CRÓNICA

Evo. El ocaso de un rudo

Si el cachascán es, como dice Carlos Monsiváis, “la mezcla exacta de tragedia clásica, circo, deporte olímpico, comedia, teatro de variedad y catarsis laboral”, ocupemos las tribunas, pañuelo en mano, porque el espectáculo va a comenzar y es muy probable que lo que aquí suceda sea una verdadera tragedia. ¿Quién es bueno, quién el malo? ¿Quién lucha contra quién? ¿En qué momento se armó este cuadrilátero?
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:15

Cecilia Lanza Lobo

Primer acto  /  Juan Evo

Un día de octubre de 1959, en un remoto lugar de pocas casitas en medio de la pampa que silba soledades en ese desierto de nombre Orinoca, nació Juan Evo Morales Ayma sin imaginar siquiera que el sólo hecho de nacer en ese fin del mundo haría de él un mito.

Es diciembre del año 2007 y en el camino rumbo a Orinoca dos jóvenes indígenas, Grover y Tadeo, nos acompañan. Viven cerca pero no conocen a su vecino Juan Evo, porque éste se marchó del lugar siendo muy joven, aunque saben que pasteaba ovejas, que era futbolista y también trompetista en Oruro. Saben que viajó a Argentina junto a su padre Dionisio buscando sustento familiar y que era tal la pobreza que en el camino chupaba las naranjas que los viajeros arrojaban por las ventanas de los buses, ya chupaditas. Saben que terminó en el Chapare decidido a sembrar coca. 

fotografías archivo digital / página siete

Allí en el Chapare terminó Juan Evo como dirigente sindical de los cocaleros frente el desafío de convencer al país, al mundo y probablemente a sí mismo, que su lucha era por coca no por cocaína, ante el crecimiento sostenido del narcotráfico en la zona desde los años 70 y sobre todo en los 80, cuando Evo se instaló allí con su padre. En ese afán, el año 1995 junto a los suyos fundó el “instrumento político” denominado Movimiento al Socialismo. Dos años más tarde, 1997, Juan Evo estaba ya en el Parlamento como diputado nacional aunque su trinchera nunca pudo ser el curul sino la calle: movilizaciones y bloqueos de caminos sin tregua finalmente hicieron que el año 2002 lo echaran del Legislativo por revoltoso y por indio. Pero buena parte del país estaba harta del racismo y la discriminación, así que tres años más tarde, enero de 2006, Evo volvía con la banda presidencial sobre el pecho tras haber ganado las elecciones nacionales del año 2005 con un histórico 54%. 

En esta camioneta rumbo a Orinoca, Grover y Tadeo dicen que quieren ser como Evo.

¿Y cómo es él?

Desde aquellos días en que Evo lucía una simple chamarrita a cuadros y entraba a cualquier mercado para tomarse un api sin causar demasiado revuelo, las cosas han cambiado. Hace dos años que es presidente y es inalcanzable. Y como todo mortal, tiene sus debilidades, una de ellas, los periodistas extranjeros. Lo acompañan por cielo y tierra, todo pagado. Los nacionales, en cambio, han sido señalados como “enemigos” y más de uno ha sido vapuleado públicamente. Evo no olvida el desdén con que algunos medios lo trataban antes de que fuese presidente. 

foto correo del sur

Nosotros partimos rumbo a Orinoca, en Illasavi, provincia Carangas de Oruro, donde se llega bordeando el lago Poopó por la izquierda o por la derecha, hasta el extremo sur oeste. Antes, cuando no había camino, se demoraba un día entero para dar con Illasavi, de sol a sol viajando en un viejo camión: “colgados en las pisaderas rebalsando como floreros iban”, contará luego Esther en su casa de Oruro, haciendo un preciso gesto con los dedos de una mano.

Seis horas de viaje masticando tierra, de ida al fin del mundo pasamos por la casa de Esther, en la calle Jaén número165, en Oruro. No está, se fue a Orinoca. Su hijo es pasante de la fiesta de San Andrés. Qué casualidad. Nosotros vamos allí mismo pues corre el rumor de que Evo asistirá a la fiesta más importante de su comunidad, que se celebra en la punta misma del cerro Cuchi–Cuchi, allí donde su madre María Ayma subió a pedir la bendición de la Pachamama para Evo, el día que se fue al cuartel. Allí donde subimos con el corazón en la boca, arañando el camino que se chorrea al borde del precipicio.

Evo no llegó y Esther no aparece; la cantidad de bebida que circula entre los pocos comunarios aconseja abandonar el lugar. 

 Juan Evo junto a su mamá María. Arriba, su papá Dionisio. A la derecha, él durante su servicio militar, y a la 
izquierda su hermana Esther. 

