TERCER MOLAR

Cólico informativo

La televisión opta por asumir la pose de la objetividad periodística y transmite imágenes sin mosquearse, sin comentarlas, sin orientar un poco a los televidentes, sin compadecerse de ellos, sin sentir empatía. Por eso quizá valga la pena buscar algo más que noticias; lo que sea con tal de que nos ayude a ver el mundo con optimismo.
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:14

Willy Camacho

Veo una y otra vez las imágenes en la pantalla de mi celular. Son varios videos que yo mismo filmé. Apenas se distingue la llamarada enorme, como si se tratara de una fogata, y lo demás es oscuridad. En mi memoria, en esos videos hay gente resoplando odio (ojo por ojo, diente por diente, gritaban), un tumulto en el que no se puede individualizar a nadie, solo una masa que parece sincronizada para destruir. Pero en mi celular solo hay una fogata borrosa, no los PumaKatari que alimentan el fuego, no los gritos que alimentan el odio.

Vi muchos noticieros, todos llegaron al día siguiente y solo informaron de hechos que pocos vimos, aunque las secuelas, los buses incinerados, hayan sido registrados por los medios y la ciudadanía haya podido intuir el terror, y también contagiarse de este, y viralizarlo.

Claro, lo que guardo en mi memoria no podrá ser transmitido al público. En realidad, no hay cámara que hubiese podido registrar lo que atravesó cada persona en La Paz la noche del domingo 10 de noviembre. Ni tampoco lo que experimentaron policías y manifestantes en Sacaba y en otros puntos de conflicto.

Quizá si se esforzaran un poco, pero no, no hay esa voluntad. Los canales optan por asumir la pose de objetividad periodística y transmiten imágenes sin mosquearse, sin comentarlas, sin orientar un poco a los televidentes, sin compadecerse de ellos, sin sentir empatía. Es más, hasta parece que sienten un poco de placer sádico, pues cuando las imágenes no son lo suficientemente violentas, recurren al archivo, sin considerar el estado mental y emocional del público.

Noticias de último momento, de mediodía, nocturnas, de final de jornada, repiten lo mismo hasta el cansancio, hasta provocar un cólico informativo que repercute en la psiquis. Claro, quienes tenemos la suerte de acceder a Netflix, por ejemplo, podemos elegir un programa que nos relaje, en mi caso, comedia. Así descubrí El método Kominsky, serie en la que se luce un hilarante Michael Douglas.

¿Por qué los canales locales no piensan en su teleaudiencia y, considerando que atravesamos un periodo anormal de nuestra historia, se animan a salir de su programación normal para ofrecernos algo que consiga distraer nuestras mentes y espíritus del caos que se reporta en cada emisión de noticias? No lo sé. Y mejor borro las imágenes de mi celular, no por evitar la realidad, sino porque lo mejor es dejar de viralizar el odio, y en eso podría ayudar, y mucho, la televisión local.

Ante tanta angustia y miedo, les recomiendo (aunque estemos saliendo de lo que se supone que debería tratar esta columna) buscar algo más que noticias, porque estas no cambian mucho a lo largo del día, y en todos los canales dan las mismas. La risa funciona para mí, para otros, La familia Ingalls; no importa, con tal de que nos ayude a ver el mundo con optimismo.
 

 

 

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