LA CALLE

El adivinador

Fragmento de Imágenes paceñas, de Jaime Sáenz
domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:07

Diego López Koehnke

Como su nombre lo indica, el adivinador adivina, sólo que esta vez, atenido a los papelitos que un jilguero extrae con el pico, o un mono con finos dedos del fondo de una gaveta; y  en estos papelitos está escrito el destino.

Lo malo es que el adivinador te pregunta quién eres, y si eres casado, soltero, viudo o divorciado, y tan sólo entonces entra en acción, incitando al mono –o al jilguero– a que extraiga el papelito de un determinado casillero de la gaveta; de tal suerte que no puede haber equivocación posible, a menos que el propio destino se equivocase.

Suele vérsele con cachucha y bufanda, o con sombrero y corbata, con gesto siempre triste y con aire de expectativa, acurrucado en alguna esquina, en las cercanías del mercado, alguna vez en un parque, y donde pulula la gente –el adivinador–, de rato en rato, con cierta actitud de resignación, introduce sus manos en un hueco, cubierto por una tela floreada, en la parte inferior de una gaveta; y se pone a tocar el acordeón, arrancando peregrinos y evocadores sones.
 

 

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