CARTA A UN FÉNIX

Amartelo

Hay que amar este oficio para tomarse licencias sin traicionarlo y devolverle su esencia: desnudar almas en escena.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:08

Mabel Franco

¿Quién puede hacer teatro? Todos, respondo sin dudar. El teatro está ahí, al alcance de quien quiera ejercerlo, como una oportunidad e incluso como un derecho. Basta con una persona frente a un espectador con una historia que contar con el cuerpo, con la voz, y el teatro es.

No defiendo, debo aclararlo, el facilismo con que se suele hacer teatro, la falta de reflexión sobre ese hacer, la precariedad en el uso de las herramientas, la mediocridad, el mercantilismo. No. Hablo de cómo el teatro puede ayudar a escuchar voces de seres humanos sin necesidad de que éstos entren, ni pretendan siquiera, en la categoría de “artista”.

Sobre estas sutilezas invita a pensar Erika Andia, actriz, a raíz de su trabajo con mujeres que, sin experiencia previa, van expresándose sobre tablas. Se trata de Las Ulupicas, hermanas de las Kory Warmis, es decir, la segunda experiencia de formación y creación con mujeres que para el caso son productoras, artesanas y vendedoras articuladas en la Fundación Centro de Cultura Popular (FCCP).

Amartelo, la obra resultante de un taller de tres meses, tiene la estructura de mosaico que muestra ser la ideal para articular vivencias diversas –cada una de las mujeres ha exprimido su memoria- que al final refuerzan una común: lo difícil que resulta ser ellas en un mundo machista, violento e injusto.

Una madre que migra a Europa para poder sostener su hogar, una adolescente obligada a casarse para mantener la reputación familiar… las historias van encarnándose en cuerpos de toda edad, cuerpos que recuerdan, que gesticulan y que bailan. ¡Bailan! y entonces, lo que podría ser un drama miserabilista se torna en fiesta, en voluntad de no olvidar porque así como hay memorias de dolor, las hay de ternura, de amor, de ansias de libertad que despiertan amartelo.

El teatro, con Andia como hiladora, va uniendo los trozos testimoniales para que trasciendan a las dueñas de los recuerdos. Hay imágenes que dicen tanto o más que las palabras: el rojo de faldas, pantalones y polleras, los pelos sueltos, los pies que se deshacen de los tacones para recordar el partido de fútbol de la niñez, etc. 

Todos –todas- pueden hacer teatro. La condición para que la experiencia sea realmente teatral, por encima de la falta de experiencia de las eventuales actrices, pese a las limitaciones técnicas, es que -va diciendo lo hecho por Andia y Las Ulupicas (y las Kory Warmis)- quien dirija sepa/ame el oficio lo suficiente como para no traicionarlo, lo que implica tomarse licencias para devolverle su esencia: desnudar almas en escena, a ver si logran  desnudar a las que observan desde la platea.  Amartelo lo va logrando.

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