CONFESIONES

FELISA La primera fotógrafa de la plaza Murillo

Doña Felisa vio de todo en su oficina al aire libre, en el mero centro del poder político. Entre otras cosas vio a presidentes del país en situaciones poco comunes.
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:09

Alejandra Pau
Fotos Freddy Barragán / Página Siete

Doña Felisa Arraya Aramayo es más dueña de la plaza Murillo que nadie, a pesar de lo que piense cualquier político que diariamente haga declaraciones a la prensa en ese lugar ubicado entre los edificios del poder boliviano. A los 74 años, lleva su cámara digital Nikon y una impresora para fotos dentro de un maletín que se cuelga al hombro. Ella es la primera fotógrafa mujer de este espacio público visitado por propios y extraños.  

Un sombrero la protege cuando el sol se vuelve hostil en algún momento de su jornada laboral que se prolonga de 09:00 a 18:00 los siete días a la semana. Su relación con la fotografía empezó cuando viajaba por las minas de Bolivia junto a su esposo, Luciano Arraya, para ayudarlo a hacer retratos con una cámara que hoy es antiquísima y que aún conserva. Después de revelar las imágenes en blanco y negro, ella las pintaba para que trasciendan al mundo del color. 

Fue su esposo quien años más tarde se unió al Sindicato de Fotógrafos Al Minuto “10 de Febrero” para trabajar en la plaza Murillo sacando fotos a los niños, familias y turistas que visitan diariamente este lugar. Cuando murió, ella decidió ocupar su puesto como fotógrafa de plaza, un oficio tradicional que ejerce hace casi 30 años y que hoy está en extinción. Según recuerda, este era un oficio de hombres y solo sabía de otras dos o tres mujeres dedicadas a lo mismo en aquella época. Es una precursora.     

“Cuando yo he entrado a trabajar no nos querían a las mujeres, nos discriminaban como siempre en todo lado. Aquí he sufrido una discriminación muy grave, los clientes hombres me gritaban ‘¿cómo va a haber una mujer fotógrafa?’ Hasta me hicieron llorar y todo con sus palabras crueles. Ahora hay cinco mujeres que trabajan aquí y sus hijos también lo hacen, pero hay más en otros sindicatos”, cuenta rodeada de las palomas que habitan la plaza y sus alrededores, mientras la gente pasa, se toma fotos o conversa sentada en las bancas. Más allá, periodistas y camarógrafos esperan las últimas noticias que surgirán de la Asamblea Plurinacional o tal vez de la llamada Casa Grande del Pueblo.   

La oficina de esta fotógrafa potosina resulta ser el centro político mismo del país. Desde ahí ha visto el paso de varios presidentes, ceremonias de toma de posesión, revueltas sociales, marchas y manifestaciones, además de la presión social que demandaba la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada (2003) en medio de balazos. Después de su salida recuerda que no pudo trabajar tres meses porque la plaza permaneció cerrada. Ha retratado a los políticos bolivianos en situaciones alejadas del protocolo o la postura pública, cuando los medios de información no están; por ejemplo, a un Evo Morales que hacía limpiar alguna vez sus zapatos con los lustrabotas.  

Como dirigente logró, junto a sus compañeros, que su sindicato fuera protagonista de una exposición y de un libro que se guarda en la Biblioteca de la Asamblea Legislativa, publicación que cuenta parte de la historia de esa organización fundada en la década del ‘30.  Incluso algunos de los miembros fundadores participaron de la Guerra del Chaco, según asegura doña Felisa. La agrupación se rearticuló en la década del ‘60 y en los últimos años ha recibido reconocimientos de varias instancias del Estado.  

Dice que ser fotógrafa de plaza es más complicado que hace décadas, ahora que las personas prefieren usar sus teléfonos inteligentes  para fotografiarse. Aunque ella tiene la ventaja de imprimir las imágenes al momento pues supo adaptarse al cambio de la tecnología analógica a la digital. “Como mi trabajo es un arte, la mayoría de la gente trae a los niños en su cumpleaños o en los desfiles para que les saquemos fotos; luchamos para que se les vea el rostro porque sus caritas son una hermosura; para lograrlo intentamos varias veces (…). De mi trabajo lo que me encanta es la sonrisa de la gente”, destaca doña Felisa.  

Actualmente, los niños que fotografió en el pasado llegan algunas veces con sus hijos, y la buscan para que los retrate. Es fácil reconocerla: ella tiene ojos grandes y expresivos, es delgada y siempre luce una falda y su chaleco de trabajo. En su álbum de fotos de muestra guarda varias imágenes, entre ellas una de sí misma junto a su familia en una banca de la plaza Murillo.  

A estas alturas, Felisa, abuela de tres nietos, admite que su hija y su yerno no están de acuerdo con que siga trabajando todos los días a la intemperie. Quieren que descanse y no ande cargando la impresora de fotos además de la cámara; pero doña Felisa insiste en que no puede dejar el oficio porque está acostumbrada a tener su propio dinero. “Y a mi edad ya hay pues antojitos: de la fruta, de una y otra cosa, de lo que traen aquí para vender (…). Voy a trabajar mientras tenga fuercitas pues, porque después se acaba todo”, dice poco antes de despedirse y de que el reloj de la Plaza Murillo comience a sonar; el reloj cuyas manecillas siguen girando de derecha a izquierda sin inmutarse del tiempo que sigue pasando igual. 
 

 

 

 

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