CRONIQUITA

Los bancos de la Alameda

Uno a uno fueron desapareciendo los bancos de aquella plaza que fue la extensión del patio de una y tantas casas de tantas infancias. Allí crecen ahora, como en toda la ciudad, grandes edificios.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:12

Marcia Mendieta Estenssoro

Por entre las rejas de mi casa, veíamos a personas sentadas en el banco de la Alameda; justo al frente nuestro, en medio de la calle.

Si hacía sol –casi siempre hace sol en Santa Cruz– cruzábamos la calle para pasar la tarde alrededor del banco. Si mis papás querían conversar a solas, cruzaban la calle y se sentaban en el banco. 

El banco era la continuación de nuestro patio. Era una isla, un tiempo-fuera. 

Jugando alrededor del banco y recolectando los frutos del ambaibo conocimos a los demás niños de la cuadra. Usando el banco para ganar altura, un vecino bajó de las ramas de un árbol a mi prima cuando se quedó atrapada y pedía a gritos que le ayudaran a bajar.

Desde la reja veíamos a los comparseros descansar en el banco luego de volver de la fiesta en la plaza principal. Vimos parejas besándose, vimos gente peleando. Vimos a un hombre golpear a una mujer y llamamos a la Policía. Vimos al hombre huyendo sin que llegase la policía. 

De pronto, la cuadra comenzó a cambiar. Despertamos una mañana y vimos que a la Alameda le faltaba un banco. Luego otro y otro. Papá dijo, medio en broma y medio en serio, que aprovecháramos nuestro banco antes de que se lo llevasen. Unos días después, mamá nos llamó a gritos desde el patio para que saliéramos a la reja a ver lo que pasaba. Por entre los barrotes, vimos a dos hombres arrancar nuestro banco de la acera y llevárselo en una camioneta. En medio de la tarde, a plena luz del día. Era el último banco de la Alameda. No les gritamos, no les dijimos nada. La calle se había vuelto, de repente, peligrosa. La Alameda, sombría, poco iluminada. La gente había dejado de salir a pasar la tarde allí, bajo la sombra del ambaibo.

Un tiempo después, que pueden ser meses o años o quién sabe cuánto –la memoria no sabe medir el tiempo– vendieron el terreno más grande de la cuadra, el que quedaba justo en medio de la Alameda. Un lote baldío dio pie al primero de los edificios. Todos modernos, lujosos. Los vecinos se alegraron con la noticia de la subida del precio del metro cuadrado y buscaron la manera de vender sus casas a las constructoras. Estas, por su parte, se encargaron de arreglar las baldosas de la Alameda y sus jardines. Colocaron nuevos bancos, aunque ahora nadie se sienta en ellos. Los nuevos vecinos sólo salen de sus casas en auto y no se saludan los unos a los otros. 

Mi casa pronto se convertirá en edificio y no tendrá más esa reja desde donde mirar el mundo. Quizás en alguna parte de la ciudad, si es que todavía existe, descansa alguien sobre nuestro banco de madera. Quizás otras niñas, como lo fuimos mi hermana y yo hace un tiempo atrás, descansen su infancia en ese banco. Ojalá, pienso ahora, bajo la sombra de un ambaibo y no bajo las puntiagudas aristas de los edificios.
 

 

 

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