CARTA A UN FÉNIX

El gesto de Alondra

domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:09

Mabel Franco

No es frecuente encontrar a alguien con, digamos, un aura teatral. Como espectador, hay que ver mucho, comparar y entonces constatar que gente como Mariela Salaverry –cabe recordar este nombre– puede abrirte puertas, justamente aquellas  que se espera que una obra de teatro te abra por la proximidad con el actor/actriz y el juego al que convoca: evocar e imaginar.

Mariela Salaverry, luego de trabajar en La Paz, se ha ido a Buenos Aires (Argentina) hace como dos años para buscar más. Por lo pronto, se ha encontrado con Gonzalo Villareal, teatrista, y Juan Manuel Gacio, músico. Los tres forman el grupo Maracaracol Teatro que acaba de estrenar, en el Teatro de Cámara de La Paz, su primera obra de creación colectiva: Constelación de Alondra.

Es una obra en curso sobre la memoria y el olvido. Una obra que acude, por la estética del grupo, a la presencia del músico en la escena y al uso de máscaras; para el caso, del ch’uta paceño y del abuelo de la zona de Chiquitos, como formas que van adquiriendo significados distintos a los tradicionales en el contexto de un relato que –y esto me interesa más que nada de Constelación de Alondra– hace gala del gesto, ese elemento de infinitas posibilidades que se pone en juego en el teatro para darle dimensiones al verbo. 

Alondra, el personaje que interpreta Salaverry, es una mujer anciana que pugna por recuperar una memoria cuya disolución la angustia y contra la cual lucha. Los fragmentos que recupera, de una juventud lejana, son sinónimo para ella de amistad, de libertad y de la posibilidad de soñar aún imposibles. Que el espectador no intente comprender, sino sentir lo que pasa por el alma de Alondra, tal la clave de esta obra y tal el mérito de sus intérpretes para conseguirlo con el dominio del ya mencionado gesto.

El paso desde una mesa de té con la vajilla antigua visible, hasta un campo abierto con estrellas que se caen y que hay que imaginar; el caminar de la anciana que da paso a la carrera loca de la joven y que termina en el borde de un espacio ante el que sólo cabe volar. Un gato –Villareal con máscara de ch’uta– y una memoria que se materializa en un silencioso personaje –Villareal con máscara de anciano–. Todo es creíble, todo existe, porque hay códigos sutiles que se dibujan con objetos materiales e imaginarios, dominio de la columna vertebral, de energías contenidas y liberadas, de una mano agitada con la mirada puesta en lontananza, del volumen de la voz que siendo un susurro da idea de grito a la distancia. Todo un repertorio. 

Alondra dice, en cierto momento, que las constelaciones no existen sino cuando alguien las define. Antes son sólo estrellas sin orden alguno. Tal cual pasa con la memoria, descubrimos con ella. Y tal cual puede ocurrir en un escenario cuando lo habitan quienes saben cómo, sutilmente, unir una estrella con otra para convencernos de que algo intenso, como una vida, ha pasado en una hora de complicidad teatral.
 

 

 

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