CRÓNICA

¡¿QUIÉN SE CANSA?!:El músculo de la bronca. De octubre a octubre

Entre cascos y overoles de motoqueros está uno de ellos liderando los puntos de bloqueo. ¿Qué diferencia la revuelta del 2003 de ésta, cuyo rostro es igualmente joven? Un día y una noche revolucionarios con Daniel Lee Munroe.
domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:15

Cecilia Lanza Lobo
Fotos Freddy Barragán

Dicen que vivió en China, que habla mandarín, ruso e inglés. Y un poco más adentro, dicen también que tuvo formación militar. Dicen que anda en moto y lidera los puntos de bloqueo en la zona sur de La Paz. Pañuelo en la cabeza, chamarra y pantalón de cuero negros, subió a la tarima durante uno de los cabildos organizados por el Comité de Defensa de la Democracia y con la voz ronca, ronquísima, a nombre de los jóvenes bloqueadores de la resistencia frente al presunto fraude electoral gritó lo que parecían ser consignas, inaudibles por la ronquera y la bronca. Eso sí, el acento cruceño era claro. “Ya, calmate chango”, comentó entre dientes otro joven entre la muchedumbre, ante los gritos huérfanos de contenido. Pura bronca. 

Daniel Lee Munroe Miranda selló así su liderazgo luego de siete días de haberse iniciado las protestas en la plaza Abaroa del barrio de Sopocachi, en La Paz, el 21 de octubre, al día siguiente de las elecciones nacionales, cuyos protagonistas fueron básicamente jóvenes. A él le llegó el bulto por accidente. Salía del gimnasio donde trabaja cuando los policías gasificaron a su pareja. Le entró tal bronca que desde entonces no para. Todos los días, desde las cinco de la mañana, de calle en calle, de arriba abajo, está él. Ustedes van a tener que organizarse sin depender de mí, les dirá varios días más tarde a un grupo de vecinos en la iglesia de San Miguel.

Mad Max

Nueve días después de ese primer estallido, en las calles paceñas los bloqueos son pan del día. Y la calle 29 de Achumani es punto clave, una suerte de línea fronteriza entre vecinos manifestantes y transportistas afines al gobierno, dispuestos a quebrar el bloqueo. Esta mañana se agarraron a pedradas.

Lo encuentro en esa barricada. Acaba de llegar, misma chamarra, mismo pantalón de cuero, un trapo blanco en la cabeza, braquets en los dientes, el rostro bronceado, traspirado, los labios ajados por el sol paceño. Vecinos, mujeres y hombres, en su mayoría jóvenes, lo rodean de inmediato para escuchar sus directrices. Más temprano fueron gasificados por la policía. Están todos, o casi todos, con cascos en la cabeza y muchos de ellos ataviados de overoles todo terreno, con duros plásticos en los muslos, pecho y brazos al modo de IronMan. Me pregunto si pertenecen a un club de motociclismo. Opiniones varias, una mujer no está de acuerdo, interrumpe, la abuchean. Él habla pero luego quiere escuchar a la mujer que disiente. Hay bulla, discuten. Él habla con autoridad, luego se impone. Por lo visto, todos los que están allí se han organizado hace varios días, de modo que Daniel ordena una sola grabación y manda un mensaje por vídeo. Lo filman. La orden es acatar las directrices de un solo mando. Falta saber cuál es el mando.

Las calles cerradas, camino una larga avenida y en la siguiente rotonda aparecen nuevamente ellos, con permiso para atravesar los bloqueos. Van en motos, en cuadratracks abanderados; de los trajes cuelgan trapos varios, cascos, están trepados en una camioneta y no puedo evitar pensar en una versión criolla de Mad Max. Desde la carrocería, Daniel habla a los vecinos que bloquean, les dice algo y escucho: ¡Quién se cansa!  ¡Nadie se cansa! ¡Quién se rinde! ¡Nadie se rinde! ¿Evo de nuevo? ¡Huevo carajo! 

Se van.

Días después lo llamo. Bulla, calle, bloqueo. Es gentil pero dice que no puede atenderme, que está “resolviendo unos problemitas en la calle 8 de la zona Amor de Dios”. Cuelga. Tendré que llamarlo muchas veces más para lograr una cita. En todas las llamadas se repite la urgencia: está resolviendo cosas; está “subiendo” a la UMSA (Universidad Mayor de San Andrés), está en Miraflores, está en el punto de bloqueo tal, está con los compañeros de Adepcoca (Asociación Departamental de Productores de la Hoja de Coca), está con los universitarios, está con fulano y con mengano. Su radio de acción y su rol como enlace se han multiplicado. Entonces decido perseguirlo. 

