CRÓNICA

La piedra en el zapato de un México dividido

La presencia del expresidente asilado, Evo Morales, se cuela entre las grietas de un país que vive una de sus épocas más convulsas.
domingo, 24 de noviembre de 2019 · 00:15

José Pablo Criales
Ciudad de México

¿Ya han llevado a Evo a la lucha libre?”, decía uno de los miles de mensajes sarcásticos que los mexicanos viralizaron en Twitter este fin de semana, recomendando visitas turísticas al expresidente después de que fuera visto a la salida de un restaurante de la colonia Roma, uno de los barrios de moda de la Ciudad de México. En México, como tal vez en ningún otro país, todo lo que comienza como un drama termina siendo una comedia. La llegada del expresidente Morales, el último de una larga lista de ilustres y bulliciosos asilados políticos, no ha sido la excepción.

México vive tiempos recios. 2019 es el año más violento de la historia del país desde que se tienen registros. Solo en el primer semestre de este año fueron asesinadas 14.603 personas. Estos se suman a los 250.000 muertos y 40.000 desaparecidos desde que el gobierno de Felipe Calderón le declaró la guerra al narco y movilizó al ejército en su contra en 2006. Una guerra que el presidente, Andrés Manuel López Obrador, pronto a cumplir un año en el cargo, prometió terminar con una política de “abrazos, no balazos”, que parece no dar resultados. Solo en las semanas previas a la llegada de Evo Morales, su gobierno vivió dos de los momentos más críticos de su primer año de gestión.

El primero, a finales de octubre, fue la captura y posterior liberación de Ovidio Guzmán, hijo de El Chapo –que cumple sentencia en Nueva York tras ser extraditado a los Estados Unidos–, buscado por narcotráfico al igual que su padre. Un operativo militar lo encontró en una casa en Culiacán (en la costa oeste del país), y lo capturó sin violencia, pero tuvo que soltarlo unas horas más tarde porque los sicarios del Cártel de Sinaloa tomaron el centro y los peajes de la ciudad, amotinaron a los presos de la cárcel local y demostraron su fuerza en una batalla campal contra la Guardia Nacional que dejó 14 muertos en las calles. Mientras tanto, el presidente viajaba a Oaxaca –en otro extremo de México– a un encuentro con pueblos indígenas, y se negó a dar declaraciones sobre lo ocurrido hasta su conferencia de prensa matutina del día siguiente. Durante los días que le siguieron el gobierno dio al menos seis versiones distintas para justificar el fracaso del operativo. Ninguna calmó a la opinión pública.

MORALES RODEADO DE GUARDAESPALDAS EN MÉXICO / FOTO EFE

El segundo, a principios de noviembre, destrozó a una familia con nacionalidad estadounidense radicada en la sierra de Chihuahua, al noreste del país. Parte de los LeBarón, mormones establecidos en México desde mediados del siglo pasado, viajaba rumbo a Estados Unidos a recoger a unos familiares para una boda cuando se encontraron con la muerte. Según la versión oficial, la caravana de dos autos se tropezó con el fuego cruzado entre dos cárteles que se disputan la zona. Nueve personas murieron calcinadas: tres mujeres y seis niños. Las menores eran dos gemelas de un año. Donald Trumptuiteó que México necesitaba de su ayuda para frenar al narco y López Obrador pidió más tiempo para esclarecer la investigación.

La polémica negativa de visitar estos lugares tras los sucesos –escudada en la política de austeridad que promueve desde su gobierno– revivió cuando López Obrador no dudó en enviar un avión de las Fuerzas Armadas hasta Chimoré para recoger a Evo Morales. “México me ha salvado la vida”, dijo el expresidente apenas aterrizó en el ex hangar presidencial, al lado del canciller mexicano, Marcelo Ebrard, y frente a una centena de periodistas a los que saludó con el puño en alto como si fueran su comitiva de recibimiento. Visiblemente agotado, y con la misma ropa que llevaba desde el sábado, Morales pronunció un discurso en la pista de aterrizaje. “Le quiero agradecer al hermano… presidente de México”, dijo con un largo silencio de por medio en el que parecía buscar un nombre en el fondo del ropero.