Semanas después, nuevamente en Oruro, Esther Morales finalmente nos recibe sonriente, un diente enmarcado en oro, el resto no hay, la ropa es sencilla, el corazón grande. Dos días atrás fue Noche Buena y en la mesa hay panetón. Evo pasó la Navidad en el Chapare junto a su verdadera familia: los cocaleros, el sindicato, dice Esther algo resignada. También cuenta que a su hermano “no le guuuusta perder, no le guuuusta que le ganen, ganar nomás le gusta”. Su padre también era líder en la comunidad y ninguna reunión comenzaba sin él. “Qué diría ahora de ver al Evo presidente. Estaría a su lado también pues”, comenta con la certeza de hermana mayor y recuerda que el día que don Dionisio Morales murió fue quizá la única vez que vio llorar a su hermano Evo. 

Segundo acto / La máscara

Filemón Escóbar, tronco fundamental de las luchas sindicales mineras en el país, al igual que Evo y Dionisio terminó en el Chapare, empujado él por la relocalización del neoliberalismo que en 1986 asestó un golpe letal al movimiento obrero. Pero quién sabe aquella crisis planteaba la posibilidad de un renacimiento de raíz cocalera capaz de llegar tan lejos como fuera posible.

Eso creyó Filemón ante el liderazgo del joven Juan Evo. “Lo conocí pateando la pelota en Villa 14 de septiembre”, cuenta Filemón en su casa de Cochabamba donde vive rodeado de perros a los que carajea por cariño y por costumbre. Está algo enfermo pero se le olvida, no deja de mascar su coquita y de rato en rato alza la voz, recriminando alguna cosa, generalmente el desconocimiento de la historia política del país. 

“De carácter fuerte, rebelde, peleadorcito era el Evo, oye”, pero además “tenía tendencia a la lucha armada”, dice. Por eso el gran logro de Filemón será haber convencido a Evo de tomar el camino de la participación política vía MAS como instrumento y no así el camino de las armas, como al parecer algunos le soplaban en la oreja.

Para eso hizo falta formación política “¡a carajazo limpio!, oye”. Filemón abre grandes los ojos, pijchea su coca, agarra un libro, agarra otro, todos marcados con infinidad de papelitos de colores. “Yo explicaba allí que la lucha por la hoja de coca era política, no armada. Ya en 1997, con Izquierda Unida le propusimos que sea candidato a la Presidencia y nos mandó al-dia-blo. ¿Por qué? Porque tenía inclinaciones hacia la lucha armada”. Entonces Filemón estalla. Reniega de la gente que poco después, ya rumbo a la presidencia, rodeó a Evo. Los llama “los lineras, los quintanas y los radas” (“si lo veo al Quintana, lo mato, y al García Linera, le doy por atrás, oye”, dijo aquella vez, emputado), una izquierda obsoleta que según Filemón buscaba la confrontación, no la complementariedad de los opuestos, que era lo que él planteaba, ciertamente a contracorriente de las hormonas políticas del MAS. De ahí que Filemón, implacable como era, resultara un hombre incómodo y en 2004 fuera finalmente echado del partido que había ayudado a fundar. 

Para entonces, en el Chapare sucedían reuniones y reuniones con Evo al frente. Hablaba él y todos asentían con la cabeza. “¿Alguien más, tiene algo que decir?”, preguntaba con firmeza. En otro lado, un montón de hombres, mujeres y sus hijos, sentados alrededor de una montaña de hojas de coca, la embolsaban y metían en talegos para repartir a la gente como regalo de campaña. Evo literalmente marchaba hacia la presidencia, sin pausa, y daba la impresión de que no paraba ni siquiera para dormir. Y decir Evo era decir todo el movimiento campesino del Chapare al que seguiría luego el movimiento indígena del país por razones de piel y de historia. 

Shinaota, Chapare, septiembre de 2005. Tres meses antes de las elecciones que darán por vencedor a Evo Morales por primera vez.

fotografías APG y archivo Página Siete

Margarita Terán combina a la perfección la sensualidad de la belleza valluna, esa de piel bronceada que se desnuda sin problema en medio del río donde desata sus trenzas, suelta su cabellera negra y se baña por presas. Dicen que es la novia del candidato.

Margarita está enamorada. De Evo y del MAS. De hecho, ella se siente un poco dueña del instrumento político que antes de su fundación formal en Santa Cruz de la Sierra, se creó allí donde estamos ahora mismo, en su casa en el Chapare. Margarita recuerda ese día con la intimidad con la que habla de Evo y la diarrea que le dio después del festejo.