Los helicópteros de Superman

Según parece, la historia es cíclica y cada cierto tiempo el mundo convulsiona y vive partos similares. Me gusta pensar en 1968. Ese año el planeta se inflamó y fueron los estudiantes en París los que encendieron la mecha de una revuelta que se regaría como polvorín en gran parte del mundo. Allí, millones de trabajadores se unieron a los estudiantes universitarios franceses que habían iniciado sus protestas en Nanterre proclamando el rol político de las universidades. Ese año sucedieron las manifestaciones universitarias más memorables (California, España en tiempos de Franco, México y la matanza de Tlatelolco); fue el año de las protestas por la guerra de Vietnam y las luchas por los derechos civiles, la primavera de Praga, las manifestaciones juveniles en la Alemania Federal, la huelga general en Roma y el Cordobazo en Argentina contra la dictadura de Juan Carlos Onganía. Fue el año de la muerte de Martin Luther King. 

Hoy miramos a Nicaragua y Venezuela, Ecuador y Chile. Y entonces nos miramos y en la memoria está aquel octubre de 2003 que llegó como coletazo final de una década de descalabros en la tarima presidencial de América Latina. Varios presidentes dejaron sus gobiernos por fuerza de la revuelta popular, ayudados por un helicóptero.

El caso más pintoresco fue el de Abdalá Bucaram en Ecuador, que no salió en helicóptero sino en alas de la “demencia”. La historia sucedió más o menos así:

Era un día de 1996. Abdalá Bucaram, loco de atar, abriéndose paso entre los periodistas y la muchedumbre adoratriz, subió a la tarima tambaleante, tomó el micrófono y para desquicio del pueblo gritó: 

— ¡Soy Maradona! ¡Soy Zico! ¡Soy Pelé! 

Al final del evento la tarima se desplomó, pero el flamante candidato a la presidencia del Ecuador tuvo tiempo de lanzarse en brazos de la multitud al grito de: 

— ¡Soy Superman!

El 54% de la votación electoral lo ungió en la Presidencia. Seis meses después, el cabreo popular se había multiplicado en cientos de huelgas de hambre y bloqueos de caminos por todo el país. El Congreso, apresurado, destituyó al Presidente por “incapacidad mental”. 

Ese fue, sin embargo, sólo el inicio, porque hasta el año 2003 la crisis ecuatoriana se había mandado 5 presidentes en sólo 7 años. Antes, la bronca popular había pedido las cabezas de Fernando Collor de Melo en Brasil (1992) y de Carlos Andrés Pérez en Venezuela (el Caracazo de 1993). Luego vendrían Alberto Fujimori en Perú (2000) y Fernando De la Rua en Argentina (2001). Y en octubre de 2003 nos llegó el turno. El pueblo, harto de demasiados años de ninguneo, estalló y echó a patadas –y en helicóptero– al gringo presidente.

¿Qué es una revolución?

Ese octubre de 2003, cuando estalló en El Alto la revuelta que provocó la salida de Gonzalo Sánchez de Lozada, Daniel tenía 14 años, vivía en Santa Cruz, estaba en el colegio y hacía deporte. Su mamá, demasiado joven, madre soltera, trabajaba sin parar y ambos vivían con su abuela Felicia en el barrio Tres pasos al frente, próximo al popular Plan 3000.

Eso lo sabré en un café de San Miguel donde finalmente logro raptarlo, en medio de otra manifestación que sucede cerca  –los cocaleros de Adepcoca han llegado desde los Yungas paceños para apoyar los bloqueos del sur–. No ha comido todo el día y aunque es vegano pide un sándwich con carne y come con avidez, las manos mugres y el teléfono celular que no deja de sonar. “Estoy comiendo carne por esto de la revolución”, dice. No tiene tiempo para nada, menos para pensar en lavarse las manos. A pesar del afán, me da todo el tiempo necesario y más, porque esta será una larga noche revolucionaria en la que tendré el privilegio de ser su sombra. 

¿Qué es una revolución? —Para mí revolución es cuando los derechos humanos son violados y es lo que el gobierno debería resguardar: los derechos humanos y las condiciones sociales y económicas. Cuando esto no es respetado, se necesita una revolución. 

Eso dice Daniel que, además de responder con paciencia, pregunta, y suele terminar sus respuestas con un “o tú qué crees”. Come. En sus brazos, tatuajes.

En el lugar donde estamos muchos lo saludan y tengo la impresión de que no es porque a estas alturas de la protesta saben quién es, sino porque Daniel es entrenador personal de fisiculturismo en varios gimnasios de la ciudad y, según mi prejuicio, la gente de su edad y de esta zona va al gimnasio. —Me han llamado estos días: Daniel, cuándo vamos a entrenar. Cuando caiga el Evo, respondo. –Se ríe. Hace dos semanas que no trabaja sino en las calles.

