MAnGO DE OZ

Anita la del pan

En esas filas metafísicas llenas de rumores, esos días en que escaseaba el pan, allá por 1983, estaba Anita.
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:12

Óscar Martínez

Conocí a Anita en la fila del pan un día impreciso de 1983.  Anita que olía a mazapán, goma de frutilla y champú de kiwi y otras cosas más que no me acuerdo.

Y la conocí al lado de Antonia, quien era, como decía ella, “su cholita”, aunque en ese momento no entendía que, en un país como el mío, los pobres tenían servidumbre que era más pobre aún. Y las filas abundaban, porque primero empezó a escasear la harina y por lo tanto el pan que había desaparecido de todas las tiendas de la ciudad. Para conseguir las fichas para cuatro panes que se le asignaba a cada familia, uno tenía que ir a hacer fila a la junta de vecinos con la factura de luz y agua. De este modo recibías una tarjeta donde sellaban tu ficha: un espacio rectangular que te permitía acceder a cuatro panes por familia a la semana. De ahí que uno tenía que inventarse familias o vecinos para recibir más fichas y poder llegar a unos ocho panes semanales, por lo menos.

Y las filas para las panaderías empezaban cuando acababa la novela Baila conmigo, porque la gente se conocía y desconocía en esas colas metafísicas llenas de rumores y miles de personas que se pasaban la madrugada envueltas en ponchos esperando a las 5 de la mañana, hora en que empezaban a salir minúsculas marraquetas con las que uno solía llegar triunfante a eso de las 9 de la mañana a casa.

La fila era mi lugar favorito por Anita, que me llevaba pegatinas de pitufos y cuadernos de secretos donde uno jugaba a las preguntas y respuestas y también a los secretos. Creo que a ella también le gustaba la fila por hablar conmigo, y creo que a ambos nos pareció increíble que ella estuviera en la escuela para niñas Natalia Palacios, cuyo patio daba a la parte trasera del salón de música de la escuelita México, mi escuela.

Y luego nos dimos cuenta que podíamos salir a la misma hora de la escuela y bajar por las gradas de la Pichincha donde vendían naranjas peladas en espejito (cortadas en media rodaja por la parte superior) y ver a ese señor de cara colorada que fumaba todo el día en su balcón mirando a la Pérez Velasco. O comprarnos raspadillos en plena plaza mientras esperábamos el 136 que nos dejaba en la puerta de nuestras casas. Éramos felices entonces, pero afuera el mundo bullía y a veces la San Francisco y la Pérez estaban llena de marchistas, mineros y fabriles que exigían la renuncia de Siles. 

Y una vez a la semana había que madrugar e ir a hacer fila para el pan. Luego desapareció el azúcar, el pollo, y según mi  mamá la plata cada vez valía menos. Dice que por eso a veces llegaba con su sueldo en una bolsa. Que aparecieron unos billetes llamados cheques de gerencia por un millón de pesos que era como diez pesos de hoy y que de un día para otro servían para comprar cinco panes, cuando había, y que el pollo solo aparecía en la mesa para los cumpleaños, bodas y grandes celebraciones.

Oh, Anita Moya Durán. Cuando se cambió de casa y de barrio ya no la volví a ver  hasta ese fortuito taller de periodismo infantil auspiciado por el creador de Goyi, nuestro ídolo infantil. Quién sabe y tal vez por eso, cuando ya éramos grandes, Anita se volvió una izquierdista famosa que salía de tanto en tanto en la tele dando grandilocuentes entrevistas sobre la realidad nacional. Tal vez esos recuerdos de la escasez, igual que pasaba conmigo, le dejaban mucho en qué pensar y luego mucho qué contar.

Como por ejemplo esa vieja historia de porqué en las tiendas de La Paz hasta el día de hoy todavía persisten esos misteriosos letreros que dicen “Hay pan”. Historia que yo les contaba a las gringuitas con las que  me hacía el interesante en el Bocaisapo cuando me preguntaban el porqué de ese letrero y cómo eran esos años en este no lugar.
 

 

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