “cuando de niño decía que quería ser comediante, todos se reían de mí. Ahora nadie se ríe”, y si bien la sangre empieza a correr, la peli no incita a la violencia, ni vanagloria o glamoriza a un personaje que se convierte en asesino, que de cuando en cuando derrama lágrimas hacia sus mejillas pintadas.

Un asesinato en un estudio de televisión transmitido al vivo desemboca el desenlace fatal, con seguida proclamación del vil personaje que no para de bailar con temas de una banda sonora que incluye a Frank Sinatra, Cream, The Who, Jefferson Airplane, The Animals, Donovan, Iron Butterfly, Steppen Wolf y The Yardbirds, lo que forma un pequeño Woodstock, en medio del caos que él mismo desata. Luego, una lumínica elipsis que sitúa de nuevo al Guasón frente a su asistente social, quien no comprende su pérfida sonrisa y recibe como respuesta un “no lo entenderías”. Como si todo hubiese sido una extensa fantasía. De risas y llanto.
 

 

 

24
2