Evo era para él un indígena que había llegado para cambiar de verdad las cosas en el país. Eso creía cuando a sus 15 años se topó de frente con la vida pues, muchacho rebelde como era, su madre lo mandó internado al Liceo Militar de Sucre y terminó del otro lado de la vereda, frente a la población, en los conflictos de La Calancha (noviembre, 2009) durante el accidentado proceso de la Asamblea Constituyente que se llevó tres vidas. 

No nos enfrentamos, dice Daniel, porque “éramos pues niños”. A él lo arrestaron días antes y no pudo salir del internado ese fin de semana como el resto de sus compañeros, así que, aunque de lejos, le tocó ser parte del conflicto. Por eso ahora dice entender bien la sensación de militares y policías subordinados. No le da demasiada importancia a esa etapa de su vida aunque cuenta satisfecho que es paracaidista militar. —Quizá la disciplina… –comenta como si nada cuando le pregunto qué rescata de aquella experiencia.

Días después, Leny, su mamá, dirá que lo mandó allí por presión de su madre, la abuela Felicia, de carácter firme, tan necesario como para ser la directora de mercados en el municipio cruceño y tener que lidiar con vendedoras y comerciantes. A esos encuentros llevaba la abuela Felicia a Daniel cuando era niño. Él la llama abuelita y dice “me amaba mucho, por ella siempre tuve clara la parte humana, gracias a ella tengo mucho amor a las cosas”. Y Felicia era claramente una líder, dice Leny, la mirada amable, algo triste, cautelosa, la tez blanquísima, el cabello algo pelirrojo. “Mi mamá es linda, cariñosa”, me dijo él el otro día. Y sí. Leny trata de “hijito” a ese hombre con cuerpo de gimnasio y con familia. Lenny tiene la voz algo temblorosa y el cuerpo delgado, pero ya antes me dijo Daniel: es tan firme como mi abuela. Fue Leny quien lo mandó a la China, literalmente.

Alguna vez Leny tuvo un restaurante y allí conoció a un cliente que había estudiado en  China. Leny cree que los regionalismos se acaban viajando. Y la estrechez mental también. Así que mandó a su hijo a Beijing. Allí vivió Daniel cinco años, aprendió chino mandarín, inglés y ruso, conoció Vietnam, Laos y Camboya. No sabía que era bueno para los idiomas, dice ahora en el café donde estamos. Hace rato ya que la marcha pasó por delante con banderas, velas y arengas. Es hora de darles alcance.

La idea de democracia

Caminamos calle abajo varias cuadras, ida y vuelta, habla por teléfono, no se sabe dónde están hasta que, jadeando yo, cuesta arriba los encontramos frente al hotel donde se hospedan personeros de la OEA, que llegaron para auditar el proceso electoral. Gritos, arengas, no son más de cien personas, suficientes para el cacerolazo necesario que inicia a las 21:00 en punto. Daniel se reúne con unos y otros, secretean, se van a un lado, ni su sombra puede oír lo que dicen. 

¿Cuál es el plan?, pregunto. Y el plan se arma sobre la marcha. Aparece una compañera, megáfono en mano, no se conocen pero allí está ella hace muchos días. Y en verdad hace varios años. Ofrece una de varias camionetas disponibles y subimos cocaleros, paramédicos, Daniel y su sombra.

En el trayecto nos acompañan los últimos ecos del cacerolazo que comenzó hace una hora. En el centro de la ciudad paramos y él entra a un edificio donde por primera vez durante el día, va al baño. Por lo visto allí viven varios jóvenes que parecen estudiantes, compañeros de piso. Uno de ellos es su mejor amigo que lo acompaña sin ganas, es tarde, hora de dormir. Pero Daniel sigue como si fuesen las ocho de la mañana, aunque tiene los ojos rojos. Agarra un libro gordo, me lo entrega. Luego me lo devuelves, dice. Es Cien horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet.

No, no es devoto de Fidel sino de “su fuerza de voluntad”. Como buen entrenador físico, sus juicios de valor suelen pasar por ese filtro. De Joker (la película de Todd Phillips) por ejemplo, antes que hacer sesudos análisis sociológicos, valora el esfuerzo físico de Joaquín Phoenix capaz de moldear su cuerpo a voluntad.

La política no le interesa, dice con total convicción. —Sale Evo y mañana vuelvo al gimnasio. —¿Y si no? —Si no se va, me voy yo.

Agarra su teléfono celular y me muestra un vídeo que circula desacreditándolo con malicia. —Lo ha hecho gente del gobierno, quién más. Y si el gobierno es capaz de destrozar así a un ciudadano cualquiera, qué más se puede esperar, comenta. 

Afuera está la camioneta. En el interín hubo una reunión importante cerca del lugar. Su aire de líder ajetreado, las botas bien andadas, el improvisado sucio traje de campaña, efectivamente me hacen pensar en Castro, Fidel, que seguramente entraba así a las reuniones donde las puertas se abrían a su paso.

