AÑO NUEVE / 1959

Cuba. El gladiador insular

“Imperialismo cubano” podría entenderse como un concepto contradictorio. No debería serlo. Desde hace 60 años, partieron de la isla legiones completas de conspiradores con rumbos diversos y disparatados. Durante algún tiempo las creímos fuerzas sociales beligerantes; no eran más que agentes de un Estado caribeño monopolizado por una oligarquía de héroes envejecidos.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:14

Rafael Archondo

Si en algo coinciden expertos de todos los bandos es que tras la Revolución triunfante de 1959, Cuba siguió resignada a ser un enano económico aunque, en compensación, se convirtió en un gigante geopolítico. Hasta hoy, no produce ningún bien material relevante, pero sigue exportando servicios ideológicos de efectividad letal.

Dice Elizabeth Burgos, una de las personas que mejor conoce las intimidades del régimen cubano, que a Fidel Castro nunca le interesó la economía y que concentró todas sus energías en la política, actividad de la cual extrajo lo suficiente para poder dominar a la sociedad cubana incluso después de muerto. Es extraño que en tantas décadas el marxismo no haya producido aún una teoría orientada a desnudar a la actual clase gobernante cubana y sobre todo a sus métodos para extraer cínicamente plusvalía del esfuerzo de sus trabajadores sanitarios u hoteleros. La izquierda es magistral para desentrañar las pifias del capitalismo, pero nunca abrió la boca para denunciar casos como el de unos excomandantes que se encaramaron a perpetuidad en el monopolio de las decisiones estatales para esquilmar cruelmente a sus conciudadanos.

Desde hace 60 años, el gobierno monopartidista de la isla, además de empobrecer dramáticamente al país, se especializó en organizar complots en todos los países del globo, pero con especial predilección en América Latina.  Fue gracias a esa labor que consiguió convertirse en un actor mediano o en un intermediario diligente de la Guerra Fría. La vanidad incurable y el carisma innegable de Fidel Castro aportaron a este logro, con el cual conquistó también la adhesión de cientos de intelectuales del planeta que defendieron fanáticamente las banderas de La Habana con el único rédito de poder batirse con sus respectivas élites locales. En cada país, endiosar a Fidel equivalía a marcar distancia con las capas más acaudaladas de la población y ayudaba al portador a transformarse en un referente justiciero. 

A fin de tonificar sus músculos geopolíticos, el estado revolucionario cubano organizó el Departamento América, a la cabeza del comandante Manuel Piñeiro Losada. Este hombre, más conocido como Barbarroja, invirtió décadas de su vida a “exportar” la revolución al continente.  Casado con la vulgarizadora más famosa del marxismo, la chilena Martha Harnecker, Piñeiro desarrolló una red tupida de contactos con las organizaciones políticas latinoamericanas inclinadas a ingresar a la lucha armada.  Cuba invirtió millones de rublos en cursos de adiestramiento, compra de armas, falsificación de documentos, cirugías plásticas, boletos aéreos vía Argel o Praga, uniformes, libros y revistas.  

¿Estuvieron informados los rusos de estas operaciones?  Aún es opaca la información al respecto. Muchos creen que los soviéticos las rechazaron y que incluso condicionaron su ayuda al cese de la injerencia caribeña en los asuntos internos de tantos países. Sin embargo ha quedado probado que las acciones del Departamento América fueron llevadas a cabo incluso contradiciendo los intereses de los partidos comunistas locales. Pese a ello, nunca vimos una fisura entre Moscú y La Habana motivada por tales abusos. La alianza entre Castro y los sucesivos premieres del Kremlin se mantuvo inalterable hasta la implosión de régimen comunista ruso. 

En Bolivia

Tomemos ahora una muestra de las operaciones llevadas adelante por este imperio de Alasitas que sigue siendo Cuba para el mundo. En nuestro país, el Departamento América cometió numerosas “travesuras”, rigurosamente documentadas por los historiadores y olímpicamente ignoradas por la izquierda bien pensante del país.  Ignorar las tropelías cubanas fue ritual de 14 años de gobierno del MAS, en los que el avión presidencial aterrizó tantas veces en La Habana como en Caracas. 

En 1966, la Revolución cubana engañó al Partido Comunista de Bolivia (PCB) organizando a sus espaldas un foco guerrillero al mando del Che Guevara. Cuando el destacamento ya estaba instalado en Ñancahuazú, mandó a llamar al máximo dirigente del PC boliviano, Mario Monje Molina, para darle cuenta con lo obrado y sugerirle que se sume a los combates.  La invitación fue descartada y la guerrilla diezmada en menos de un año. Meses después, Castro se ocuparía de aniquilar moralmente a Monje tachándolo de “chovinista, incapaz, charlatán, maniobrero y seso hueco”.  Así el Che se transformaba en guerrillero heroico. Todo Cristo requiere de un Judas que explique su crucifixión sin restarle brillo. 

Cuba jamás confió en Monje (“ninguna simpatía”, escribió Castro) y sin embargo se atrevió a culparlo por el fiasco de Ñancahuazú. En 1969, cuando el grupo combatiente de Teoponte había ingresado a la fase irreversible de las reyertas, Cuba canceló su respaldo a la misión. La decisión unilateral molestó al Inti Peredo, jefe del grupo, quien moriría días después sin denunciarlo, en manos de la policía. “Estamos solos, podemos entrar al monte sin su ayuda”, habría dicho el Inti, abrumado por la furia. Una vez cancelada su ayuda, Cuba se asignó el derecho a sabotear el proyecto. No solo ordenó impedir la salida de combatientes hacia Bolivia sino que ofreció becas a quienes desertaran. Los muertos de Teoponte deberían pesar aún sobre la conciencia de la Revolución Cubana.  Obviamente nadie les dijo traidores. Denostar al adversario era prerrogativa única de Fidel. 

Tras traicionar al Inti, el Departamento América siguió operando en Bolivia ofreciendo entrenamiento militar a quien lo solicitara. El efecto concreto fue la fragmentación generalizada de la izquierda boliviana. Las fisuras proliferaron en todas las siglas e incluso alcanzaron a la del Movimiento Indio Tupaj Katari (MITKA). 

Sin embargo, como corresponde a agentes estatales más que fuerzas sociales beligerantes, Cuba terminó sentando sus cabales en el MAS de Evo Morales de la mano de la Fundación Che Guevara y de su ejecutivo principal, Antonio Peredo Leigue, el hermano del Inti, quien fue su candidato vicepresidencial el año 2002. A partir de ahí, la influencia cubana en el país alcanzó su cúspide más alta. La historia de década y media de injerencia está aún por escribirse.
 

 

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