FOTOS AFP

La acogida de Morales, llegado en un avión y a un hangar de los que López Obrador había prescindido al negarse a viajar al extranjero en el año que lleva de mandato, después de establecer que “la mejor política interior es la exterior”, puso fin a la celosa posición de neutralidad que México mantuvo en la región. Durante su administración, López Obrador eligió ser imparcial ante la autoproclamación de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela y también se ofreció como mediador cuando la mayoría de los países de la región tomaron posición ante el recrudecimiento del largo conflicto en Nicaragua. El lunes pasado, al anunciar que Morales estaba en camino, Ebrard no dudó en tomar la posición del expresidente y denunciar un golpe de estado en Bolivia.

El gobierno mexicano, que esta semana presentó los gastos de los primeros nueve meses de su gestión, vive esquivando la recesión económica: su PIB creció apenas un 0,1% durante el primer semestre de este año. Durante su primer año de gobierno, López Obrador recortó casi todos los presupuestos, pero tuvo que gastar de más en los del Instituto de Migración, debido a las amenazas de Donald Trump de imponer aranceles a las importaciones mexicanas si no contenía a las caravanas de migrantes que cruzan México desde toda Centroamérica para llegar a Estados Unidos escapando de la violencia de sus países. Cuando Trump se regodeaba con la idea de construir un muro en su frontera con México, nadie se imaginaba que el verdadero muro de contención sería el mismo México, que a pesar de endurecer sus controles migratorios, todavía ve pasar a miles de hondureños, salvadoreños, guatemaltecos e incluso migrantes africanos por rutas paralelas en las que lo peor que les puede pasar antes de cruzarse con el narco es toparse con las coimas que les exige una guardia establecida para controlar su paso.

FOTOS AFP

Durante toda la administración de López Obrador, ha sido el canciller Ebrard el que ha viajado en representación de su país y quien se ha hecho cargo de toda la diplomacia. Fue Ebrard quien coordinó y recibió a Morales argumentando que en México “es un orgullo ofrecerle el asilo para proteger su vida e integridad”; y fue Ebrard quien encabezó las negociaciones para que México, durante lo que va de 2019, devolviese a más de 130.000 migrantes centroamericanos a los países de los que huyeron huyeron buscando refugio, para evitar que el gobierno estadounidense les impusiera restricciones a sus importaciones.

“Uy, no creo que traiga ni cartera”, contestó éste a los periodistas que le preguntaron cómo iba a mantenerse Morales en México. El partido de gobierno le habilitó un departamento en el centro de la ciudad, puso a su disposición una flota de movilidades y a los agentes de seguridad del expresidente Enrique Peña Nieto, y lo recibió como huésped distinguido de la capital mexicana. Uno de los legisladores del oficialismo –que goza de dos tercios en ambas cámaras– propuso que los diputados hagan una vaquita de 25 dólares para mantenerlo durante su estancia en el país. De haber sido así, Morales podría haber recibido alrededor de 10.000 dólares mensuales, 3.000 más que el sueldo del presidente. Otro legislador independiente le contestó que por qué no mejor juntar ese dinero para comprarle regalos navideños a los niños que viven en orfanatos y la propuesta se diluyó en el par de tuits en los que había comenzado. 

FOTOS AFP

Mientras periodistas y dirigentes de la oposición —básicamente todos los partidos menos el de gobierno— piden que se vaya y no dudan de llamarle dictador, Morales, acompañado por un fuerte dispositivo de seguridad y por la exministra de Salud, Gabriela Montaño, mantiene encuentros con militantes del gobierno y al menos cuatro entrevistas por día en un hotel boutique en la Roma.

El último fin de semana, mientras México se preparaba para tres días de descuentos en sus shoppings durante el “Buen Fin”, y la polémica sobre el asilo político no cesaba, López Obrador decidió recomendar a la población que compre un par de libros sobre asilo político. “Que no consuman solo ropa y zapatos”, pidió, y también recomendó a su oposición que busque las lecturas para que “no sean tan desquiciados”. Uno de ellos fue El hombre que amaba a los perros, la novela de Leonardo Padura que narra las penurias de León Trotsky, líder del ejército rojo desterrado de la Unión Soviética por Stalin, antes de llegar a su asilo en México en 1937. Ya lejos había quedado una frase de Ebrard, que para bajar la tensión sobre la llegada de Morales al país, una semana antes hizo un paralelismo con el revolucionario ruso: “Cuando el general Cárdenas recibió a Trotsky, México no se volvió trotskista”.
 

 

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