Es casi media noche y el aire enrarecido de la ciudad semidesierta, con policías patrulleros y cierto afán clandestino, se oponen a las manifestaciones vecinales del día a día, incluso festivas. Se opone también la idea de liderazgo que él mismo representa, aún si el ámbito de disputa es la calle, o la diminuta esquina de la calle de un barrio. Lo dice él mismo cuando le pregunto por la desorganización evidente, por su rechazo a los partidos políticos, a un candidato u otro, y aún a las coordinadoras surgidas ante la urgencia del conflicto. —Estamos en tiempos en que nadie quiere escuchar a nadie y nadie quiere un líder o un jefe de nadie. Estamos en contra de ese control, de esa subordinación. Cuando te dicen me tienen que hacer caso, no quieres hacer caso.

Le pregunto por la supuesta apatía política de la que fueron acusados los jóvenes hasta ayer. —Es verdad, dice. –No nos interesa. Y aclara. —No nos interesan los partidos políticos de la diplomacia y todo eso. Es como disfrazar lo que eres mostrando algo que no. No tengo nada contra ellos como personas, me da igual. 

Entonces ¿cuál es el norte?, ¿qué buscan? —Yo estoy luchando por mí y por todo, dice. —Me gusta la idea de democracia, me gusta que tú tengas la ocasión de decir ‘esto no está bien’ y que veinte personas estén de acuerdo y otras dos no. Y que así se ganen las cosas. Me gusta la gran mayoría, asegura. Y tiene sentido porque algún rato dirá también que si un gobierno tiene un 40 % en contra, debe irse, “no creo en el 51%. Debería ser 60%”.

Hasta que amanezca 

La noche avanza, huele a apronte, de la camioneta sube y baja gente, todos jovencitos. Estuvimos en el mercado de la coca de Villa Fátima y esas son palabras mayores. Los cocaleros de los Yungas no están dispuestos a soportar más compañeros encarcelados por el gobierno de Evo Morales y ven en esta crisis su ahora es cuando. Hay allí una generosa mesa de Todos Santos. El olor a coca cala todos los rincones.

Toca la última reunión en el coliseo de la UMSA donde se hospedan, sobre colchones y frazadas conseguidos las últimas horas, cocaleros y otros compañeros que han llegado para reforzar las movilizaciones. Allí se quedará Daniel hasta que amanezca.

¿Tienes miedo?  —Obviamente siento miedo, estrés, es natural. Me dicen cuídate, hay gente de inteligencia siguiéndote. Pero no puedo sentir miedo, porque sino ellos ganan. Por eso no puedo sentir miedo. 

Quizá por eso los jóvenes se arman de valor convenciéndose a sí mismos de eso que dice Daniel: ¡No tenemos miedo, carajo!

Y el remate. —Estoy aquí por convicción. No está bien que el gobierno nos aplaste como le dé la gana. No está bien. Y si hay una discrepancia de tal magnitud que tiene a  nueve departamentos en conflicto quiere decir que algo no está bien. 

Amores perros, ya no

Si le das más poder al poder, más duro te van a coger.

Dame, dame, dame todo el power para que te demos en la madre. Give me, give me todo el poder, so I can come around to joder. 

(Molotov)

Cuando sucedió la revuelta de El Alto, hace 16 años, los babyboomers del glorioso 1968 creíamos que dado el contexto postpop, ultraposmo y fullciber de 2003, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés quedaban fuera de lugar. Manu Chau y Control Machete sintonizaban mejor con los amores perros de aquellos jóvenes cuya bronca estallaba con furia Molotov y sin pelos en la lengua contra un sistema que entonces como ahora olía a demasiada mierda.

Aquellos amores perros parieron en octubre entre la balacera y los muertos. Ese año se reunieron impacientes los Nodejeske, los del Movimiento Aymara, los del Frente Nacional de Organizaciones Juveniles de Chuquisaca, los Lluviosoverano de Cochabamba, los de la Semilla Cámbrica de Oruro y otros. Hubo de todo, esperanza y desazón, inteligencia y oportunismo político como mal heredado y primer objetivo molotov. 

Por aquellos días, Alain Touraine recordaba la profunda crisis de pensamiento y de propuestas que vivía el mundo. Sin duda, era también nuestro caso. Los líderes políticos estaban en descomposición y los dirigentes sindicales tenían la inteligencia bloqueada. Por eso, los neonatos políticos alteños eran vistos con esperanza, algo remota, pero ahí estaba el desafío de trascender el bloqueo, la muralla y el graffiti.

 ¿Dónde están? 
 
Quiero creer que el quilombo callejero de hoy, por muy al sur que esté, es su semilla florecida. Y si aquel octubre parió un Evo ¿qué esperamos ahora parir?
 

 

Confidencial

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