CRONIQUITA

Greta Thunberg y los que siempre estuvimos aquí

Hoy como ayer. La conciencia crítica de los jóvenes está de parto. ¿No era acaso eso lo que les enseñaron a hacer?
domingo, 06 de octubre de 2019 · 00:14

Andrés Peñaloza Lanza

A las siete de la noche de un viernes, la luz se cortó en mi barrio mientras Joaquín y yo escribíamos un discurso que me cambió la vida para siempre. Tenía 17 años.

Toda mi promoción iba a graduarse al día siguiente, menos dos compañeros y yo. No por falta de ganas, notas o esfuerzo, sino por el descorazonado deseo de cierto personaje que dirigía el colegio, de negarles a nuestros papás que se salieran con la suya y, por ende, de negarnos a nosotros la primera pequeña conquista de cualquier adolescente: ese primer gran ridículo diploma de nuestras vidas. Es que a esa edad todo es más intenso, más poderoso y más significativo. 

En la mente de Joaquín, este momento valía mucho más que aquel diploma, y sólo la aparición de Greta Thunberg en mi mundo, doce años después, me hizo dar cuenta de aquello. Porque cuando Joaquín  apareció en mi puerta a las cinco de la tarde, nuestras hormonas revolucionarias y rebeldes hicieron sinapsis. Como lo hacíamos desde los 13 años, cuando escribíamos cuentos o mininovelas en su casa hasta las cuatro de la mañana y las leíamos el uno al otro, esa tarde nos sentamos a escribir un discurso sobre el derecho a la educación y las injusticias cometidas por el colegio, pero sobre todo, era un homenaje a mis compañeros. Un homenaje que hoy veo como una carta de amor escrita por nosotros a nosotros mismos, años después, un poco menos jóvenes pero con los mismos bríos. La luz se cortó y perdimos todo el discurso, pero como todo tiene que suceder de la forma en la que sucede, escribimos  uno mejor.

A media mañana, mientras nos temblaba el estómago de nervios, Joaquín, escogido como abanderado del curso y chico predilecto de la directora, se levantó para dar su propio discurso. Pero antes de retirarse y ante  el pánico de la directora, me invitó a que me levantara –escondido desde donde estaba, ya que ni siquiera había sido invitado– y leyera mi discurso. Fue como la escena de película que queríamos que realmente sucediera: medio mundo mirándose entre sí, incrédulos, mientras los organizadores se mordían los labios para evitar un momento bochornoso.

Desde chiquitos nos habían educado con el discurso de ser siempre críticos con el mundo, con lo que se nos decía y enseñaba. Tal vez no pensaron que eso significaba también la posibilidad de darnos la vuelta y hacerles frente a ellos.

Y es que a esa edad, todo acto de rebeldía es visto como un capricho, un impulso hormonal. Lo que es cierto es que la edad para ser rebelde y enfrentarse a los adultos es exactamente esa, y es por eso que hoy Greta habla por nosotros y nos toca los nervios, al verla ocupando un espacio que, para mí, fue la cancha de mi colegio junto a Joaquín ese  noviembre de 2008.

A sus 16 años, blanca, europea (más aún, escandinava) y privilegiada como es, Greta se dió el lujo de decidir no ir al colegio y plantarse frente al Parlamento sueco, en Estocolmo, para exigir que se tomen acciones contra los efectos devastadores de la crisis climática. Mientras John Snow de Game of Thrones  alertaba a todo Westeros que los caminantes blancos se acercaban para acabar con la humanidad, Greta hacía lo mismo en el mundo occidental alertando sobre el calentamiento global y el modelo de crecimiento económico que está acabando con la vida animal y natural. Cersei Lannister, como Trump, no quiso escuchar.

Lo que comenzó con Greta llegó a su clímax el 20 de septiembre de 2019, con 1,4 millones de personas ocupando las calles del mundo.

“Todo esto está mal, yo no debería estar aquí”, dijo ella hace unos días, durante la Cumbre del Clima en Nueva York, junto a otros activistas y al Secretario General de la ONU. Más al sur, mientras los niños trabajan en vez de estudiar, Greta hace uso de su enorme privilegio para dejar el colegio y generar la ola de protestas a favor del clima más grande de la historia. Sí, es un motivo para admirar el coraje de una chica de 16 años, pero como me lo enseñaron en el colegio, es  también un momento para mirarnos en el espejo y preguntarnos qué hicimos mal, o qué hicieron mal ustedes, generaciones anteriores. Cualquier ciudadano con conciencia crítica tiene el deber de sentirse justísimamente atacado por Greta, así como todos los hombres debemos sentirnos justamente atacados por ser parte del machismo, o como todos los blancos debemos sentirnos justamente atacados por el racismo histórico después de 500 años. No importa si “no todos somos así”. Formar parte del grupo opresor nos hace cómplices de éste si no nos damos la vuelta y nos rebelamos contra él.

A sus 17 años, Joaquín también usó su lugar de poder al darme el espacio y la voz que necesitaba para denunciar lo que me parecía injusto. Sin Greta Thunberg, la rebeldía no sería nada más que eso: un acto hormonal injustificado. Sin ella, no sabríamos que Uganda tiene sus propios líderes adolescentes y que es precisamente el continente más pobre del mundo el que peor la está pasando debido a la crisis climática. Sin Greta, yo jamás hubiera entendido cuán equivocados estaban mis profesores y la directora del colegio, y cuán en lo correcto estábamos al hacerles frente. Ese es el lugar que los privilegiados deben ocupar con humildad y seguridad: el de darle voz a los que no la tienen, y el de abrir los brazos contra su propio grupo y decirles: hasta aquí llegaron.

Nunca olvidaré el largo abrazo que Joaquín y yo nos dimos al terminar el discurso. Fue nuestra primera batalla ganada, una victoria que ningún diploma jamás me dará, porque hasta el día de hoy, 12 años después, recuerdo esa escena  para enfrentarme a quien tenga que enfrentarme, y para nunca olvidar que Greta Thunberg es la continuación potenciada de los que siempre estuvimos aquí, dándole voz a los que la necesitan más que nosotros y peleando por un mundo justo.
 

 

 

Confidencial

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