Chernóbil:Las cosas que perdimos en el fuego

Dicen que la diferencia entre horror y terror es el tiempo. Mientras que el terror es la anticipación de lo horripilante, el horror es la reacción a lo aterrorizante. Entonces, eso que siento cuando veo Chernobyl, la miniserie de HBO, ¿qué es?
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:14

 

 

Adrián Nieve

Creada y escrita por el guionista Craig Mazlin, esta miniserie tiene varias cualidades que la hacen brillante. Sí, la cinematografía, la producción, las actuaciones, todo eso contribuye a entregar un producto poderosísimo, pero lo mejor que tiene esta producción es el guión que se toma el trabajo de hacer simple lo complejo y lo logra al ficcionalizar hechos reales sin nunca faltar a la verdad. ¿Ésto, de las manos del tipo que escribió las tres películas de Hangover? Pues sí. 

Treinta y tres años después de la explosión de la central nuclear de Chernóbil en el poblado de Prípiat, nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos como iguales– estamos sentados frente a una pantalla viendo la serie y horrorizándonos con lo que vemos. ¿De verdad? ¿Ésto es posible? ¿Cómo es que recién me estoy enterando? ¡Qué horror!

Pero terror y horror son lo que alimenta a Chernobyl. Es un pasado que hoy está muy presente. Eso lo veo en una escena del primer episodio de la miniserie que funciona como un espejo de nuestra actualidad. La explosión acaba de suceder y es de noche, pero eso no evita que la gente se junte en un puente a observar el fuego en la lejanía. “No vi la explosión. Sólo las llamas”, dice alguien en Voces de Chernóbil, el libro de Svetlana Alexiévich, y eso es lo que pasa en esta escena. Gente común, gente del día a día –niños, ancianos, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, perros, gatos–, todos están parados en un puente mirando el fuego y el humo, ese que se eleva en el horizonte y trae algunas cenizas al puente, mientras que la cinematografía se encarga de recordarnos que esas cenizas en el aire, ese humo en la lejanía, están matando a esa gente. Hay un veneno imperceptible llamado radioactividad que los está condenando sin que ellos puedan saberlo. 

¿Cómo le llamas a eso? ¿Terror? ¿Horror?

Otra escena. Tres hombres sentados bajo un cartel de propaganda gubernamental que reza: “Nuestro objetivo es la felicidad de toda la humanidad”. El trío acaba de terminar una tarea ingrata: matar a todos los animales de la zona, domésticos o salvajes, para evitar que la radiación se propague. Con fusiles recorrieron Prípiat y sus alrededores repartiendo balas, porque a los animales no se los salva, no se les da tratamientos –ese es beneficio humano–, a ellos se los sacrifica y se los lanza a una fosa común que luego será cubierta por cemento y olvidada. Así nomás. Sin placas, sin medallas, sin nada.

Claro, los animales no votan.

En el último episodio, un pez gordo del gobierno soviético dice: “¿Por qué preocuparnos de algo que no va a suceder?”. Esa debe ser la mejor frase de toda la miniserie. Sí, hay muchas más intensas como: “Cada mentira que contamos es una deuda con la verdad”, pero yo me quedo con esta porque demuestra algo que en la serie se refuerza constantemente. Esta catástrofe no solamente fue consecuencia de errores muy humanos sino que nadie aprendió nada de ello. Sí, muchas vidas cambiaron. Sí, mucha gente adquirió conciencia. Sí,  Craig Mazin llenó cinco horas de nuestras vidas con los horrores y terrores de vivir en sociedades burocráticas. Pero nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos como  iguales–, ¿aprendimos algo?

Cuando pasó lo de Chernóbil, la postura oficial del gobierno fue que una catástrofe nuclear global no era posible en la URSS. Es decir que el gobierno soviético intentó ocultar la verdad.  Salto a este año, 2019, cuando los medios oficiales –léase oficialistas– rusos declaran que Chernóbil es un embuste, que ellos sacarán su propia serie sobre un agente de la CIA y su rol en la catástrofe. Unos meses después hubo una explosión nuclear en una base militar cerca de Nyonoska. Unos meses más y fuego en la Chiquitania, fuego en la Amazonia. Y entonces las historias se repiten: ni Rusia, ni Brasil, ni Bolivia son capaces de mirar sus problemas de frente. Las motivaciones varían, pero el efecto sigue siendo el mismo. Una huella queda en el planeta en forma de ciudad fantasma en la que sobreviven perros y gatos vagabundos, durmiendo encima de las tumbas anónimas de sus antepasados, y animales envueltos en llamas desaparecen de la faz de la tierra, reducidos a cenizas en bosques calcinados.

Chernóbil, la serie, el evento, es hacer evidentes los horrores y terrores de la burocracia. Entender que el peligro más grande somos nosotros, porque somos quienes ayudamos a que la gente que está en el poder se mantenga arriba; somos quienes nos conformamos con tres chivos expiatorios y no asumimos la responsabilidad que también nos toca por los líderes que ayudamos a elegir. “¡Yo no voté por ese tipo!”, estás diciendo, pero recuerda: eres parte del nosotros colectivo, somos quienes tenemos que vivir las consecuencias del fuego, del humo, de todo lo que pasó en Chernóbil, en la Amazonia, en Roboré. 

Somos ese grupo de gente mirando el fuego desde el puente, respirando los humos radioactivos que trajo la explosión, muriendo porque no sabemos el verdadero alcance de las consecuencias. Somos ese incremento del 30% en el turismo a Chernóbil desde el estreno de la miniserie. Somos esos que marchan y ayudan cuando aparece la catástrofe, pero que vamos perdiendo la noción de terror y horror que conocimos al incinerarnos. Somos esas publicaciones de Facebook que solo quedan en palabras, que nunca pasan al acto y luego se preguntan qué fue lo que pasó, cuando en el fondo la culpa la tenemos nosotros –el nosotros colectivo, el que nos reduce a todos como iguales–.

Estamos tranquilos porque no sabemos cuántas cosas perdimos en el fuego.
 

 

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