MAnGO DE OZ

El anuario del Mango

Ninguna esquina, ningún rinconcito paceño donde se venda algo de comer escaparán a los latidos del paladar de este Mango que es de Oz
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:10

Óscar Martínez

Este año he podido revivir algunas experiencias culinarias gracias al boom de la nueva cocina boliviana y todo lo que ello signifique. Y este boom es un redescubrimiento de que en Bolivia la comida no es para nada fea, sino que sufre –al igual que muchas otras cosas de la bolivianidad– de una mala fama crecida a fuerza de la desidia de algunos personajes que no entienden que la comida boliviana está íntimamente ligada con su historia y sus avatares. De ahí que luego querer compararla con la comida peruana, por ejemplo, es un desgaste innecesario en explicaciones de la guerra del Pacífico y el por qué en las calles de La Paz el ceviche ha venido a suplir los viejos picantes que hacían resucitar a los abuelos.

Pero rescato entre las muchas notas del rescate, por ejemplo la jakonta bicentenaria, elegida como el plato número uno de los comensales del Mercado Yungas y que tenía como acompañante principal las historias de los beneméritos de la guerra del Chaco; o la melancolía de los riñoncitos de la Cancha Zapata, entre los vórtices de los boliches “jai” de Sopocachi, de los burdeles de la Capitán Ravelo (ahora personaje de Periférica Boulevard) y la sempiterna somnolencia de los taxistas.

Si me dan a elegir a comer entre lugares ultra refinados (que está bien que existan) y las esquinas o puestos populares, prefiero lo segundo y no es por posero sino por las historias. Por eso me congratula que muchos amigos y amigas hayan ido de visita a comprobar si existía el nazi de la salchipapa y darse cuenta que en la literatura, y quizás en la vida misma, la realidad siempre supera a la ficción: salir huyendo de los gritos de un salchipapero un viernes a las 03:00 am.

Queda también servido el misterio del falso conejo y su nombre, que nos da a entender que nos están dando gato por liebre, y si sería justo que en honor al cuento del tío se haya popularizado este suculento plato nacional. El falso conejo es sin duda agonía del antojo de las y los compatriotas que vienen de lejos a sus montañas recordadas.

Faltan muchas salchis de muchas villas por conocer. Falta hablar y preguntarse como será el sabor de los honguitos   (miniparrilla) estando sobrio y si existe de repente una radio clandestina que todos los honguitos de todas partes del mundo sintonizan para ponerte esas cumbias de after llenas de historias de desengaños, calenturas mal resueltas y a veces hasta desamor. Y uno con su vacío al frente, moqueando de tanto picante con el corazón hecho picadillo igual que tu vacío, solo que sin chimichurri y con mucha soledad.

Falta también hablar de un domingo especial del gran Ricky (uno de a los pocos estronguistas acérrimos al que tengo afecto) que ha heredado su quiosco de calditos de pollo y thimpus gloriosos en la plaza Villarroel. De cómo es quien más ha prosperado y justo por eso ha mandado a pintar todo el quiosco con rayas amarillas y negras, además de uniformar a los empleados (hay un mesero al que le dicen "el Dengue") con mandiles de los colores del Strongest. Entonces, por mortificarlo uno va a comprarle el domingo a las 7 después de salir victorioso de los clásicos y estando todos cabizbajos da la sensación de que estás siendo rodeado por el enemigo que con sendos platos de sajta o caldo de pollo te hacen saber que en esa esquina siempre habrá un ganador. Tan buen tipo el Ricky. Siempre que estoy contento le digo “voy a escribir de vos, Ricky, este domingo vas a comprar el diario”. Y luego me acuerdo que mi abuelito le decía Papaya al refresco y la Power a Electropaz, entonces le digo “el diario Página 7 vas a comprar, pero el domingo nomás”, y él me dice que ya, que bueno, pero que esta vez seguro y que me va a yapar un huevo duro. Te debo Ricky, que me salves de los chakis fuleros de los sábados por la tarde y los domingos a mediodía, donde nada importa ya.

foto facebook Ricky

Y le debo también unas líneas a mi casera, esa viejita con su sartén destartalado que todos los jueves y viernes salía a vender sus rellenos de papa en una esquinita de la avenida Illimani. Escondida, agazapada en una esquina en plena oscuridad. En silencio, como queriendo no molestar a nadie con su presencia y sus rellenos medianitos, bien fritos, crocantes, con huevo duro y pasa, y ella con sus platillos plásticos con bolsita naylon y su ensalada de lechuga y su llajua picantita, con sus asientos diminutos, el anafe diminuto, el sartén diminuto y ella diminuta pero con su corazón al fondo del mismo tamaño del Illimani en la oscuridad. A veces salgo a buscarla y no la encuentro y me da pena pensar que quizá no volveremos a charlar ahí en silencio, como nos gustaba estar para saber que nos conocíamos y que gracias por estar.

Tantas esquinas y esquinitas, toldos y tolditos de los que en el 2020 hay que hablar.
 

 

 

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