Croniquita

En los bloqueos una se conoce

Las urgencias de la vida son las urgencias del corazón, y para ellas no hay bloqueo insuperable. He aquí las curvas de un camino.
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:13

Lucía Camerati

La gente empezó a correr como hormiga para subirse al camión que se había animado a llevarnos. Estábamos desamparados, ahí con nuestros kepis en el camino. Ella y yo corrimos, corrimos como nunca en nuestras vidas, corrimos pensando que sería la única salvación del día. En el camino pueden suceder grandes milagros o la peor de las desgracias. Todo apuntaba a que debíamos esperar ayuda divina.  

Un día antes, en reunión editorial, nos informaron que Domitila Barrios había fallecido. Cómo no ir al entierro y buscar una entrevista con alguna de sus nietas. Había que ir a Cochabamba y volver con una entrevista. Todo parecía sencillo hasta el momento en que llegué a una terminal cerrada. Se cancelaron las salidas porque había bloqueo de caminos. Éramos muchos los desesperados por viajar y nos dijeron que si llegábamos a 30 personas lo lograban. Parecía un gran cuento del tío bajo nuestra responsabilidad, obvio, pero sabíamos que nos iba a ir como en feria. Logramos llegar a los 30, siempre hay gente que quiere viajar. Yo debía llegar sí o sí al medio día para el entierro. 

Diez de la noche y nos lanzamos a la aventura llenos de fe. Todo bien hasta las cuatro  de la mañana, cuando el bus se detuvo. Nos quedamos callados por varios minutos esperando algún movimiento y nada. Los hombres fueron los primeros en moverse y salir y, por lo visto, irse; parecía sencillo. Una se imagina que al otro lado del bloqueo hay trasbordo y listo. Todos los hombres se fueron, quedamos unas cuantas mujeres solas y algunas con sus hijos. Una de ellas se animó levantando a sus hijos y me uní a la aventura. Nadie quedó en el bus trancado. 

Hay todo tipo de viajeros en Bolivia: los que no llevan nada, quizá sólo una billetera, los de mochila, los que cargan maletas aparatosas y las que llevan aguayos. De todo había esa madrugada. No recuerdo si había luna, pero había luces que nos mostraban la hilera de cientos de camiones y buses a lo largo del camino. Éramos viajeros mal dormidos, caminantes de asfalto en fila india, siguiendo al que está delante. A algún lado teníamos que llegar. Camión viejo, camión lleno, camión destartalado, camión industrial, flota, flota, flota, fierro tras fierro, olor a hierbas de valle, de nuevo camión. Caminar entre buses era camino asegurado, sabes que no te vas a perder, sabes que todos van por tu ruta. 

Aun recuerdo a esa mujer que cargaba una wawa y dos niños con maleta aparatosa. Los niños se cansan, los niños quieren hacer pis, los niños quieren dormir y comer. Los niños lloran en el camino cuando caminan a las 4 de la mañana.

No quedaba otra que llegar al punto de bloqueo para tomar un carro directo a Cochabamba. Prohibido claudicar si ya habías salido del bus. Nos enteramos que el punto central del conflicto era Parotani. —Es cerca a la ciudad –nos decían. —En carro será –yo decía, desconfiada. Era que filme ese bloqueo, era que saque fotos de los niños arrastrando la maleta de su mamá. Pero había que guardar batería para el funeral. Entonces, a seguir caminando, hasta que tipo seis de la mañana, ya con el cielo celeste, apareció una chica de unos 20 años sin mucho abrigo y con un contenedor de helados en los brazos. 

