AÑO NUEVE / 1989

La desaparición del miedo

Un viaje en tres tiempos a Alemania (Oriental), antes, durante y después del derribo del Muro de la vergüenza.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:15

Robert Brockmann

Antes

Mi primer cruce de la frontera entre las dos alemanias, entre el mundo capitalista y el comunista, ocurrió en abril de 1986, tres años y medio antes de la caída del Muro de Berlín. Iba de Múnich a Berlín en tren y, conforme nos acercábamos a la frontera del país dividido, gradualmente enmudeció primero el sonido. Luego, enmudeció el color. Todavía estábamos en la Alemania Occidental, pero la cercanía de algo siniestro se percibía en los bosques de pinos cada vez más polvorientos, en las rieles que se hicieron saltonas, en la lentitud creciente del tren. Las conversaciones de los pasajeros se volvieron murmullos y las miradas se tornaron nerviosas. El tren paró. En algún momento habíamos cruzado la frontera. ¿O no?

Estaba en un vagón muy posterior, porque desde mi ventana no se veía la estación, sólo una casa pardo grisácea cubierta de polvo, rodeada de pinos mustios. Mucho rato de espera. “Ni se te ocurra tomar fotos”, me dijo alguien que me vio desenfundando mi Yashica. La guardé al fondo de mi mochila. Se escuchaba a los guardias de la Volkspolizei, los Vopos, acercarse haciendo  controles. Puertas de metal que se deslizaban y cerraban de golpe. Primero vi a los Vopos afuera, inspeccionando debajo del tren con sus espejos de mango largo, tipo selfie–stick. De pronto la puerta de nuestro compartimiento se abrió de manera brutal. Uniforme verde, ojos azules y pelo rubio grasiento, un hombre bloqueaba todo lo alto y ancho de la puerta, sus dedos como salchichas en el vano de la puerta. “¡Pasaportes!”, ladró. Otros dos iguales a él entraron detrás, no sé cómo, en ese espacio diminuto. Mientras uno revisaba papeles, los otros fisgoneaban el equipaje. Los uniformes de la República Democrática Alemana eran exactamente los mismos del Tercer Reich, menos el águila y la esvástica. A diferencia de las películas, estos venían con olor a cuerpo humano. Los ojos azules verificaron cada rasgo de cada rostro con cada foto de cada pasaporte. Lo revolvieron todo y pasaron al siguiente vagón. Tras más espera, el tren empezó a arrastrarse penosamente. Las rieles te meneaban, como en cualquier viaje a Uyuni.

La lentitud del resto del viaje dentro de la patria de Marx te permitía apreciar las diferencias entre los sistemas capitalista y comunista. No podía dejar de comparar la vívida, dinámica, luminosa Alemania Occidental, donde hasta lo rural era bucólico y hermoso, comparado con aquella mustia, terrosa, gris y silenciosa Alemania Oriental. “Tristeza” es la palabra que resume la vida en la RDA. Pasamos por Leipzig, Halle y Magdeburgo, donde el paisaje de decadencia urbana y la paleta de colores se repetían. 

La RDA construyó el muro alrededor de Berlín Occidental en 1961 para evitar que su gente siguiera huyendo a buscar refugio en ese oasis. También construyeron un muro inexpugnable a lo largo de toda la frontera entre las dos Alemanias. Los comunistas lo bautizaron “el muro antifascista”, pero las ametralladoras en las torres de vigilancia apuntaban a los que querían huir, no a los que quisieran entrar (nadie).

Durante 

Hamburgo, 9 de noviembre de 1989, p.m.

Terminé de planchar mi ropa y me disponía a irme a la cama en el altillo de la casa que acababa de alquilar, cuando sonó el teléfono. Era Dieter, amigo, fotógrafo y colega de la Agencia Alemana de Prensa (DPA). Me dijo: “Vámonos a Berlín, te busco en 20 minutos, pon la tele” y colgó. No tenía tele pero la radio informaba, algo confusamente, acerca de que el gobierno de la RDA había concedido a su gente permiso para viajar. Vaya noticia. Lo próximo que recuerdo es que, ya dentro de la RDA, recorrimos la muy oscura carretera que conecta Hamburgo con Berlín, diseñada por los comunistas para no tocar ninguna población; un corredor realmente. 

En el auto reinaba la excitación entre los cuatro ocupantes. Los primeros kilómetros dentro de la RDA fueron oscuros y solitarios;  luego… un carnaval. En la distancia se apreciaba una interminable hilera de faroles acercándose por el carril contrario de la carretera. De allá venían innumerables automóviles, todos Trabant y Wartburg, los dos únicos modelos fabricados en la RDA. Era un éxodo festivo. Todos venían sobrecargados de gente riendo y gritando, con brazos, con botellas y banderas saliendo por las ventanas, y muchos, muchísimos, cargados con maletas y hasta muebles sobre el techo y la maletera. Era gente que se iba con todo y no pensaba volver. El resto del viaje fue celebrar esa fiesta móvil.

 Ya en Berlín, la alegría era indescriptible. Extraños totales se abrazaban y se besaban y lloraban juntos al pie mismo del muro, con los Vopos reducidos a la impotencia, rehusándose a participar de esa felicidad. La RDA se vaciaba. Berlín Oriental quedaba vacío y oscuro, como siempre había parecido. En cambio, burbujas de luz surgían de la fiesta en Occidente.

Al día siguiente pedí instrucciones a mi oficina. Hasso, mi jefe, había estudiado en el Instituto de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Rostock, y yo debía entrevistar en español al director. Encontré al director alicaído, sentado tras su escritorio. Papeles tirados por todo el piso, el hombre estaba abatido; su universidad de ladrillos rojos, desierta. Parecía una escena de la derrota del Tercer Reich. No pudo articular ideas. Estaba destruido. Decidí irme. 

De regreso en Hamburgo, un par de noches después, en la parada de buses de Poppenbüttel me encontré a un joven de mi edad sentado bebiendo, evidentemente borracho, pero exultante de felicidad. En esos pocos días había aprendido a distinguir la típica vestimenta del socialismo realmente existente: una chamarra de bluejean de manufactura bastante ordinaria. Me dijo que había llegado sin plan y sin dinero, pero que no pensaba regresar. “No puedo ser más feliz”, sonreía. Era aprendiz de cerrajero en Leipzig dijo, aunque el alcohol le hacía pronunciar Lepshg. Hacía falta apartar a tantos Trabants abandonados.

Después

Volví a Berlín en el verano (boreal) de 1990 con mi hermano Erwin, a recorrer el ex Berlín Oriental en bicicleta. Las iniciales de la RDA en inglés eran GDR, de German Democratic Republic, que algún astuto había cambiado por “Gradually Disappearing Republic”. La RDA se disolvía como tableta de redoxón. El Muro seguía allí, pero carcomido, perforado, mordisqueado por todas partes. Uno podía ir a extraer su propio pedazo o pasar de Occidente a Oriente por grietas y boquetes ante la vista de los Vopos, a pesar de todavía existir pasos oficiales, como el Checkpoint Charlie. De hecho, Erwin y yo pasamos nuestras bicis por un boquete a 10 metros de un Vopo, muy cerca del Reichstag. Todavía era formalmente otro país, pero nadie nos pidió pasaporte ni revisó nuestras fotografías ni nos preguntó nada. El uniforme verde de los Vopos se había convertido en un pedazo de tela verde. El miedo había desaparecido y el Muro, cuyo cruce había costado tantas vidas, era una coladera que ya no significaba nada.
 

 

 

 

 

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