Para entonces, Margarita ya había sido acusada, junto con Evo, del asesinato de los esposos Andrade; él, teniente de la fuerza de lucha contra el narcotráfico. Un crimen que nunca se aclaró. Margarita enamorada dice que si no hubiese sido por ese juicio pendiente, ella y Evo se hubieran casado. En cambio Evo, que ya como dirigente concentraba la atención de sus bases, ahora que tiene la atención del mundo entero parece estar empapado del engreimiento de una potestad que intuye. De hecho, esta mañana le pregunté por Margarita. Sorprendido, optó por una media sonrisa y en el giro de vuelta dijo “los tiempos cambian, compañera” y se marchó.

Leonilda Zurita, Juanita Ancieta y Margarita Terán, mujeres fuertes del MAS, el año 2013.

Margarita cree que lo dijo por despistar a la prensa. Comprometida con el instrumento político desde sus 14 años cuando fue elegida Secretaria Ejecutiva de la Federación de Mujeres Campesinas de Centrales Unidas, Margarita estuvo en primera fila frente a la erradicación de la hoja de coca. Centenares de marchas y bloqueos, mujeres y niños por delante, como escudos. Así se fundó la Central de Mujeres. Así iniciaron las mujeres cocaleras del Chapare su participación política, cuestionando su rol doméstico aún en el ámbito político: “Yo les decía a los compañeros: ustedes nos quieren a las mujeres sólo para la cama y para la cocina, para eso nomás nos quieren”. Margarita es enfática y su compromiso no necesita mayores comprobantes. Por eso fue una sorpresa y una lástima que tras años al pie del cañón, ella acabara del modo más vulgar, zambullida en asuntos de narcotráfico (diciembre, 2008): 147 kilos de cocaína en manos de su familia pusieron finalmente sobre la mesa del debate nacional un asunto central: las sospechas detrás de las protestas cocaleras amparadas por el propio gobierno de Evo Morales que así como era presidente del Estado era presidente de los cocaleros. Una discusión que nunca prosperó. Margaritas Terán florecerán, reza un graffiti años ha abandonado.

Tercer acto / El cuadrilátero 

En una esquina, Juan Evo. Luce elegante traje negro de alpaca y varios le amarran las cuerdas de los zapatos. Sucedió muy pronto. En la otra esquina, la “media luna” en decadencia. Al centro, los nuevos excluidos. En las tribunas, ustedes. 

Evo es Presidente. Cumplidos 100 días de su primer mandato, “nacionalizó” las empresas petroleras como sostén de su modelo económico beneficiado por el millonario auge petrolero en el mundo. Repartió bonos a los más necesitados, los sacó de la pobreza, abandonaron el campo, inundaron las ciudades, sucumbieron legítimamente a las tentaciones del capitalismo consumista y poblaron también escuelas y universidades. Pero al mismo tiempo sucedió que agotado el gas, agotado el dinero, no había Plan B. Buena parte de esos millonarios ingresos estatales fueron dilapidados escandalosamente. ¿Qué pasó?

Pasó que Juan Evo, coronado de entrada cual rey en Tiwanaku el mismo día que asumió el gobierno ese épico enero de 2006, comenzó a encarnar aquella figura ideada por su entorno más próximo, aquel de “los lineras, los quintanas y los radas”. Fue como si Álvaro García Linera, su vicepresidente y  sustituto de Filemón en el lugar del maestro, materializara en cada gesto de Evo sus más caros sueños. 

Muy pronto quedó atrás aquella imagen de un Evo fuerte pero capaz de quebrarse, al borde de las lágrimas, el día que Álvaro lo ungió como Presidente. Más lejos aún quedaron las escenas de un Evo que se confesaba nervioso frente a imponentes auditorios plagados de empresarios de camisa y corbata o altos jefes militares que lo miraban desde arriba.

Dos años en la presidencia y Juan Evo era un pez en el agua. Ídolo de masas, sobre todo masas cocaleras. A nombre de la dignidad nacional había expulsado del Chapare a la agencia norteamericana para el control de la droga DEA (noviembre, 2008), alimentando sospechas sobre el verdadero destino de la hoja de coca. Antes se había aprobado la nueva Constitución Política del Estado (diciembre, 2007) que, además de reivindicar la identidad pluriétnica y multicultural boliviana simbolizada particularmente en la wiphala, lo hacía también con la hoja de la coca. No cabía duda, Evo estaba en la cima y quería más, quería ovación. 

Pero el rey muy pronto estuvo desnudo y nadie se atrevió a decirle.

“En general, sus ministros son sumisos y le temen. En una reunión de gabinete pidió que lo criticaran. Nila Heredia (…) le dijo que muchas veces salía apresurado a hacer declaraciones y le reclamó que tuviera más en cuenta a los ministros. Evo se enojó y le contestó, pero Heredia subió en su consideración. (…) Los ministros dóciles se sienten obligados a ejecutar ideas de Morales que no siempre comparten (…). El Presidente se enoja con los funcionarios cuando los ve despolitizados, haraganes y poco comprometidos. No siempre promueve la discusión”. Así contó el periodista argentino Martín Sivak las intimidades del Presidente (Jefazo, p.322)

 Gabriela Zapata dejó a Evo maltrecho para siempre.