A esa hora de la caminata en patota, todos nos dábamos aliento. Pero allí nos encontramos solas, cada una con su misión. Miramos hacia abajo y los caminos se desplazaban como serpientes; era de nunca acabar, sólo quedaba hacer atajos. Lo hicimos con algunos que se atrevieron, yo con mi poncho y mochila, ella con la caja de helados. No pude con mi curiosidad, y uno de esos ratos le pregunté qué siempre llevaba con tanto cuidado. Me dijo que llevaba ropa para su papá, que lo habían internado de urgencia en Santa Cruz. Es ahí cuando te pones a pensar que la gente en este país no siempre viaja por gusto sino por urgencias, porque es necesario llegar de un punto a otro porque hay que apagar un incendio y enterrar a un muerto. 

Llegamos a Parotani a las siete de la mañana. Ella y yo decidimos no separarnos para charlar y tomar decisiones en el camino. Desayunamos  linaza caliente. Descansamos de rato en rato. Al llegar al pueblo pensamos que ahí todo podía ser fácil y no. No había nada, sino otra hilera de buses dispuestos en el sentido contrario. Llantas quemadas, palos grandes, barricadas de gente enojada. ¿Dónde estarán esos niños con su madre? 

Caminamos un rato más y ahí la gente gritaba desesperada ante un camión que había decidido ayudarnos. Ella y yo corrimos, corrimos como nunca en nuestras vidas, corrimos pensando que iba a ser la única salvación del día. De alguna manera lo fue; no sé cómo ella se dio la forma de subir, pero en estos trotes no puedes ser una señorita, te vuelves Rambo saltando por encima de la gente y de las llantas, y te subes al camión como una experta. Y allí íbamos, alrededor de 50 viajeros. Yo sólo podía ver nuestras cabezas; parecíamos un ganado que hablaba, que gritaba, que no se entendía. El camión tenía que cruzar semejante bloqueo y decidió sin preguntar desviar y bajar por el río. Tambaleo y tambaleo, nos dejábamos llevar por un destino tambaleante, lento, de contrabando, de gente desesperada. Parecía una escena perfecta de cine iraní, me decía yo, cabezas tambaleando en el camino. Logramos cruzar el río y subir  no sé por dónde y retomar el camino ya expedito. 

Alegría al bajar, todos saltando como se puede, con miedo, sin saber qué pie bajar primero, hombres ayudando, chicas gritando al no saber cómo saltar. Ella y yo nos bajamos tranquilas y decidimos caminar optimistas hasta Cochabamba. El esmog nos decía que estábamos cerca;  parecía a la vuelta de la esquina, pero no, las esquinas y las curvas siempre engañan. 

Ya en pleno camino aparecieron muchas motos. Otra vez los niños y sus maletitas entraron en escena, parecían tener más fuerzas porque esta vez reían y corrían. Hicimos “dedo” para que cualquiera de las motos nos llevara  hasta donde pudiera. Nos dejó en otra barricada, por 10 bolivianos.  Allí nos quedamos como una hora, y yo debía estar en Cochabamba al medio día, ¡qué estrés! Las motos pasaban y repasaban delante nuestro y los conductores se reían de nosotras. Nos cansamos de rogar que nos llevaran y nos sentamos esperando que apareciera un milagro y nada. Hasta que la vi desalentada: colocó el contenedor de helados en el piso, se sentó firme sobre él y me dijo que me vaya. No podía dejarla ahí, en pleno camino, solita: era mi compañera de aventura. Pero estaba decidida, se había cansado demasiado de la situación. Así que me despachó en la primera moto. 

Nunca olvidaré la imagen de esa chica, quedándose en el camino, haciendo el sacrificio de separarse, sentada sobre el contenedor con la ropa de su papá enfermo. Haciendo “dedo”, después de cinco motos y un dineral, llegué a Cochabamba para el entierro de aquella que decía que el enemigo principal era el miedo. Después de la misa, había que caminar unas tres horas hacia el cementerio. Ese día caminé doce horas exactamente. Logré las entrevistas alrededor de mineros y campesinos que habían caminado toda su vida por sus luchas y pedidos. La vida se da sus formas para hacerte entender las diferentes perspectivas de un camino. 
 

 

 

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