Siempre rodeado de sus seguidores, Juan Evo estaba sin embargo solo. Así se lo vio el 6 de agosto de 2008, por ejemplo, uno de tantos aniversarios patrios que habría de cumplir a lo largo de su gobierno, escuchando la misa del Te Deum en la catedral Metropolitana de La Paz, como quien no tiene a dónde ir. Ese gesto solitario se repitió varias veces en esta larga década como en todo matrimonio pasado de años.

Aparentemente Evo demandaba crítica –y verdad– pero obtenía idolatría. Hasta que finalmente se acostumbró. 

Cuarto acto / La costumbre / El ocaso 

Tanta costumbre hizo pensar a Juan Evo que quizá podría gobernar eternamente. Alguna vez dijo que “no estaba preparado” para dejar la presidencia, y así le hizo saber hace poco a un periodista en México cuando comentó su extrañamiento del país: “estoy acostumbrado a trabajar, a ser presidente”, dijo con la naturalidad precisamente de la costumbre.

Evo ganó dos elecciones legítimas consecutivas (2005 y 2010). La tercera fue tramposa (2014) y la cuarta (2019), ya ilegal luego de desconocer el resultado desfavorable para él en el referendo de 2016, no tuvo mejor idea que cometer un fraude tal que sucedió lo impensable: salió del gobierno y del país ante la presión popular, igual que Sánchez de Lozada, el gringo presidente que él mismo ayudó a tumbar.

Los giros de la historia suelen ser crueles también para el pueblo, porque con catorce años en el poder, Juan Evo repitió las malas costumbres del caudillismo autoritario (invadió todos los órganos del Estado, no hubo quién fiscalizara y la corrupción se instaló como nunca antes en la historia del país). Y superó sus formas.

 Álvaro García Linera materializaba en cada gesto de Evo sus más caros sueños.

Así apareció en escena Gabriela Zapata, una rubia que resultó ser su exnovia y que como ejecutiva de una empresa china hacía negocios con y desde las oficinas del propio Estado. Con ella Evo aceptó haber tenido un hijo, que así como apareció desapareció dejando a Evo maltrecho para siempre. Aquella fue una burda anécdota; el “proceso de cambio” se  había degradado ya de múltiples maneras. 

Cinco años antes, en septiembre de 2011, los indígenas de tierras bajas marcharon a La Paz durante más de dos meses en defensa de su territorio. El gobierno de Evo los reprimió brutalmente. Evo develó entonces que el discurso pacahamamista era de dientes para afuera (carbonizado luego en 2019 con el incendio de la Chiquitanía) y, más grave aún, aquella fue la evidencia de la arremetida cocalera en territorio protegido, ratificando las sospechas sobre la buena salud del narcotráfico bajo la mirada condescendiente del gobierno cuyas preferencias por los cocaleros del Chapare fueron evidentes. Allí construyó Evo un aeropuerto internacional de 36 millones de dólares, como ninguno en el país, para apenas 21 mil habitantes además de una planta de úrea, buena para la hoja de coca, con 953 millones de dólares, una inversión nunca antes vista en la historia de Bolivia. 

El corazón de Juan Evo siempre estuvo en el Chapare.

Hay un documental (Coca Leaves, Roberto Lanza) cuyas imágenes son elocuentes. Está Evo en el Chapare, jovencito, un día del año 2002 cuando policías lo sacan a empujones en medio de la gente que arropa a su dirigente. Evo luce asustado, lleva puesta una sencilla chamarra a cuadros claros. Se sobrepone la misma escena con gente que rodea, empujonea y arropa a Evo, esta vez Presidente electo rumbo a su investidura en el Congreso Nacional. 

Catorce años más tarde, Evo está nuevamente en el Chapare frente a las cámaras de televisión. Lo acompañan Alvaro García Linera y la ministra de Salud, Gabriela Montaño, nadie más. Ante la evidencia del fraude cometido en las elecciones del 20 de octubre, Evo lee su renuncia y parte derrotado rumbo a México. Es lunes 11 de noviembre de 2019. Días después está sentado frente a un periodista de la BBC con una sencilla chamarra a cuadros y el gesto descompuesto. Ese de ahí ya no es el mismo hombre de 2005. El rudo Juan Evo tiene ahora un museo de 7 millones de dólares para honrarse a sí mismo en Orinoca. Me pregunto qué dirán hoy Grover y Tadeo.
 

 

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